
En un contexto donde el upskilling y el reskilling se han vuelto esenciales, tan solo considerando que el 50% de las personas empleadas necesitarán volver a capacitarse y el 60% tienen ocupaciones que no existían en 1940 (Financial Times, 2023); las organizaciones enfrentan desafíos considerables para promover el aprendizaje continuo. Los tiempos escasean, los incentivos pierden fuerza y la predisposición al aprendizaje se diluye frente al agotamiento y el burnout. Es en este escenario donde surge la propuesta de la dieta cognitiva, una iniciativa que aboga por la autogestión del conocimiento y un consumo consciente de estímulos digitales. Como bien dice el dicho: “Somos lo que comemos” le podemos agregar: “pero también lo que aprendemos”.
La dieta cognitiva nació como un newsletter que hoy cuenta con más de 6.000 suscriptores y una comunidad de 20.000 seguidores en LinkedIn. Se presenta como un menú que activa la curiosidad, fomenta el liderazgo, despierta la creatividad y potencia el intra/emprendimiento. Esta iniciativa invita a reflexionar sobre una cuestión clave: ¿cómo aprendemos mejor? ¿y cómo la tecnología puede ser aliada?
Así como seleccionamos con cuidado lo que comemos, la dieta cognitiva propone elegir conscientemente los estímulos a los que nos exponemos. Incluye una integración entre cuerpo, audición, visión y estructuras flexibles de aprendizaje que conectan con el lifelong learning. Aquí toma relevancia la Pirámide de William Glasser, que sugiere que el aprendizaje se fortalece en principio cuando combinamos más de un sentido (ejemplo, vista y oído) así como también cuando aplicamos a situaciones reales lo que aprendimos, integrando el conocimiento a nuestra vida cotidiana.
El entorno digital actual facilita el acceso a nuevas formas de consumir información, desde audios hasta videos, y permite la personalización del contenido. Sin embargo, estas plataformas también fomentan un consumo acelerado y fragmentado. Según Nicholas Carr, en The Shallows (2010), el cerebro se ha habituado a procesar información rápida y efímera, afectando nuestra capacidad de desarrollar conocimiento profundo.
Las redes sociales han redefinido el consumo cultural: los likes miden aceptación, el scroll dicta el ritmo y todo está disponible al alcance de un click. Esta dinámica fragmenta la atención, modifica neurotransmisores como la dopamina y el cortisol, e impacta en las áreas del cerebro responsables de la planificación y el control. Esto nos lleva a un punto importante: ¿cómo construir aprendizaje profundo en un mundo que alienta la dispersión?
La dieta cognitiva no solo ayuda a combatir la sobrecarga de información, sino que también potencia la reflexión crítica. Como explica el especialista John Hattie, necesitamos un equilibrio entre aprendizaje profundo y superficial. La clave para lograrlo es minimizar distracciones y cultivar la atención plena, condición esencial para organizar ideas y dar significado a la información.
El aprendizaje significativo no ocurre solo en las aulas: la rutina diaria también ofrece oportunidades para experimentar diferentes métodos. Este tipo de aprendizaje no solo nos permite comprender el mundo, sino también imaginar, abstraer y crear, habilidades que aún superan las capacidades de la inteligencia artificial (IA).
En los intercambios entre quienes leen e implementan una dieta cognitiva, lo aplican al consumo de pantallas y, por lo tanto, le imprimen un propósito; se vislumbran varios beneficios, tanto en términos de salud mental como emocional.
Se da una reducción del estrés y la ansiedad, ya que al elegir qué y cómo consumir se disminuye la sobrecarga emocional; también se mejora la concentración y la productividad porque el enfoque se pone en tareas más importantes; se fomenta una mentalidad de aprendizaje debido a que se cultiva una actitud positiva hacia la resolución de problemas; y se desarrollan hábitos saludables con actividades que vinculan el aprendizaje al bienestar cognitivo.
Si bien cualquier persona puede llevar adelante una dieta cognitiva, este proceso requiere predisposición, autoconocimiento y gestión de la frustración. La experiencia ofrece recompensas significativas: autoestima elevada, mayor autopercepción y hábitos mentales saludables. Estos aspectos resultan esenciales en un contexto donde las redes sociales afectan nuestra capacidad de valorar el propio progreso y definir metas personales.
La dieta cognitiva no es una receta única, sino una búsqueda de experiencias educativas no estandarizada: hackatones, mentorías, talleres y proyectos son algunas de las herramientas que promueven un aprendizaje adaptado a las necesidades e intereses individuales, pero que también incentivan el encuentro significativo entre diferentes personas. Lo que además promueve la divergencia de pensamiento, la comunicación y consideración de diversas perspectivas y posiciones, lo que estimula un encuentro significativo disminuyendo la soledad social y el aislamiento digital.
Una dieta cognitiva es la mejor inversión en tiempos sintéticos, ya que eso que aprendemos, entre otras cosas, difícilmente alguien nos lo pueda quitar o lo podamos perder.
La autora es educadora y experta en tecnología.
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