
Décadas atrás, cuando a los economistas nos pedían que diésemos ejemplos de países que hubiesen progresado con políticas promercado y con fuerte integración al mundo, teníamos a mano 2 ejemplos concretos. Por un lado, el milagro alemán luego de la Segunda Guerra Mundial gracias a las políticas implementadas por Ludwig Erhard. El otro caso era el de Japón de post guerra.
Ambos países apuntaron sus economías al comercio exterior. Es decir, además de adoptar de políticas promercado, lejos estuvieron de intentar la locura de la sustitución de exportaciones que venimos arrastrando hace décadas.
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Pero con el correr de los años, los economistas tenemos muchos ejemplos para mostrar de economías que salieron del atraso y lograron crecer al punto tal que nos han superado.
Tomemos el ejemplo de los españoles luego de la muerte de Franco en 1975. Adolfo Suárez, apoyado por el rey Juan Carlos, inicia un proceso de reforma política e integración al mundo que ni Felipe González, que venía del socialismo más virulento, se animó a modificar el rumbo y continuó con la integración económica.
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Es más, ya en la época de Franco, en 1959 hubo un cambio en la política económica de España con una tendencia más promercado.
Tomando los datos de Angus Maddison, en 1900 Argentina tenía un PBI per cápita que era 71,5% más alto que el de España. En 2022, esa relación se invirtió a 86,5% a favor del país europeo, pese a ha entrado en una senda kirchnerista.
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Otro ejemplo que puede tomarse es el de Irlanda. En los 80, sus políticos deciden llevar a cabo grandes transformaciones económicas e integrarse al mundo. En 1929 la Argentina tenía un ingreso por habitante que era casi 55% más alto, pero en 2022 el país europeo pasó a registrar una brecha de 229% más alta.

Al tomar los datos de los países seleccionados en el cuadro precedente se advierte la diversidad de países que tuvieron un aumento del PBI per capita superior al de la Argentina entre la década del 40 y 2022. Claramente, mientras el populismo nos frenó y los Estados que optaron por integrarse al mundo e hicieron reformas promercado lograron salir disparados en sus tasas de crecimiento.
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Basta con ver el caso de Irlanda para advertir el desastre económico que se hizo en la Argentina en las últimas décadas.

Irlanda hizo reformas promercado y apertura de la economía con fuerte baja de impuestos a las ganancias corporativas. De ese modo, atrajo inversiones y, como puede verse en el gráfico, a fines de los 70 principios de los 80 comienza a diferenciarse en forma creciente en el nivel del PBI per cápita.
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Recuerdo que allá por los 70 y hasta los 90, solía hablarse con cierta ironía y desprecio de las economías de Singapur y Corea, e incluso del sudeste asiático en su conjunto. En el cuadro precedente se puede ver que esos países también comenzaron a superar al de Argentina, porque se integraron al mundo.
Se decía que esos países hacían dumping social porque mantenían a los trabajadores con un plato de arroz. Era mano de obra esclava que nos hacía competencia desleal, sostenían los proteccionistas.
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Hoy los que comen un plato de arroz, y no todos los días, es gran parte de los argentinos que viven sumergidos en la pobreza y en la indigencia.
Usando el mismo parámetro que se usaba en los 80 y 90 para frenar las importaciones de esos países, hoy podrían frenar nuestras compras desde países desarrollados bajo el mismo argumento: el trabajador argentino es hambreado por el resultado de las políticas populistas y hace dumping social.
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La Argentina abrazó el populismo corrupto, despreció la integración al mundo y en lugar de darle mejores puestos de trabajo a la población y con mayor remuneración, desarrolló la industria del subsidio.
Legiones de personas viviendo sin trabajar y a costa de lo que otros producen. Como eso tiene un costo, llevaron los impuestos hasta niveles asfixiantes y se destruyó aún más la capacidad de generación de riqueza. Eso sí, lo políticamente correcto consiste en decir que la gente tiene derecho a vivir sin trabajar y a costa del trabajo ajeno.
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La mejor receta
Con los datos anteriores no hace falta inventar nada nuevo para salir adelante. Solo copiar lo que hicieron los países que se desarrollaron y crecieron en forma dinámica por décadas: Disciplina fiscal, disciplina monetaria, respeto por los derechos de propiedad e integración al mundo.

Es más, ni siquiera hay que copiar a los otros países. Podemos copiarnos a nosotros revisando la historia, cuando la genial generación del 80 hizo de este desierto un país próspero que apuntaba a ser uno de los más ricos del planeta. ¿Cómo? Integrándonos al mundo, recibiendo inversiones y sin planes sociales. Los inmigrantes no venían en busca de un plan social, venían a trabajar.
En definitiva, el secreto de la prosperidad es tan sencillo como decir que la gente tiene que trabajar, que nadie tiene derecho a vivir a costa del trabajo ajeno y el Estado no tiene que entorpecer a los que trabajan. Mucho misterio no hay para descubrir cómo hacemos para salir de esta larga y deprimente decadencia.
Poder salir se puede. Pero hay que meterse en la cabeza que para progresar hay que trabajar y no vivir del empleo público y planes sociales.
Volver a la cultura del trabajo y a que el Estado deje que la gente desarrolle su capacidad de innovación es el camino para salir de la larga decadencia.
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