
El 15 de marzo de 1984 se votó en el Congreso de la Nación la Ley 23.056, la que facultó al Poder Ejecutivo para llevar adelante el Plan Alimentario Nacional, popularmente conocido como la “Caja Pan”. Este fue el primer antecedente de ayuda social transitoria que encontramos en tiempos democráticos en nuestro país.
Lejos de aquella transitoriedad anunciada, hoy (y particularmente después del 2002) los planes sociales se han convertido en una industria de la pobreza, gerenciada por caciques que manejan las organizaciones piqueteras, las que entre aprietes, cortes de calles, corruptelas e intermediación, llegaron para quedarse y ser parte de la escena política de nuestro país.
Este crecimiento desmedido y clientelar se observa en los datos brindados por el Instituto para el Desarrollo Argentino (IDESA), que señaló: “Los programas sociales en Argentina pasaron de representar el 0, 1% del producto bruto interno (PBI) en 2002 al 4,5% en diciembre del año pasado. Es decir, en estos 20 años, la cantidad de beneficios pagos saltó de 1,6 millones a 12,12 millones, representando un aumento del 657%”. Paralelamente, debemos advertir que los índices de pobreza están en más de 37,3 %: evidentemente, los planes sociales como salida de la pobreza han fracasado, han potenciado la fragmentación social y destruido la cultura del trabajo en argentina. Pareciera que llegaron para quedarse, que el esfuerzo no vale la pena y que la educación ocupa un lugar secundario para el tan deseado ascenso social que promovieron las generaciones fundacionales de la patria.
Mientras la decadencia argentina avanza sin prisa ni pausa hacia el desmantelamiento absoluto del sistema económico y productivo, el gobierno, sumergido en una feroz interna, habla como testigo de la situación que él mismo ha provocado. Lejos de hacerse cargo, las acusaciones cruzan de lado a lado en el frente gobernante y, sin mostrar solución a la crítica situación, solamente se distribuyen más fondos para responder a la extorsión de la dirigencia piquetera.
Sin coraje no hay solución. Se terminaron los tiempos de los análisis. Ningún gobierno ha sabido solucionar la problemática que gira en torno a los planes.
Hoy, para salir de la profunda crisis, en primer lugar, es necesario entender que en la era de la tecnología necesitamos mano de obra especializada, que debemos potenciar a los argentinos. El estudio, la investigación, la capacitación y la tecnología son el camino a seguir. La economía del conocimiento debe ser una política de Estado, perdurable en el tiempo y que aliente la inversión. Este debe ser el criterio de capacitación que el gobierno exija como contraprestación al otorgamiento de planes, pues no nos podemos quedar en enseñar oficios clásicos para el mercado interno porque así no elevaremos las tasas de empleo a corto y mediano plazo.
Por otro lado, se debería implementar un sistema de empalme de los planes con puestos de trabajo público o privado, para que aquellos que consigan un empleo formal mantengan paralelamente el subsidio del plan por un tiempo prudencial (por 6 meses), hasta que el trabajador se consolide en su puesto laboral.
Es un quiebre cultural que necesitamos generar: no queremos adolescentes y jóvenes cortando calles para recibir más planes. Debemos enseñarles que existen otros caminos. Cambiar el paradigma para que sean la generación cuyos hijos, por más humilde que sea su realidad, vean llegar a sus padres con la satisfacción de tener trabajo y no agobiados por tener que cortar una calle. Ese es el desafío que tenemos que asumir y la conquista que queremos realizar para las futuras generaciones. Porque los planes eternos son la demolición de la dignidad.
Entonces, ¿hay una salida a los planes sociales como los conocemos? Sí, hay salida en la medida en que los beneficiarios tengan claro que no son un medio de vida, sino que tienen su razón de ser en la capacitación y la reinserción en el empleo formal. Pero ello solo se logrará con convicción y coraje; con transparencia, diciendo la verdad, recuperando la matriz productiva y la cultura del trabajo, generando empleo de calidad y democratizando la educación. En el camino para dejar atrás esta crisis no hay atajos.
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