
Ningún país en el mundo es más democrático que Suiza. Así lo afirma el politólogo uruguayo David Altman, codirector del proyecto internacional V-Dem, que mide la calidad democrática en más de 200 países a través de cientos de indicadores.
Suiza encabeza el ranking por características institucionales que contrastan notablemente con el sistema argentino. Es por ello que, en un contexto de polarización e inestabilidad, el sistema implementado con éxito en el país europeo ofrece una alternativa para fortalecer la democracia en nuestro país más allá de la confrontación política.
Un gobierno sin jefe único
El sistema político suizo se fundamenta en la cooperación y el consenso. A diferencia de la mayoría de las democracias occidentales, Suiza no tiene un jefe de Estado único: ese rol está distribuido entre los siete integrantes del Consejo Federal, un órgano colegiado elegido por el Parlamento cada cuatro años.
Este Consejo refleja un equilibrio político con representantes tanto de izquierda como de derecha, funcionando bajo una lógica de poder compartido. Cada consejero dirige un ministerio, pero las decisiones se toman colectivamente. La presidencia rota anualmente entre los siete miembros, sin otorgar privilegios adicionales al cargo.
¿Adaptable a la realidad argentina?
En un contexto de creciente desconfianza institucional y fragmentación política, considerar modelos alternativos resulta cada vez más relevante. Como explican los economistas Daron Acemoglu y James Robinson, una democracia sólida requiere instituciones inclusivas y estables. Cuando las reglas cambian radicalmente con cada nuevo gobierno, se vuelve imposible construir un proyecto de país sostenible.
En Argentina, la alternancia de poder ha implicado frecuentemente comenzar desde cero: planes que se abandonan, políticas públicas que se desmantelan y estructuras institucionales que se reconfiguran según las coaliciones del momento.
Más allá de la polarización
El modelo suizo no está exento de críticas ni sería sencillo de implementar en otro contexto. Requiere una cultura política muy distinta, basada en la negociación constante y la responsabilidad compartida. Sin embargo, ofrece valiosos aprendizajes para un país que lleva décadas dividido por la polarización.
Imaginar un sistema que limite el poder unipersonal, que incentive la cooperación entre partidos y que permita una continuidad institucional más allá de los ciclos electorales, podría representar un camino viable hacia el desarrollo sostenido en Argentina.
Claves del modelo suizo
Entre las características más destacadas del sistema helvético se encuentran:
- Es el único país del mundo con un órgano colegiado como gobierno.
- Sus miembros, aunque pueden tener visiones contrapuestas, buscan constantemente el consenso.
- La Constitución exige que las regiones y lenguas del país estén adecuadamente representadas.
- Los consejeros federales pueden ser reelegidos indefinidamente, lo que garantiza estabilidad.
- El presidente no es elegido directamente por la ciudadanía, sino por la Asamblea Federal.
- La presidencia rota anualmente y su titular es considerado “el primero entre iguales”.
No se trata de importar un modelo ajeno, sino de abrir el debate sobre cómo reconstruir la confianza en la democracia y fortalecer las instituciones en contextos de alta polarización política como el argentino.
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