Agregar Infobae enGoogle

El encuentro de la generación de la Independencia con la generación que organiza la Argentina

Los viajes a Europa de Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento combinaron formación intelectual y exilio político bajo el gobierno de Juan Manuel de Rosas

Dos hombres sentados en sillas de cuero, uno frente al otro, ante una mesa con un tablero de ajedrez, piezas y dos tazas. Ventanas al fondo
Domingo Faustino Sarmiento visitó a San Martín en Grand-Bourg en 1846 y vinculó la conversación con la participación de su padre en la campaña de Chile. (Imagen Ilustrativa Infobae)
Guardar

Los viajes a Europa de Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento fueron mucho más que viajes. Para aquellos jóvenes argentinos eran verdaderas experiencias de formación intelectual y política: conocer las ideas, las instituciones y las transformaciones económicas del Viejo Mundo, observar de primera mano la modernidad europea y encontrarse con algunas de las grandes personalidades de su tiempo. Ambos eran, además, exiliados y opositores al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Y ambos llegaron a Francia con un deseo especial: conocer personalmente al general José de San Martín.

El primero fue Alberdi, en 1843. Tenía apenas 33 años; San Martín, 65. El encuentro inicial se produjo casi accidentalmente en París, en la casa de Manuel José de Guerrico, en el 16 de la rue de Gramont. Alberdi esperaba para concurrir a un entierro cuando Guerrico anunció: “¡El general San Martín!”.

PUBLICIDAD

Alberdi se levantó sorprendido. Llevaba años construyendo en su imaginación la figura física del héroe de los Andes. Pero el hombre que entró en aquella habitación era muy diferente del personaje solemne que esperaba:

“Entró por fin, con su sombrero en la mano, con la modestia y apocamiento de un hombre común.”

Lo impresionó precisamente la naturalidad. Esperaba encontrarse con el Libertador y se encontró con un hombre sencillo, vivaz, accesible, sin ninguna necesidad de representar el papel de prócer. Lo describe con cabellos casi completamente blancos, nariz aguileña, voz “notablemente gruesa y varonil” y unos ojos todavía “llenos del fuego de la juventud”.

PUBLICIDAD

Un hombre en uniforme militar de época, bicornio y faja, monta un caballo negro al frente de una columna de soldados con fusiles y una bandera
Los encuentros de San Martín con Alberdi y Sarmiento reunieron en Francia a la generación de la Independencia y a la que impulsaría la Constitución de 1853 y la organización de la Nación. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Pero sobre todo insiste en su ausencia de afectación:

“Habla sin la menor afectación, con toda la llaneza de un hombre común.”

La modestia de San Martín impresionó profundamente a Alberdi. Tanto, que al observar la distancia entre la magnitud de sus hazañas y la sencillez con que hablaba y vivía, llegó a escribir:

“Se diría que este hombre no había hecho nada de notable en el mundo.”

Pocos días después llegó el segundo momento del encuentro. Mariano Balcarce, yerno de San Martín, invitó a Alberdi y Guerrico a pasar el día en Grand-Bourg, la casa de campo de la familia, cerca de París. Alberdi llegó en uno de los nuevos ferrocarriles franceses, otra experiencia que lo fascinó como expresión del progreso material europeo.

La casa de San Martín prolongaba la impresión que le había causado su dueño: austeridad, orden, sencillez y buen gusto. Alberdi escribió:

“Todo en el interior de la casa, respira orden, conveniencia y buen tono.”

Subió a las habitaciones que ocupaba el general y entró en su espacio de trabajo:

“He visitado su gabinete lleno de la sencillez y método de un filósofo.”

Allí se produjo una escena extraordinaria. Alberdi pudo observar y tocar algunos objetos que conectaban aquella tranquila casa francesa con la epopeya sudamericana. Entre ellos estaba la espada corva de San Martín. La examinó cuidadosamente y la describió como:

“Excesivamente curva, algo corta, el puño sin guarnición, de la forma denominada moruna.”

También vio el estandarte atribuido a Pizarro y otros recuerdos de las campañas. Todo aquello convivía con la vida cotidiana de un hombre retirado que, según Alberdi, “rara vez o nunca habla de política” y que “jamás trae a la conversación, con personas indiferentes, sus campañas de Sudamérica”.

