
Primero, la sorpresa. La grata sorpresa. Luego, mucho menos importante, el reconocimiento personal de este cronista, y de más de cuatro, de un error de análisis político.
Mauricio Macri puso los dos pies en el terreno de la grandeza política.
Saltó del territorio de la posibilidad política, de la ambición personal, de derecho con todas las letras a ser candidato y aterrizó en un continente no muy visitado por los dirigentes argentinos: el de dar un paso digno al costado.
Por supuesto, sus detractores, que los tiene con gran potencia, invocarán la especulación de creer que no tenía chances antes que reconocer esta grandeza. Esa invocación es un mero trabajo de laboratorio y puro onanismo agrio intelectual . La renuncia a ser candidato tiene la contundencia de lo palpable y real, y la única verdad es la realidad.
Si a Macri se le puede atribuir un gobierno mediocre cuando fue presidente, el acto de correrse del narcisismo por enmendarlo, le aplica un prisma de buena reconsideración de aquellos cuatro años.
¿Por qué tiene grandeza este renunciamiento? Porque es una directa lectura al signo de los tiempos. Al hartazgo de buena parte de la ciudadanía de " elegir entre los mismos “. El ex presidente quita dramáticamente la obturación de que Rodriguez Larreta, Bullrich, Vidal o el que sea, asuman el desafío corrigiendo en serio los errores de lo que mal se hizo.
Costaría creer que el mismo que hizo blanco estaría dispuesto a transitar los grises o, incluso, actuar los negros. Macri se corre y deja tierra libre para hacer otra cosa.
Su renunciamiento lo ubica en un lugar de escasez en el chiquitaje político (la rosca, las listas, los repartos de cargos), pero de grandeza en la verdadera política: pensar algo en serio para evitar la catástrofe final de este momento
Su eventual bendición a alguno de los precandidatos deberá leerse, si sucede, no en el paternalismo del dedo autoritario, sino en el merecido derecho de haber creado un partido que le ganó al peronismo que terminó su mandato como no ocurría desde principios del siglo pasado, en la experiencia de haber gobernado cuatro años y en la poco frecuente, casi infrecuente, decisión de no hacer pesar el narcisismo personal.
Animarse a desafiar al egoísmo de cualquier político y, cómo no, de un hombre llamado Mauricio Macri, merece destacarse.
¿Los demás correligionarios de la coalición pueden sentirse envalentonados con esta renuncia? Sería un craso error. Eso no estaría a tono con quien dice no, con estruendosa novedad saludable, en un momento en donde esa palabra cobra una dimensión demandada por la mayoría de la sociedad.
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