
Estamos en un boom. La Inteligencia Artificial se transformó en un tema de conversación coloquial. Se habla de ella en los medios, en las oficinas, en los cafés y en los hogares. Nos fascina, nos entretiene, nos sorprende -y también- en los últimos tiempos, nos asusta.
Hace unos meses atrás, se generó un gran revuelo por la carta abierta que firmaron intelectuales, magnates y pioneros del mundo de la computación como Elon Musk, Steve Wozniak, Yuval Noah Harari, entre otros firmantes destacados, creando una enorme repercusión. La carta pide una especie de “break tecnológico” en la industria de la informática, para que sea posible un análisis profundo sobre la utilización de una tecnología -cuyo crecimiento exponencial- parece desbordar nuestra capacidad para comprenderla de manera responsable.
Uno de los fragmentos de la carta dice, “la IA avanzada podría representar un cambio profundo en la historia de la vida en la Tierra, y debe planificarse y administrarse con el cuidado y los recursos correspondientes”. Resulta verdaderamente interesante, más allá de la notoriedad de sus firmantes, que, proviniendo de un mundo que suele brindar respuestas y soluciones de consumo para millones de personas, aquí, los tecnólogos se detienen a hacer preguntas. Ese cambio rotundo, más allá de la preocupación, es positivo. Hacernos preguntas nunca está de más, especialmente con fenómenos nuevos y disruptivos, cuyo impacto en la cultura humana es difícil de predecir.
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El padre de la informática, el hombre que sentó las bases de la computación moderna, Alan Turing, ideó una prueba (el test de Turing), que aún hoy sigue en vigencia. Esta evaluación, descrita en forma breve, consistía en la imposibilidad de distinguir si el emisor de un mensaje, (el hipotético interlocutor con el que estamos conversando), es una persona o una máquina. Para Turing la raíz de la inteligencia se basaba en la fidelidad con la que se podría simular la conducta humana.
Si la I.A representa un desafío en casi todos los campos de investigación, debemos direccionar sus resultados para el beneficio de la humanidad: paz, justicia, equidad, libertad. Sin embargo, también existen fines peligrosos, a merced de una tecnología que rompe límites a pasos agigantados.
Si trasladamos este dilema al mundo jurídico, vemos que es posible implementar tecnologías que aprendan y estén configuradas para brindar respuestas inteligentes a problemas que deben ser resueltos sobre la base de reglas determinadas.

En el marco de una república constitucional, las únicas reglas preestablecidas que debería seguir una máquina inteligente deben ser aquellas que se desprendan de una serie de normas (leyes) derivadas de una constitución formal, de la jurisprudencia o de la costumbre (lo consuetudinario).
Las normas, si bien parten de reglas que pueden ser computables, poseen elementos profundamente humanos y abstractos, como el sentido de justicia, equidad, libertad, paz, familia (y sus transformaciones), e incluso la noción de Pueblo, Nación, fraternidad e igualdad, entre muchos otros.
Claro está que una máquina puede emular una respuesta en base a patrones preestablecidos, porque, las normas son reglas, por ende, es información computable. Ahora bien. ¿Es computable el análisis de la Ley? Hablamos del factor humano ante las posibilidades de los sistemas informáticos, que parece no tener límites claros.
Nos encontramos frente a un dilema filosófico, si el Derecho, como Ciencia Social que se funda en las relaciones entre los humanos y las instituciones por ellos creadas, puede ser interpretado por un elemento disruptivo como es una IA. Una pregunta compleja, que no debería buscar únicamente la eficacia en un resultado, sino también, un principio rector que ponga en relevancia la importancia tanto de las decisiones humanas como de las herramientas tecnológicas a disposición.
Las preguntas comienzan a tratar ya no sobre las posibilidades de lo que puede hacer una máquina, sino, sobre lo que debe hacer una máquina. Aquello que es ético y provechoso para la sociedad, no únicamente en términos de eficiencia, sino de humanidad.
Los aspectos positivos de esta tecnología aplicada a nuestras sociedades son incalculables. Su buen uso tiene un poder determinante para solucionar problemas sociales endémicos. Su potencial para mejorar todas las disciplinas humanas inspira a seguir trabajando en su desarrollo. La salud, la educación, los sistemas de justicia, por citar solo algunos campos, pueden mejorar de manera incalculable. Sin embargo, el riesgo sobre su uso indebido es igualmente inquietante.
Quizás sea una buena idea, detenernos un poco y ponernos a pensar… como humanos.
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