
No suena en la sala la voz de Elvis Presley, y tiene sentido desde el principio, porque no es su voz ni su historia, sino la de la chiquita a la que enamoró a los 14 años y se llevó a vivir con él a Graceland. Sofia Coppola no es Baz Luhrmann y no tiene intenciones de repetir la película, sino de ser fiel al relato de su María Antonieta del siglo XX, la mujer que vivió (y vive) a la sombra del mito aún después de su muerte (si es que Elvis en verdad está muerto).
Priscilla nunca tuvo un apellido propio: apenas tenía seis meses cuando su padre biológico murió en la guerra, y su madre volvió a casarse al poco tiempo con un oficial canadiense que le dio el suyo –Beaulieu– y la crió como suya; apenas tenía 21 años cuando se casó con el Rey en un hotel de Las Vegas para cambiar de dueño. Desde entonces fue de Presley, o ya lo era desde que se mudó a Memphis cinco años antes: una muñequita virginal con la que el ídolo jugaba en sus ratos libres entre giras y rodajes.
La película de Mubi que se estrenó ayer en las salas argentinas lleva el que sigue siendo su nombre cincuenta años después de su divorcio y cuarenta y seis desde la muerte de su célebre marido, está basada en sus memorias –Elvis y yo (1985)– y fue producida por ella misma. Y aunque los espectadores de la historia puedan sacar sus propias conclusiones sobre la perversión del amor entre una preadolescente y un ya consagrado rey del rock una década mayor que ella, Priscilla Presley dice que nunca se sintió una víctima.
Sin embargo, esa mujer fuerte que sobrevivió a su hija y a los 79 sigue vistiendo pantalones de cuero y peinando su icónico pelo largo lloró en Venecia después de la première. Tal vez después de ver en imágenes el relato que se contó por tanto tiempo, ella también haya sacado nuevas conclusiones sobre los largos diez años que pasó prácticamente confinada en Graceland y a merced de los deseos y caprichos de aquel captor hermoso y carismático, adorado por ella y por el mundo.
El retrato del más indiscutido de los reyes de todos los tiempos visto hoy y desde su mirada –y una pátina de la belleza claustrofóbica de Coppola– revela un perfil en el que a ninguno de sus fans nos gusta escarbar demasiado: el de un tipo abusivo y controlador, como suelen ser los grandes elegidos. Un hombre que jugaba en su cama con una chiquita, igual que iba a hacerlo unas décadas después y en la misma casa otro rey de la música que sí vivió para asistir al juicio público de su época y ser condenado socialmente como un pedófilo.

Pero hay una parábola que se cuenta más allá de la moral, la de cualquier mujer –no importa la edad– que cae en el hechizo de un hombre perfecto a los ojos del mundo (¿Ha nacido acaso un príncipe o un rey más azul que Elvis?) y cede a todos sus placeres y sus ambiciones (“Ahora tu actividad principal es ser mi esposa”, le dice el astro por teléfono desde algún set) para satisfacer las de otro, porque se supone que eso es lo que debe hacer cualquiera con su suerte, la suerte de que un rey se fije en ella.
Es la suerte que entendieron sus padres cuando la entregaron a los brazos de un amor que hoy sería un escándalo. La autobiografía de Priscilla dice que los Beaulieu permitieron que su hija volara de Alemania a América para reencontrarse con el astro con algunas condiciones: Priscilla debía viajar en primera clase, estar acompañada todo el tiempo por una chaperona y escribir a su casa todos los días, algo a lo que Elvis accedió. Pero los planes cambiaron en cuanto llegó: la llevó a Las Vegas e instaló a la chaperona en Los Ángeles; en vez de volar con ellos, tendría que ocuparse de mandar postales a diario para engañar a los padres de la novia. Ella misma cuenta en sus memorias que esa fue la primera vez que tomó anfetaminas y ansiolíticos para poder seguirle el tren al ídolo, y eso se ve en la película.
Cuando se instaló en Memphis en 1962, fue el Capitán Beaulieu quien se ocupó de hacer los arreglos para inscribirla en el colegio católico de señoritas Inmaculada Concepción, donde terminaría la secundaria. Y según Priscilla, hubo entonces una nueva condición que Elvis también respetó: incluso viviendo en Graceland, la joven debía llegar virgen al matrimonio. Hay otra historia que siempre circuló por lo bajo: ella y su padre adoptivo habrían amenazado al artista con denunciarlo por abusar sexualmente de una menor, y hasta por haberla mudado de país con ese fin –algo cercano a la trata-, y a Elvis no le quedó más remedio que casarse para purgar su pecado.

Faltan testigos vivos fuera de Priscilla que puedan refrendarlo o desmentirlo, y en todo caso, la suya sigue siendo la leyenda de una chica demasiado chica y aparentemente muy afortunada. En ese lugar es donde casi todas volvemos a ser adolescentes y donde –pese a los cambios culturales y todo el marco teórico que podamos haber consumido y aprendido– somos otra vez Priscilla renunciando a una vida, un nombre y un cuarto propio cada vez que nos enamoramos de un hombre que suponemos perfecto, porque es lo que nos enseñaron y nos siguen enseñando: no hay ESI que nos salve de lo que aprendemos en casa y de nuestras madres. Y entonces la magia de Sofia Coppola hace el resto, porque durante las casi dos horas que dura la película, esa chica alcanza la madurez para ver por fin al rey desnudo y decidir, finalmente, ser libre.
Priscilla Presley es una alegoría feminista aunque no se lo proponga. No necesita de diálogos hilarantes ni de monólogos sesudos y declamativos para alcanzar la potencia de la Barbie de Greta Gerwig. Basta con que suene otra melodía, con verla irse de Graceland con la fuerza de un himno como I will always love you de Dolly Parton, con que se atreva a dejarlo para escribir su propia historia aunque lo quiera y con que, por una vez al menos, el rey sea un actor secundario y su voz de pecho no lo llene todo para distraernos.
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