
El DNU 70/2023 aspira a ser un Big Bang para despertar la productividad al desregular y abrir las puertas a la inversión privada, nacional y extranjera. Con la llegada de capitales, los salarios reales irán aumentando paulatina y sostenidamente, y muchas personas que hoy se hallan en situación improductiva se sumarán al crecimiento económico de la Argentina. De mantener este nuevo rumbo, entraremos en un círculo virtuoso de prosperidad.
El Decreto de Necesidad y Urgencia 70/2023 del presidente Milei va de frente, deliberadamente, contra algunos tabúes fuertemente implantados en la narrativa política e ideológica por el kirchnerismo. Uno de ellos, bandera de un discurso pobrista que nos ha cerrado a la inversión, es la ley 26737, derogada por el DNU en su artículo 154. Esa norma, establecida por Cristina Fernández de Kirchner en 2011, ponía un límite fijo a la posesión de tierras por parte de extranjeros: el 15% del territorio nacional, de una provincia o de un municipio. A la par, por supuesto, creaba una nueva e innecesaria estructura burocrática: el Registro Nacional de Tierras Rurales.
La derogación de esta ley es el retorno al espíritu fundacional de nuestra Constitución Nacional, que reconoce iguales derechos civiles a argentinos nativos y extranjeros porque busca poblar estas tierras lejanas, siguiendo la idea de Alberdi de atraer capitales, inmigrantes, tecnología, ideas. La consigna de “gobernar es poblar” no era la de acumular recién llegados en el Hotel de Inmigrantes, sino dar vida a un sistema virtuoso de ahorro, inversión, protección de la propiedad privada, seguridad jurídica, estabilidad monetaria, introducción de nuevas tecnologías y conocimientos, alfabetización masiva. El hecho de que no hubiera impedimentos legales para la adquisición de propiedades para los extranjeros, fue uno de los tantísimos imanes que atrajeron inmigrantes que se asentaron en Argentina, echaron raíces y formaron aquí sus familias.
La adquisición de la propiedad, una de los más claros indicadores de la movilidad social ascendente, ya se hizo evidente tras pocas décadas de vigencia de la Constitución. En el censo de 1895, en la Ciudad de Buenos Aires, el 58,2% de los propietarios eran extranjeros; en la Provincia de Santa Fe, el 56,5%; y en la Provincia de Buenos Aires, llegaba al 48,5%. Un caso paradigmático fue el de Giuseppe Guazzone, llamado el “Rey del Trigo”. Habiendo llegado con tan sólo 21 años de edad, y tras trabajar como aprendiz en la industria molinera, invirtió lo ahorrado en la siembra de trigo. Con el correr de los años llegó a tener inversiones en Azul, Olavarría y Trenque Lauquen. Guazzone también fue un promotor de la inmigración italiana y participó en la fundación de sociedades de socorros mutuos. La colonización italiana transformó el paisaje rural del sur de la Provincia de Santa Fe, y la alemana a la Provincia de Entre Ríos. Más allá de las simpatías políticas circunstanciales que albergaran estos empresarios agrícolas extranjeros, vale lo que dejaron sembrado y seguimos cosechando de sus legados. Porque estos ejemplos se multiplican por la vasta geografía argentina, y muchos son recordados por sus nombres en estaciones de ferrocarriles y pueblos, por ser verdaderos pioneros del progreso rural. Los grandes y pequeños protagonistas de la expansión económica que impulsó a la Argentina a ser una gran exportadora mundial de cereales y carnes, encontraron el cauce para liberar las energías creadoras cuando el marco institucional protegió la propiedad privada y aseguró los beneficios de la libertad.
El kirchnerismo político y su maquinaria cultural-comunicacional hicieron imposible que surgieran historias de éxito, al sepultar el espíritu emprendedor bajo una maraña de regulaciones, impuestos e impedimentos. Toda señal de prosperidad genuina, talento, innovación empresarial y aspiraciones de progreso, fue mirada con sospecha y atacada por las usinas de la desinformación. En las escuelas se “enseña” la demonización de las figuras que por su empuje personal, ya fueran argentinos nativos o extranjeros, transformaron a la República Argentina en una nación moderna a partir de la década de 1880. ¡Qué distinto sería nuestro país si miráramos el lado positivo de los hacedores y no se estuviera tan atento al “ah, pero…”!
Hoy estamos al borde del abismo, en días cruciales de necesidad y urgencia, por eso es tiempo de volver a abrirnos a la competencia y la innovación, para brindar más y mejores productos y servicios a los consumidores, y generar más y mejores oportunidades.
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