
Mientras el presidente Javier Milei sigue surcando los cielos y sumando millas en su intento por consolidar su auto celebrado estatus de celebridad internacional, en el plano mucho más terrenal de una Argentina en crisis se suceden interminables conflictos que desnudan con particular crudeza los graves problemas de gestión y amenazas a la gobernabilidad.
Paradójicamente, conforme llega a su fin la que probablemente haya sido una de las peores semanas de estos seis meses de gestión, Milei se jacta en las redes sociales -su sesgado termómetro del clima social- de sus vínculos con grandes inversores y exponentes globales de Sillicon Valley. Un nuevo viaje del presidente, que no solo ha batido ya todos los récords en lo que respecta a viajes internacionales de un primer mandatario, sino que se ufana incluso de evitar las tradicionales -y necesarias- reuniones de carácter bilateral con los funcionarios de los países visitados.
En este contexto, lo más perturbador es, sin dudas, una actitud que combina el desinterés con el desprecio tanto de la política como de la gestión. Una vez más, pareciera que subyace una concepción que sobredimensiona el rol de la economía como ordenador de la política y la sociedad. Para recurrir a una analogía de eminente estirpe liberal, pareciera que Milei suscribe a la idea de que la “mano invisible” del mercado (Adam Smith dixit) acabará por reordenar la política y generar respaldo social.
A esta altura resulta muy evidente que los múltiples frentes de conflicto interno ya no pueden endilgarse exclusivamente a la mala praxis o a la inexperiencia de los funcionarios, sino que es el producto inevitable de la concepción que el propio Milei tiene del ejercicio del poder.
Solo así se entiende cómo hechos que generan preocupación, como la conflictividad social en Misiones, la crisis que generó en la industria la falta de gas en otoño, o las complicaciones para la aprobación en el Congreso de la Ley de Bases y el paquete fiscal, parecen no generar preocupación ni concitar interés alguno en el presidente. Así, muchos conflictos que otrora eran abordados personalmente por los presidentes de turno, hoy son manejados por otros miembros del gabinete o, incluso, funcionarios de segunda línea, y muy a menudo sin directrices políticas ni lineamientos estratégicos por parte de quien ejerce la primera magistratura.
Lo cierto es que estas manifiestas debilidades en materia de gestión, aún ante la indiferencia de un presidente que parece estar solo interesado en los temas estrictamente macroeconómicos y en posicionarse globalmente, han venido generando inexorablemente recurrentes turbulencias en el gabinete que tuvieron su cenit con la salida del ex jefe de gabinete y ex amigo presidencial Nicolás Posse.
Si algo faltaba para dejar muy en claro que no se trata de meras discrepancias en la administración diaria del gobierno sino de una forma de entender el liderazgo político y el ejercicio del poder, están las propias declaraciones del ex Ministro del Interior y flamante coordinador de ministros, Guillermo Francos, quien afirmó sin tapujos que la elección del presidente responde a que él “se da cuenta que con la política argentina (…) se le hace complicado, porque no la entiende, porque tiene diferencias”.
Todo un sincericidio que da cuentas de que Milei parece no entender que gobernar implica tomar decisiones, pero también que esas decisiones requieren de funcionarios idóneos y medios adecuados para ejecutarlas y velar por su cumplimiento. Una declaración que, además, proviene no solo de quien fuera en su momento uno de los ministros que recibía más “fuego amigo” dentro del gobierno, sino de un conspicuo representante de la “casta” que el presidente tanto se esfuerza por denostar, y que fuera no solo uno de los adláteres de Domingo Cavallo sino también de varios gobiernos peronistas, incluso el de Alberto Fernández.

Y, cuando parecía que el flamante jefe de Gabinete se anotaba una rápida victoria con la firma de los dictámenes de la ley de Bases y el paquete fiscal en el Senado, un nuevo escándalo estalló en las entrañas del Gobierno. La “superministra” Pettovello, sindicada por el propio Milei como la “mejor ministra desde el retorno a la democracia”, quedó envuelta en una situación tan polémica como de resultados inciertos.
La ministra, que parecía muy cómoda en la posición de “ataque” a las organizaciones sociales que manejaban la asistencia alimentaria en un país en crisis, se vio forzada a pasar a la defensiva tras conocerse que su cartera acumulaba miles de toneladas de alimentos con inminente fecha de vencimiento pese a los reclamos de diversos sectores -entre ellos, la Iglesia- por la falta de distribución de los mismos en comedores que atienden a los sectores más vulnerables.
Sin perjuicio de que la ministra de Capital Humano procuró contener el escándalo echando y denunciando penalmente al secretario de Niñez, Adolescencia y Familia y responsable del área social por la falta de control de los alimentos comprados por la gestión anterior próximos a su vencimiento y por presuntas contrataciones irregulares de personal, el conflicto parece lejos de aplacarse. Es más, en las últimas horas trascendió que parte de ese stock de alimentos sin distribuir fue comprado por la actual gestión, y que las empresas beneficiarias fueron en muchos casos las mismas que le vendieron al gobierno anterior.
Lo más grave fue, quizás, la respuesta del presidente ante una pregunta periodística respecto a la gente que no llega a fin de mes: “Si la gente no llegara a fin de mes se estaría muriendo en la calle y eso es falso”, espetó Milei. Sin dudas, no sólo una flagrante evidencia de insensibilidad y falta de empatía en una situación social que da cuentas de que seis de cada diez chicos son pobres, sino de un preocupante desconocimiento de la lacerante realidad que atraviesan cada vez más sectores de la sociedad.
Así las cosas, aun cuando la herencia recibida y el generalizado sentimiento de hastío frente a los recurrentes fracasos y promesas incumplidas de los gobiernos anteriores le permita aún sostener cierta expectativa y respaldo en términos de opinión pública, cada vez parece más evidente que el gobierno carece de una hoja de ruta, un plan sostenible y consistente que vaya más allá de los brutales recortes presupuestarios y la búsqueda del déficit cero a como dé lugar.
Las mesiánicas “fuerzas del cielo” parecen chocar indefectiblemente con las urgentes y más terrenales necesidades de una sociedad golpeada por la pobreza, la progresiva erosión de los más elementales lazos sociales, y una conflictividad larvada. Todo ello, frente a la indiferencia o el desdén de un presidente que parece más cómodo en otra dimensión más “glamorosa”.
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