Tres años más tarde llegó Sarmiento.

Sarmiento interrogó a San Martín sobre la Independencia, Chile, Perú, Bolívar y Guayaquil, y el general respondió que tenía sus papeles en orden.
Sarmiento interrogó a San Martín sobre la Independencia, Chile, Perú, Bolívar y Guayaquil, y el general respondió que tenía sus papeles en orden.

Era 1846. Domingo Faustino Sarmiento tenía 35 años y San Martín, 68. Como Alberdi, Sarmiento viajaba por Europa observando escuelas, instituciones, tecnologías, ciudades y formas de organización social. Y como Alberdi, quería fervientemente conocer al Libertador.

El encuentro tuvo lugar en Grand-Bourg. Pero Sarmiento tenía además una conexión personal con aquella historia: su padre, José Clemente Sarmiento, había participado de los acontecimientos vinculados a la campaña de Chile. Durante la conversación, San Martín recordó a aquel hombre:

“Conocí un capitán de milicias de San Juan, don Clemente Sarmiento…”

Sarmiento respondió inmediatamente:

“Es mi padre, señor…”

San Martín recordaba que, después de Chacabuco, le había confiado prisioneros españoles para conducirlos hacia San Juan. De pronto, la gran historia de la Independencia se mezclaba con la propia historia familiar de Sarmiento.

El sanjuanino quedó profundamente conmovido por aquella jornada. En una carta a su amigo Antonino Aberastain dejó una de las mejores descripciones del encuentro:

“He pasado con él momentos sublimes que quedarán para siempre grabados en mi espíritu.”

Y agregó un dato extraordinario:

“Solos todo un día entero…”

A diferencia de Alberdi, que parece fundamentalmente observar a San Martín, Sarmiento se comportó casi como el periodista que también era: preguntó, indagó, buscó recuerdos, provocó la conversación. Él mismo explicó que debía ir acercándose con habilidad a determinados asuntos, “tocándole con maña ciertas cuerdas”, para despertar en el viejo general los recuerdos de las campañas.

Hablaron de la Independencia, de Chile, del Perú, de Bolívar y de Guayaquil. Sarmiento quiso saber más. Incluso lo alentó a dejar escrita la historia de aquellas campañas. San Martín le respondió lacónicamente:

“Tengo escrito; mis papeles están en orden.”

Hay algo notable en los testimonios de Alberdi y Sarmiento. Los dos habían llegado a Francia cargando una imagen casi monumental de San Martín. Y los dos descubrieron algo diferente: la enorme naturalidad con que el Libertador convivía con su propia epopeya.

No encontraron un hombre empeñado en recordarles quién había sido. Encontraron un hombre sencillo y ordenado, rodeado de su familia y de sus libros, que conservaba la espada de los Andes en la pared pero que no necesitaba hablar permanentemente de los Andes. El contraste entre la dimensión histórica del personaje y la sencillez del hombre impresionó profundamente a ambos.

Por eso aquellos encuentros tienen además un significado histórico mayor. En Grand-Bourg se encontraron dos generaciones argentinas.

San Martín pertenecía a la generación que había hecho la Independencia. Alberdi y Sarmiento pertenecían a la generación que intentaría organizar institucionalmente la Nación nacida de aquella Independencia.

Uno había cruzado los Andes, liberado Chile y entrado en Lima. Los otros dos todavía eran jóvenes exiliados que escribían, viajaban, discutían y trataban de imaginar cómo construir la Argentina. Diez años después del encuentro de Alberdi con San Martín aparecerían las Bases y la Constitución de 1853; Sarmiento terminaría siendo presidente de la Nación y uno de los grandes constructores del Estado argentino.

Quizás por eso la imagen que ambos se llevaron del viejo Libertador resulta tan poderosa. Detrás de la espada corva, de Chacabuco, Maipú, el cruce de los Andes y la liberación del Perú, descubrieron algo mucho más difícil de representar en los monumentos: la sencillez del hombre que, después de haber protagonizado una epopeya, podía vivir sin necesidad de recordársela permanentemente a los demás.