
Benjamín Franklin fue un político y científico norteamericano del siglo XVIII. Hizo múltiples aportes a la humanidad, y su trayectoria destaca aquel experimento utilizando un cometa durante una tormenta en el que demostró que las nubes están cargadas de electricidad y que los rayos son descargas eléctricas. Gracias a esta investigación diseñó el pararrayos.
Sin embargo, una circunstancia monetaria, dio a su rostro fama y conocimiento internacional, pues su figura está estampada en los billetes de mayor valor en circulación en los Estados Unidos, desde 1969. En idéntico sentido a la frase que da título a este artículo, Franklin definió la suya: “Una onza de prevención vale una libra de cura”.
Considerando que una onza es poco más de 28 gramos y una libra más de 453 el concepto plantea la oportunidad de prevenir, tanto en cuanto a evitar hechos indeseados, como a lo referido a los esfuerzos económicos frente a una u otra de las alternativas.
En cuanto a la política ambiental, de cara a los efectos del calentamiento global, observamos como, aún bajo la idea de que se trata de acciones preventivas, nos encontramos curando más que previniendo, y de esta forma, afrontando riesgos y costos de manera ineficiente, desaprovechando algunas oportunidades.
La financiación climática global ha alcanzado los USD 632.000 millones durante 2020, dato que si se relaciona con la necesidad de fondos proyectada para cumplir con los compromisos de reducción de gases de efecto invernadero asumido por naciones, organizaciones y corporaciones en el marco del Acuerdo de París, debería superar los USD 4 billones, es decir que sólo se invierte el 15% de lo que se debería.
El 51% de dichos fondos son aportados por el sector público, tanto instituciones financieras internacionales para el desarrollo, como bancos y programas que ofrecen en cada uno de los países, mientras que el 49% restante es solventado por el sector privado, dentro del que se incluyen corporaciones, bancos y hogares.
Energías renovables
Más allá de los instrumentos financieros que se utilizan, en su gran mayoría están destinados a la generación de energías renovables, la investigación y desarrollo de equipos que vuelven más eficiente los consumos energéticos, paneles solares, o autos eléctricos.
Muy poco se destina a la conservación de los escasos predios naturales que contribuyen a la fijación de carbono, la regulación hídrica y el mantenimiento de biodiversidad que aporta equilibrio y sustentabilidad en el planeta, fundamentales para todas las actividades humanas, incluso la economía.
Apenas el 10% del total de los fondos destinados a financiar los efectos del cambio climático son destinados a proyectos de conservación, es más, si hacemos un estudio más fino del caso, en lo que respecta al cuidado efectivo de selvas, bosques o manglares naturales, es menos, pues muchos de los proyectos se enfocan a reforestar o recuperar tierras erosionadas.

Frenar con el desmonte de los “pulmones del planeta” forma parte de las acciones preventivas más económicas y sencillas a ejecutar.
Sólo imaginar el esfuerzo que representan cambiar los procesos productivos, las matrices energéticas, los usos y costumbres en el transporte o la manera en que se empacan los productos, frente a dejar de intervenir en contra de lo natural, solo acompañar.
¿Cuál será la razón por la cual la sociedad está más preparada para curar que para prevenir en materia climática? Existe una sola respuesta. “El negocio”.
Si repasamos cada uno de los proyectos y productos que se financian con los fondos destinados a reducir el calentamiento global encontraremos que siempre existe una actividad económica rentable detrás de cada uno de ellos, como fabricar autos eléctricos, paneles solares o generar energías renovables para los hogares.
Valor agregado
Si entendemos por actividad económica a todo proceso por el cual se agrega valor, sin dudas, las selvas y bosques naturales, han sido las primeras unidades productivas que existieron sobre la tierra. Sus provisiones, englobadas dentro de los denominados servicios ecosistémicos, son previos a las actividades realizadas por los hombres, como la agricultura o la ganadería, sin embargo, también constituyen una actividad económica primaria que, al igual que las otras, debe ser medida, recompensada y sostenida.
Todas las actividades que el hombre ha desarrollado desde el principio de los tiempos han sido subsidiadas por quienes conservaron y carecieron de compensación por mantener entre sus activos “tierras improductivas”.
En verdad, no existen tierras improductivas, todas producen algo, solo que en el caso de los servicios ecosistémicos falta ponerle precio a los valiosos aportes que prestan.
Es probable que de esta forma los intereses de la economía y la ecología encuentren un punto de encuentro, al ofrecer a los mercados algo más que una cuestión de supervivencia sino un negocio.
¿Cuántas unidades de servicios ecosistémicos valdrá un barril de petróleo?
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