
El 7 de mayo de 1919, en la Ciudad de Los Toldos, nacía la mujer que vino a cambiarlo todo, que hizo posible lo imposible, que puso al pueblo como protagonista, ese pueblo que fue su máximo motor en la vida. Hoy Evita cumpliría 105 años.
Hablar de Evita es hablar en presente, es hablar de historia viva porque, más que nunca, es el espejo en donde tenemos que mirarnos. Su nombre es sinónimo de fuerza, de coraje, de desafiar lo preestablecido y entender que la política, con corazón y convicción, transforma la vida de las personas.
Evita sabía qué quería hacer y cómo, la duda nunca formó parte de su identidad. En tan solo siete años de vida política creó la fundación Eva Perón, promovió los derechos de los niños y de la ancianidad, construyó viviendas, escuelas, hospitales, hoteles y, adelantada a su tiempo, se puso al frente de la lucha por el voto femenino y los derechos políticos de la mujer.
Su forma de hacer política genuina, sin condicionamientos, tenía como punto de partida la justicia social, cuyo punto de llegada era la verdadera libertad y felicidad de un pueblo en donde no existieran ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda.

Porque para Evita un pueblo justo es un pueblo libre. Un pueblo que puede acceder a un plato de comida todos los días, que tiene salud, educación, trabajo, que puede tomar vacaciones, cumplir sueños, disfrutar y ser feliz, en definitiva, una realidad donde todos y todas puedan vivir la vida que desean de forma digna.
Es por eso que, como cuenta en ‘La razón de mi vida’, eligió el camino del pueblo. Y fue recíproco. El pueblo también la eligió a ella y estableció la justicia social como un valor universal a partir del cual cada uno pudiera desarrollar su plan de vida.
En momentos donde se quiere naturalizar la crueldad y el odio, su legado está más vigente que nunca. Evita nos enseñó a no tener miedo, a entender que en la adversidad hay espacio para construir, que lo importante es tener ideas y valentía para llevarlas a cabo.
Nos abrió un mundo de derechos que antes de ella era impensado. Nos demostró que la política solo sirve si se construye desde el amor.
Ese camino que edificó es la base que nos devuelve un reflejo sobre dónde estamos y hacia dónde queremos ir. Sus luchas siguen siendo el motor de las nuestras y la esperanza para animarnos a desafiarlo todo. Evita es potencia, es alegría, es el horizonte que nos debe unir para luchar por una Argentina más justa donde nadie, absolutamente nadie, quede afuera.
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