
La nueva encíclica del papa Francisco, cuarta de su pontificado, está dedicada a un tema central del mensaje cristiano. Las encíclicas no son manuales de teología, sino cartas que los pontífices dirigen no sólo a los fieles que procuran vivir su propia fe, sino a todos; incluso, a quienes no profesan la fe católica. Todos, todos, todos, suele insistir el papa con vehemencia, casi con tozudez, en uno de los rasgos menos comprendidos de su pontificado. El objeto de estas comunicaciones no es impartir directrices, sino que están inspiradas en el deseo de ayudar a conseguir el bien -en última instancia, su felicidad- a toda clase de personas.
Tampoco es una elección arbitraria la que motiva su escritura, sino que ordinariamente están encaminadas a que se le preste atención a un tema determinado que parece ser conveniente según las distintas circunstancias históricas y del que se ve la necesidad de que sea mejor vivido, por ejemplo, promover la práctica de una virtud como la misericordia o adquirir -en una cultura del fragmento- una mayor conciencia de la necesidad de la unión de los ciudadanos en la vida social.
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Una opinión bastante superficial considera que las encíclicas son documentos largos, aburridos y escasamente inteligibles, que tratan asuntos teóricos y abstractos que poco tienen que ver con la realidad. Sin embargo, estos textos, en general precariamente leídos, frecuentemente malinterpretados o bien conocidos fragmentariamente, son depositarios de una riqueza de contenidos que apuntan a tópicos que son muy concretos y que constituyen verdaderos ejes alrededor de los cuales gira la existencia humana. Éste es el caso de Dilexit Nos.
El corazón como símbolo de identidad
Aristóteles consideraba al corazón como la sede del pensamiento, la razón o la emoción. La identificación del corazón como ámbito de esta última se debe al médico romano Galeno, para quien el cerebro era el lugar de la razón. Este músculo esencial ha sido considerado por las más diversas tradiciones culturales como el trasunto de la persona a través de todos los tiempos. Es un símbolo emblemático en las religiones más antiguas, donde él se expresaba a veces de una manera cruel e inhumana.
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El cristianismo significó el sacrificio en la misma divinidad y, en tal sentido, representa un giro copernicano de esas liturgias bárbaras. Un dato escalofriante que pudo verse en la película Apocalypto es cómo, en algunos rituales religiosos de los aztecas, el sumo sacerdote abría el pecho de la persona que iba a ser sacrificada, le sacaba el corazón arrancándolo con las manos y lo mostraba al sol.
Otras veces el corazón ha sido minusvalorado; ninguneado, diría Francisco. Modernamente, algunos teólogos como Dietrich von Hildebrand han reivindicado su importancia ante un cierto intelectualismo que encerró la afectividad en los límites de lo irracional, alejándola de lo espiritual. Esta sensibilidad ha influido incluso en ambientes cristianos, omitiendo o al menos brindando una visión reduccionista del valor de las emociones, que son un componente esencial de lo humano.
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Dilexit Nos
Luego de una breve introducción, la encíclica desarrolla cinco capítulos donde, como se precisó en el mes de junio al anunciarla, se encuentran preciosas reflexiones de anteriores textos magisteriales y de una larga historia que se remonta a las Sagradas Escrituras, para volver a proponer hoy, a toda la Iglesia, este precioso culto cargado de belleza espiritual que a veces ha sido presentado con un tono un tanto sentimentalista, incluso kitsch.
El papa nos enseña a expresarnos sin sonrojos sobre realidades que nos interpelan de una manera radical. En este mundo líquido, precisa usando la expresión del filósofo Zygmunt Bauman, es necesario hablar nuevamente del corazón, apuntar hacia allí donde cada persona, de toda clase y condición, hace su síntesis. De otro modo, bajo las manipulaciones de un omnipresente consumismo, advierte Francisco, corremos el riesgo de desnortarnos y perder nuestro centro vital.
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Hay que reconocer que el corazón ha tenido un escaso lugar en la antropología, y al gran pensamiento filosófico le resulta una noción extraña. Se han preferido otros conceptos como el de la razón, la voluntad o la libertad. Muchos se sintieron seguros en el ámbito más controlable del recurso intelectual o volitivo para construir sus propios sistemas de pensamiento. Pero no es posible abandonar esa centralidad sin que se produzca un desaguisado. El resultado está a la vista.
Es por no encontrarle lugar al corazón mismo, distinto de las potencias y pasiones humanas consideradas aisladamente unas de otras, que tampoco se desarrolló ampliamente la idea de un centro personal, dice el papa. El corazón como núcleo fundamental de la persona hace posible cualquier vínculo auténtico, porque una relación que no se construya con él es incapaz de superar la fragmentación del individualismo.
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La revolución de la ternura
Resulta llamativa la cantidad de veces que el papa ha hablado de la ternura, un concepto no tan presente en sus antecesores. En Evangelii Gaudium, un documento programático de los inicios de su pontificado, Francisco se refiere a la revolución de la ternura. El año pasado publicó un libro que tituló La ternura, el estilo de Dios. Según Francisco, Dios tiene tres actitudes: cercanía, misericordia y ternura. Con esas tres basta, dice el papa: toda la teología está ahí. Es un Dios cercano, que está conmigo. Un Dios misericordioso que me perdona tantas veces, las que hagan falta, siempre. Un Dios tierno.
El cristianismo no es el conocimiento de un mensaje de salvación. No podemos reducirlo a enterarnos de una revelación y suscribir unas verdades de fe, sino que es un encuentro. Es tan sencillo y tan difícil como amar; y amar, en primer lugar, a un ser muy especial. Es un amor singular porque primariamente amamos a quien es la fuente del amor. En realidad, la nuestra no es nada más que una respuesta a alguien que nos está esperando. Dios nos “primerea”, nos dice Francisco, con uno de sus típicos argentinismos.
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Al mundo no lo cambian las ideologías ni los mesianismos temporales, lo transforman las virtudes de las personas. Por eso, un pontífice argentino que tiene una misión universal nos ha hablado con el corazón en la mano y ha dedicado esta encíclica a la venerable devoción del Sagrado Corazón de Jesús. Los santos vivieron de una manera cordial porque han sido los apasionados de Dios. Ellos vivieron a fondo una pasión divina: la incondicionalidad del amor.
Bosca es Director Académico del Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios (Cudes) y profesor emérito de la Universidad Austral
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