
Cualquiera sea la que tengas, no la cortes el domingo. Las cábalas son sagradas. Pueden ser ridículas, incómodas, extrañas, confusas, desconcertantes, inesperadas: si funcionan, adelante. Y funcionan. Si no, ¿por qué somos cabuleros?
¿Qué es una cábala? Nada menos que una fe absoluta en contra de la incertidumbre. El domingo, cuando argentinos y franceses echen a correr en el partido final del Mundial Qatar 2022, ¿quién sabe qué va a pasar? Pero yo tengo una cábala, y vos otra, para que el destino juegue en nuestro favor. Los franceses deben tener las suyas. Pero las de ellos no funcionan: son chirles, huecas, despojadas.
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Las nuestras son más enteras por una razón simple: le dimos la vuelta a la cábala. Ya no hacemos algo para que otro algo funcione: ahora tomamos lo que funcionó y lo hacemos nueva cábala.
Por ejemplo, podés tener una infalible: ponerte esas zapatillas de 1978 que usabas cuando los goles de Kempes y Bertoni, que jamás tiraste a la basura, que ya parecen las alpargatas de Martín Fierro, y huelen igual, pero que te vas a calzar cuando Messi y los suyos salgan el domingo a pelear por el sueño. Pero, y he aquí el toque argentino, si el otro día, cuando los penales contra Holanda (lo de “Países Bajos” trae mala suerte), estabas parado y en un rincón del living, el partido del domingo lo vas a ver con tus zapatillas deshechas y paradito en ese mismo rincón, porque funcionó una vez y va a funcionar ahora. A la cábala infalible, agregamos otra de inmediato en base a la experiencia exitosa. Eso es progreso.
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Me cuentan de un abuelo que no tenía televisor y que vio todos los partidos de Argentina sentado frente a la vidriera de una casa de electrodomésticos. Una empresa le regaló un aparato para que vea la final del domingo como está mandado, cómodo y en su casa. ¡Momentito…! ¡Momentito, abuelo! Usted nos va a hacer el bien de comerse el partido del domingo frente a la misma vidriera, sentadito en la misma silla y a ser posible en el mismo exacto sitio: eso nos dio buen resultado y alterar la rutina puede tentar al diablo. Después ve el partido en casa cuando lo repitan, abuelo. O nos juntamos veintidós vagos y se lo reproducimos en la vereda de su casa y para usted solo, jugada por jugada. Pero usted no cambie nada.

Esas creencias absolutas en lo simple, en lo vulgar, en lo tonto, te protege de la llamarada de la incertidumbre; te vacuna contra lo imprevisto, te hace creer que algo va a impedir, o dificultar, o anular a ese gamo en celo que es Mbappe y al que no alcanzás ni con el Séptimo de Caballería. Una cábala te protege de la realidad, sobre todo si la realidad amenaza la ilusión. Si ya no podemos tener ilusiones, fregados estamos. Y la ilusión dice: Argentina Campeón del Mundo. ¿Está mal? ¿Hay que pagar algún impuesto por eso? ¿A quién jodemos, salvo a los franceses, que deben pensar lo mismo que nosotros?
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Nunca falta un golondrino que sostenga que la cábala es el triunfo de la ignorancia y el fetichismo por sobre el raciocinio, la lógica y el sentido común. ¡Qué me importa! ¡Oíme, ¿qué me importan esas tonterías si voy a aplicar la cábala en los noventa minutos del partido, ciento veinte si hay alargue y si hay penales, mientras duren los penales?! Después volveremos al raciocinio, el sentido común y la mar en coche, campeonazo. No escupas el asado.
Y más respeto con las cábalas. La palabra está enraizada en la esencia de la cultura y el pensamiento judío. O sea, es una cuestión de fe. No sé si notaron algo: en las tribunas de Qatar no hay ateos, ¿vieron? Ni siquiera agnósticos. Cada quien le reza a Dios como puede y le enseñaron. Algunos unen sus manos en plegaria, otros las elevan al cielo, o las hacen golpear contra su pecho, o las unen sobre el corazón; todos miran al cielo, algunos con los ojos en blanco, como carneros degollados, otros con los ojos cerrados; todos murmuran rezos en diferentes idiomas y dialectos. Y todos piden a Dios lo mismo: ganar. Como sabemos que ponemos a Dios en un aprieto y que pese a Su bondad no puede conformar a todos, sostenemos la cábala para reforzar la fe. Donde entra la fe, no entra la razón, golondrino.
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La AFA decidió que la camiseta a usar por Messi y nuestros muchachos en el ya inolvidable domingo que viene, sea la celeste y blanca que nos llevó a la gloria en 1978 y en 1986. No se hable más: eso es cábala. Si el otro día, cuando el Dibu Martínez detuvo el penal que el infiel de camiseta naranja pateó para vulnerar nuestra valla, estabas comiéndote una uña por los nervios, el domingo verás el partido de la final chupándote ese dedo, aunque lo dejes como un arenque. Yo le haré otro apretadísimo nudo a esta corbata que ya tiene varios: cada nudo traba las piernas rivales. Esto no es cábala, es rigurosa verdad.
Va a ser un partido chivo. Y todo ayuda. De aquí al domingo, vamos a cortar gruesos clavos con los dientes. Y cuando la pelota eche a rodar y los minutos decisivos a correr, nos encomendaremos con la sagrada frase de los toreros: “Que dios reparta suerte”.
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Y que sea toda para nosotros.
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