
En la mayoría de los países del mundo, la gente no está pendiente del valor del dólar. Se puede ahorrar y hacer transacciones así como fijar precios de referencia en la moneda de curso legal.
Nosotros perdimos el valor de atesoramiento y hasta cierto punto el de fijación de precios de referencia de nuestra moneda; muchas décadas de inflación nos inocularon el gen de la desconfianza sobre el peso. En Argentina no nos alcanza con tener suficientes exportaciones para pagar lo que importamos. Nuestro superávit comercial tiene que ser mucho más grande como para abastecer la demanda de los varios millones de argentinos que se refugian en esa moneda para preservar sus ahorros.
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Esto nos lleva a tener crisis recurrentes vinculadas a la extrema escasez de reservas en el Banco Central, lo que impacta en el flujo de importaciones (y por ende en el nivel de crecimiento del PBI al que podemos aspirar) y en los precios generales de la economía, mayormente impactados por el valor de la divisa extranjera.
El gobierno ha estado administrando el mercado único de cambios, dosificando las importaciones e interviniendo tibiamente en el mercado para evitar saltos en los dólares financieros que eviten que la brecha de éstos con la cotización oficial no se dispare demasiado.
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Los sectores más liberales de la economía proponen en general una liberación del esquema cambiario. Como objetivo final no cabe duda que debemos apuntar a eso. Pero no es menos cierto que la economía actual no puede procesar una mega devaluación sin que la inflación no se espiralice a un nivel socialmente inaceptable.
Y aún así, no podemos resolver la crisis externa si no abordamos la necesidad de acumular reservas. La medida que acaba de sancionar el nuevo equipo económico comandado por el ministro Sergio Massa, logra un esquema muy atinado porque, por un lado propone incentivos suficientemente atractivos para que el productor decida liquidar la soja que viene atesorando en sus silos y, por el otro, evita una devaluación tradicional cuyo efecto en los precios de la economía hubiera sido muy complejo de procesar.
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Esta suerte de desdoblamiento cambiario para la soja contempla un valor de dólar de 200, algo así como un 50% al dólar oficial y el otro 50% al MEP. El incentivo regirá por el mes de setiembre para todo aquel que liquide y/o fije el valor de la venta, aún si por razones logísticas el embarque pudiera demorarse algunas semanas más. Representa una mejora del 50% en el valor percibido por productores y exportadores de soja (y sus derivados) lo que sin duda es una mejora significativa para el bolsillo del chacarero.
Por la forma y el tono de los anuncios es imposible no ver, además de una propuesta inteligente para robustecer las reservas del BCRA, un gesto de acercamiento conciliador y diferente a lo que venimos observando desde el gobierno hacia el sector de la agroindustria. Enhorabuena que sea así.
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Claro que hay pendientes. Seguramente el equipo económico ya se encuentre trabajando en ellos. Por un lado, esta suerte de desdoblamiento hacia el MEP debería seguir profundizándose y agregar en las próximas semanas, los consumos en el exterior, las importaciones suntuarias y los servicios al exterior de los programadores. Esa sería una señal indiscutible de esperanza hacia un camino gradual pero sostenido a la salida del cepo.
Y una vez que los precios relativos logren un mayor alineamiento, también será necesario alguna suerte de torniquete o shock anti inflacionario temporal que nos ayude a desandar el proceso indexatorio que sigue alimentando la espiral inflacionaria.
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No es poco lo que queda, pero dimos un paso enorme y fundamental camino a eso.
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