
El discurso del presidente argentino en las Naciones Unidas permite algunos comentarios inmediatos, a cuenta de mayor análisis posterior.
Ante todo, la experiencia indica que en esas ocasiones, los países votan con los pies: se quedan o se retiran cuando hablan personajes determinados o que representan a determinados países. A veces es por repulsa, como cuando hablaba Ahmadinejad y la entonces presidenta Kirchner ordenó vaciar el asiento argentino. Y muchas veces el vacío expresa el poco interés que despierta quién se apresta a hablar o la baja expectativa por lo que vaya a decir. En el caso de Alberto Fernández, desgraciadamente más de la mitad de los espacios permanecieron vacíos y, de los ocupados, muy pocos por los titulares de las representaciones de los países y la mayoría por jóvenes funcionarios a los que se envía como una cuestión de buenas maneras.
Mal asesorado, se le hace decir a nuestro primer mandatario que existen bloqueos a Cuba y Venezuela, que hace años se sabe que nunca existieron. Un bloqueo es un acto hostil, ilegal (excepto si está habilitado por el Consejo de Seguridad) tendiente a impedir que un país comercie con nadie. En cambio, el embargo es una medida unilateral, legal, por la cual un país –por ejemplo, los Estados Unidos- decide no comprarle ni venderle nada a otro, por ejemplo, Cuba, pero ello no impide –como efectivamente viene ocurriendo hace más de cuarenta años- que ese país comercie libremente con la totalidad del resto de los países del mundo. Toda Europa, Rusia, China, África, el Sudeste Asiático y la entera América Latina comercian desde hace décadas con Cuba y Venezuela sin ningún impedimento de tercer país alguno.
Cuando denunció el atentado contra su vicepresidenta, el texto que leyó omitió aclarar que todo el arco opositor, en ejercicio de una conducta claramente democrática, procedió a repudiarlo inmediatamente, lo que dejó lógicamente flotando una incómoda suposición de silencios y responsabilidades. La infortunada caracterización de “fascismos disfrazados de republicanismo” no ayudó a despejar sospechas sobre los opositores.
Culpar de los males propios al imperialismo ya es un clásico de algunos gobernantes del progresismo latinoamericano, ahora enriquecido por los aparentemente devastadores efectos de la pandemia, como si el resto de los países que no exhiben la desastrosa situación económica argentina no hubieran sufrido el mismo flagelo sanitario.
Sorprender gratamente al mundo informándole que en esta hora de urgencias podemos producir enormes volúmenes de alimentos y energía, apenas encubre el hecho de que no nos autoabastecemos de gas y petróleo y nuestros productores de alimentos retienen su producción en defensa ante un estado depredador que ya no sabe qué nuevas maneras de saquearlos puede inventar. Ofrecemos los mismos alimentos a los cuales castigamos –único país en el planeta- con gravosos impuestos a las exportaciones, esas mismas que Fernández dice generosamente poner a disposición del mundo.
Para cerrar, en una nueva muestra de pensamiento sesgado, en una conferencia del día anterior en una modesta universidad, el presidente no optó por condenar a la totalidad de quienes promuevan al odio y la violencia, sino solamente a algunos: “Las derechas que promueven el odio y la violencia no deben tener cabida en el mundo en que vivimos”, expresó. Ortega, Maduro y los Castro pueden dormir tranquilos.
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