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Ni una palabra, solo humo: el pacto de silencio en la Capilla Sixtina

La elección del Papa es, ante todo, un acto de fe y comunión. Y como tal, pide también nuestro respeto, silencio y oración

Cardenales rezan en la Capilla Sixtina, antes del cónclave para elegir al próximo papa en el Vaticano. (Reuters)
Cardenales rezan en la Capilla Sixtina, antes del cónclave para elegir al próximo papa en el Vaticano. (Reuters)
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La Capilla Sixtina, con su belleza y su peso espiritual, no solo custodia el secreto del cónclave: lo envuelve en un llamado a la verdad, al servicio y a la eternidad y al silencio. Antes de encerrarse allí para elegir al nuevo Papa, los cardenales de la Iglesia católica realizan un rito cargado de solemnidad y tradición. Uno de los momentos más significativos es el juramento que cada uno pronuncia, comprometiéndose a mantener en absoluto secreto todo lo que ocurra durante el cónclave.

La fórmula, pronunciada en latín, expresa este compromiso con palabras que han sido repetidas durante siglos:

Et ego, N. Cardinalis N., promitto, voveo ac iuro, sicuti ceteri, qui me praecesserunt, servaturum me religiose secreti tum cum singulis personis tum cum coetibus Cardinalium Electorum de electione Summi Pontificis ex actis et gestis in conclavi, sive directe sive indirecte, ad alicuius notitiam deveniant.

En español, el texto se traduce así:

Y yo, N., Cardenal N., prometo, me obligo y juro, como lo han hecho quienes me han precedido, que guardaré religiosamente el secreto sobre todo lo que, directa o indirectamente, se refiera a la elección del sumo pontífice, tanto en lo que concierne a las personas como a los actos del Colegio de los Cardenales electores, y que no lo manifestaré a nadie.

Fumata negra en la Capilla Sixtina (REUTERS/Hannah McKay)
Fumata negra en la Capilla Sixtina (REUTERS/Hannah McKay)

Este compromiso subraya la confidencialidad absoluta del proceso. Nada de lo que suceda dentro de la Capilla Sixtina puede ser revelado, ni siquiera después de finalizado el cónclave.

Una vez que todos los cardenales han pronunciado el juramento, el Maestro de Ceremonias Papales da la orden tradicional: “Extra omnes”, que significa “¡Fuera todos!”. Con esas palabras, todos los presentes que no participan directamente en la elección deben abandonar la Capilla. Se cierran las puertas y comienza formalmente el cónclave, que puede durar horas o días, hasta que uno de los cardenales sea elegido como nuevo Papa.

Este rito no es solo una formalidad; es una expresión concreta del deseo de escuchar al Espíritu. En ese silencio sagrado se apaga el ruido del mundo para discernir con libertad.

Por eso, toda conjetura que circula sobre cuántos votos obtuvo tal o cual cardenal, o quién habría sido el “segundo más votado”, carece de fundamento real. A la luz del juramento pronunciado, esas suposiciones no pueden surgir de testimonios confiables y, en muchos casos, responden más a intereses externos o lecturas políticas o fantasías periodísticas, que al verdadero espíritu del cónclave.

La elección del Papa es, ante todo, un acto de fe y comunión. Y como tal, pide también nuestro respeto, silencio y oración. En un mundo donde todo se muestra, solo se nos comunica “lo que pasó”, por “señales de humo”. Ayer en la plaza de San Pedro fuimos una multitud de razas y pueblos, en un ambiente de esperanzada alegría -concentrados mirando una chimenea- de donde por fin después de tres horas de espera, salió humo negro. Humo negro que se alimentó de las papeletas llenas de nombres donde los Cardenales expresaron su voto sobre el nuevo Papa. El secreto de los votos se los llevo el viento, solo el humo blanco nos traerá la noticia de un nuevo Papa. El número 267 desde San Pedro.

Como dijo Benedicto XVI al iniciar el cónclave de 2005: “Roguemos insistentemente al Señor para que conceda de nuevo a su Iglesia un Pastor según su corazón, un Pastor que la conduzca al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría”.

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