Veganos, ecologistas y el activismo inmoral

Cualquier ideología debería priorizar, por sobre todas las cosas, una búsqueda de convivencia moral entre mi causa y la de aquel que está por fuera de ella

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El grupo de activistas veganos
El grupo de activistas veganos “Animal Rebellion” derramó leche durante una protesta (REUTERS/Christian Mang)

Las imágenes recorrieron el mundo: integrantes de un grupo de activistas veganos llamado “Animal Rebellion”, derramando varios litros de leche en el piso del local Harrods en Knightsbridge, Inglaterra, en protesta contra la industria láctea. Es decir, el mejor modo que encontraron para manifestar sus ideas fue desperdiciar activamente alimento. No solo esto: ¿quiénes creen que se vieron obligados a limpiar el desastre? Por supuesto, los trabajadores de limpieza, miembros de las clases más castigadas del sistema económico. ¿Qué ideología defienden estos “activistas”?

Es muy importante aclarar que muchos integrantes del movimiento vegano repudiaron estas acciones e incluso remarcaron que este mensaje solo le quita fuerza a su postura. Sin embargo, este caso extremo puede servirnos para preguntarnos qué lugar ocupa la moralidad al momento de elegir nuestras causas.

Tomemos por caso la defensa de los derechos de los animales. Aclaro que quien escribe lleva una dieta estrictamente vegetariana (excepto en casos en los que, por cuestiones religiosas, elijo priorizar otro tipo de menú). A esta altura del partido, espero, nadie en su sano juicio podría defender la caza deportiva, los maltratos, los destratos –que no son lo mismo- ni el abandono voluntario. Por suerte, muchas organizaciones se han movilizado para encontrarles hogares a los animales abandonados, y la conciencia en lo relativo a las injusticias contra los integrantes del reino animal ha crecido de manera notoria. De todos modos, en más de un caso es posible notar un “pase de rosca”.

Imaginemos el siguiente escenario: la primera imagen, de un oso panda siendo apuntado por un arma. La segunda, de una persona inocente de todo tipo de acusación imaginable, también siendo apuntada por un arma. Me animaría a afirmar que más de uno se apiadaría más del animal que del ser humano. ¿No debería, como mínimo, parecernos extraño?

Hay una crisis en los movimientos ideológicos que, principalmente, se debe a que hoy, en pleno siglo XXI, muchas de las grandes batallas ya han sido libradas. Si nos enfocamos en las democracias occidentales, con todos los miles de errores que tienen, podemos decir que hay una considerable libertad de expresión de todas nuestras ideas. (Es bastante irónico que muchos grupos que defienden los regímenes tiránicos desde la comodidad de su sillón burgués pierden de vista que, en esas mismas sociedades que ellos tanto alaban, serían, en el mejor de los casos, acallados, silenciados y apresados). ¿Hay mucho qué cambiar? Sin dudas. Pero convengamos que el espacio de rebelión ideológica que tenemos es bastante menos acotado en una sociedad democrática que bajo el régimen talibán.

Pero cualquiera con cierto espíritu crítico debe encontrar un espacio para la rebelión. ¿Qué hacemos cuando el derecho al voto está instalado, cuando la esclavitud ha sido abolida, cuando podemos decir libremente lo que pensamos –esto, siempre y cuando los “canceladores” no sigan ganando terreno-, cuando es posible cuestionar a las autoridades y podemos estar en pareja con quien queramos? ¡Nuestro ser, internamente, de todas maneras, precisa rebelarse! Es entonces que le damos una importancia superlativa y convertimos en “causa” o “reclamo de derechos indiscutibles” a cuestiones que tal vez sería lindo que ocurrieran, pero que no se ponen por delante de la dignidad de la vida humana.

Así como ocurre con el movimiento por la defensa de los animales, hay muchas militancias que, si bien puede ser que defiendan ideas nobles, han desequilibrado el mundo de las prioridades. Algunas asociaciones ambientales, ciertos grupos religiosos, ciertos colectivos por derechos sexuales, todos ellos pueden estar defendiendo ideas excepcionales. Pero si olvidan que el gran objetivo final es mejorar la sociedad, estarán priorizando sus pequeños espacios e ignorando que, en teoría, lo que quieren hacer es generar una armonía con el resto de los integrantes de la sociedad que no piensan como ellos (tal vez, por pura desinformación) y no destruir una sociedad tiránica para convertirse ellos mismos en tiranos.

No estoy diciendo que uno no debe tener ideales hasta que no se resuelvan las injusticias de la humanidad. Es absolutamente posible y tal vez indispensable el defender los derechos de las ballenas a pesar de que haya gente que muera de hambre. Son contradicciones con las que debemos convivir.

A lo que me refiero es que cualquier ideología y activismo debería priorizar, por sobre todas las cosas, una búsqueda de convivencia moral entre mi causa y la de aquel que está por fuera de ella. No todo es combativo. Volviendo al ejemplo inicial: hay miles de maneras de reclamar por los derechos veganos. Cuando vuelco leche, priorizo mi metro cuadrado ideológico, total a mí me sobra para comprar leche de almendras o de soja. Pero ignoro la hambruna en la humanidad o el hecho de que el que va a venir a limpiar detrás de este “acto ideológico y liberador” es alguien que está en los márgenes de la misma sociedad que me permite a mí manifestarme en favor de las vacas. En ese caso tengo que, como mínimo, tener consideración por el otro ser humano.

Es una necesidad rebelarse. Es lo que nos mejora como sociedad. Pero muchas veces es más fácil rebelarse contra algo externo que encarar la revolución mucho más complicada: la de tener que pensar en el otro, priorizar los valores del que está frente a mí, y pensar de qué manera puedo manifestar mi postura sin convertirme yo mismo en un tirano.

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