
Para un hombre no transexual como yo, específicamente un hombre cis homosexual, reflexionar en voz alta sobre la transexualidad supone una responsabilidad inmensa. Primero, porque nunca tendré in corpore su experiencia identitaria. Segundo, porque -debo reconocerlo- siento que, más allá de la empatía, el afecto y el cariño que tengo por muchos y muchas de ellas, jamás podré atravesar la praxis doliente de haber sido expulsado del hogar familiar a corta edad, de haber recibido palizas y distintas formas de violencias por el solo hecho de elegir quién ser, de haber sido olvidado y negado de derechos durante casi toda la existencia.
A pesar de las leyes reparatorias logradas en los últimos años, estas y muchas otras condiciones tremendas continúan afectando la vida de las personas transexuales y su lugar en la humanidad.
Esta situación las ha llevado, históricamente, a la ignominia, a la clandestinidad, a vivir al margen de los derechos que deberían haberlas protegido desde siempre.¿De qué privilegios hablan?Si todo cuerpo es político, como ser político necesito hacer esta reflexión, más aún en estos tiempos en los que sectores reaccionarios de algunos gobiernos, Estados, extremismos religiosos y sectores conservadores de la sociedad vuelven a cargar contra las personas transexuales. Esta ofensiva no distingue representatividad, popularidad, recursos ni ninguna de las intersecciones que nos atraviesan. Es una reacción ultraencarnizada contra el derecho a existir, a vivir en paz y en democracia. Es la deshumanización hecha carne.
¿Qué recorre esta obsesión salvaje contra una persona diferente? ¿A qué se deben tantos disparates y mentiras sobre la identidad de género? ¿Por qué se dicen cosas que no solo son un horror, sino una falsedad absoluta? ¿De qué se nutre esta ideología que pretende excluir y exterminar a una parte de la ciudadanía? ¿Cuánto odio debe haber en esas mentes miserables que se burlan, ríen y obsesivamente opinan sobre la genitalidad de las personas trans?
Sé - porque lo he podido escuchar y conversar muchas veces - que su vida nunca ha sido fácil. Desde el desprecio familiar (donde debieron encontrar afecto) hasta el desprecio institucional (donde debieron encontrar derechos), su fortaleza y resiliencia han resistido todo. La activista histórica de ATTTA, Marcela Romero siempre dice: “vamos por todo”, y esa frase, además de estar cargada de la intención de luchar a pesar de tenerlo todo en contra, contiene una profunda esperanza. Esperanza contra el odio y por la vida, por su vida, por su derecho a la felicidad, al amor, a la paz. Y por cualquier otro derecho que nos asiste: trabajo, salud, educación, cultura y un hábitat digno. El derecho a una ciudadanía plena.
Trece años después de la aprobación de la Ley de Identidad de Género y cuatro años después de la Ley 27.636 de Promoción del Acceso al Empleo Formal para Personas Travestis, Transexuales y Transgénero “Diana Sacayán-Lohana Berkins” (conocida como Cupo Trans), me alarma la amenaza del gobierno nacional y de otros sectores que buscan revocar o anular estos logros legislativos. Logros que han posicionado a la Argentina como un país de vanguardia en materia de derechos LGBTIQ+.
En el fondo, lo que está en disputa no es solo la vigencia de estas leyes, sino la igualdad real de oportunidades, la igualdad como no sometimiento, la libertad en condiciones de igualdad, porque eso implica precisamente nivelar los puntos de partida. Y reconocer y garantizar derechos es la única forma de hacerlo.
La marcha del 1 de febrero fue un paso. Que no quede ahí. Quienes tenemos la responsabilidad de representación popular tenemos el deber ético y moral de ser un muro impenetrable, de ser el bastión inquebrantable que resista toda ofensiva de crueldad y falta de empatía o alteridad.
Todas las personas deben tener el derecho a ser libres, a vivir sus vidas con felicidad y con la protección de la Constitución. Sin igualdad, sin libertad, sin justicia, no hay una democracia sustantiva posible.
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