La conclusión es provocativa, pero bastante obvia al hacer la cuenta: “A los que te dicen ‘No, porque se embarazan’, ‘No porque no sé qué’..., bueno, lo que más caro me salió en mi vida profesional fueron las lesiones de fútbol de los varones”. Lo dijo esta semana Narda Lepes en un ciclo de streaming de Telefe, y su planteo se volvió viral en cuestión de minutos. Lo dijo en los términos mercantilistas que suelen usar los ejecutivos varones y, como cabe a su oficio, logró dar vuelta la tortilla de la conversación pública sobre la brecha de género.
La cocinera –dueña de Narda Comedor, nombrado entre los mejores de América Latina de la lista 50 Best Restaurants– contó que hace un tiempo le encargó a su contador que analizara todas las licencias laborales que había dado a los empleados de sus tres locales gastronómicos. Los datos de esa encuesta casera, que reveló a continuación, contradicen varios lugares comunes en los que se funda la discriminación con la que las mujeres todavía lidiamos en el trabajo, aunque no son ninguna novedad para quienes seguimos el tema de las tareas de cuidado ni para quienes trabajamos y tenemos o hemos tenido gente a cargo: “El 70% de las licencias que di por enfermedad fueron a varones. El 85% de esas licencias son lesiones de fútbol. Del 35% de las mujeres que pidieron licencia, el 80% eran para cuidar a alguien. Prioridades, ¿no?”.

Me lo había dicho también hace unos meses la Presidente de Women in Global Health (WGH) Argentina, María Emilia Caro: “Las mujeres se ocupan de reservar turnos y acompañar a las consultas a sus maridos, a sus hijos y a sus padres antes que de su propia salud, culturalmente estamos acostumbradas a ceder ante las necesidades de los otros”. Y no sólo eso, todavía se nos penaliza socialmente cuando no lo hacemos. Una mujer que trabaja y debe llevar a su hijo al médico, será mal vista por su empleador, pero, si delega en otro esa tarea, probablemente será juzgada por su entorno. Es una trampa, siempre, porque después alguien dirá que no hay que contratarnos porque nos embarazamos –algo que evidentemente y a tono con esta fiesta religiosa, deben creer que hacemos solas–; ya lo dijo Hillary Clinton, a los fines laborales sólo importa para bien que un varón esté esperando un hijo: será considerado más responsable, un proveedor. Si una mujer tiene familia, en cambio, se esperará de ella una entrega menor, porque se supone de antemano que va a estar distraída con “sus” temas domésticos.
Siempre recuerdo lo primero que me pasó cuando volví a la redacción después de ser madre. Una compañera que ya tenía un hijo y era soltera me recomendó con toda sororidad que jamás se me ocurriera enfermarme: “Tenés que guardarte esos días para cuando se enferme tu bebé, y mirá que se enferman seguido”, me dijo. También me advirtió que jamás les dijera a mis jefes que no a un viaje o a una cobertura por alguna obligación relacionada a la maternidad: “Van a dejar de considerarte y en ese mismo segundo tu carrera estará acabada. Olvidate de los ascensos y de las promociones o conseguite un buen back-up”.
La semana pasada estuvo de visita en Buenos Aires un viejo amigo periodista que ahora vive en Nueva York. Me contó que su principal ocupación hoy es el cuidado de su hijo: llevarlo y traerlo de sus múltiples actividades extracurriculares en distintos puntos de una ciudad grande, estar atento a sus deberes escolares, preparar sus viandas, reservar sus turnos médicos. Lo vi contento y algo agobiado, comprensivo con esas amigas feministas que le repitieron durante años que “eso que llaman amor es trabajo no pago”, aunque su mujer, consciente del esfuerzo, le había regalado el viaje a casa solo para que se despejara un rato. Se acostumbró a sortear con buena onda los prejuicios –que los hay acá y allá–, de los que lo juzgan en broma como un ‘mantenido’, a los que se preocupan por la frustración de un talento viril ‘desperdiciado’ (del mismo modo que lo hacen por la belleza de los putos). Lo mandé a ver Anatomía de una Caída (Justine Triet, 2023), no sé si hice bien.

En la película que acaba de alzarse con el Oscar a Mejor Guión Original, el marido de la protagonista es el que eligió pasar más tiempo con su hijo y hasta hacerse cargo del homeschooling posponiendo su carrera, mientras ella es una escritora famosa que no tiene ni quiere hacerse el tiempo para ocuparse de la casa y la crianza. El varón (que termina muerto –en rigor, comienza, de acuerdo al orden cronológico en que se cuenta la historia–) es entonces el que atraviesa las frustraciones que frecuentemente sobrellevan las amas de casa. Y el drama que interpela no logra resolverse: ¿El tóxico es el marido que se queja porque no pudo desarrollarse, o la mujer dominante que no quiso ceder como se supone que debemos hacer todas?
En la Argentina, los datos formales sobre el mercado laboral que consignó el Cippec en un informe de principios de este año, indican que los varones presentan mayores tasas de actividad (82% contra el 66% de las mujeres), mayores niveles de empleo (77% contra 61%) y menores tasas de desempleo (5.7% a 6.6%). Pero, como también aclara ese informe, las estadísticas mencionadas no tienen en cuenta al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado: hacer compras, limpiar la casa, cuidar niños, ayudarlos con los deberes. Citan a la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT), que muestra que –pese a que cada vez más varones participan del reparto, sobre todo los separados– las mujeres dedican en promedio 6 horas y media por día a estas actividades, mientras que los varones sólo lo hacen 3 horas y media.

La distribución desigual del trabajo al interior del hogar –basada en parte, como en el caso de mi amigo, en quién en la pareja gana más por su trabajo afuera– es una de las principales causas de la brecha de género en el trabajo (las cifras del INDEC dicen que el año pasado fue del 25% y la ONG Grow, que estudia cuestiones de género y trabajo, concluyó recientemente que las mujeres deberían trabajar 91 días más que los varones para alcanzar sus ingresos, 91 días de sobrecarga y trabajo duplicado). Es otra trampa, claro, porque los que ganan más y obtienen mejores puestos en este contexto todavía son los varones –basta con sacar la foto de cualquier reunión de directorio en este momento– y en la medida en que las mujeres quedan marginadas o se automarginan por razones culturales y económicas, eso se reproduce.
“¿Quiénes trabajan más?”, se pregunta el informe del Cippec, y la respuesta es asimilable a la del análisis casero de Narda: “Si se considera el total de horas por día que se dedican al trabajo remunerado y no remunerado, las mujeres tienen una carga horaria promedio de 9:20 horas, por encima de las 8:38 horas de los varones”. Con los datos de la cocinera en la mano podemos decir también que salimos más baratas. Tampoco sé si es un buen argumento, pero debería revertir la carga de los cuestionamientos que se le hacen a las mujeres sobre su situación sentimental y su maternidad en cualquier entrevista de trabajo, al menos hasta que dentro de la misma línea de preguntas se sume también: “¿Jugás a la pelota?”
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