
En el siglo XX los motores a combustión interna explosionaron las necesidades de petróleo, al tiempo que gran parte de los yacimientos se descubrían en localizaciones conflictivas. La humanidad desesperaba requiriendo cantidades crecientes del fluido, aunque proveyera de fuentes localizadas en territorios disputados. Las dos Guerras Mundiales y otras contiendas armadas precipitaron asegurarse el control de los abastecimientos del combustible, pues el poder de las naciones se nutre de capacidades económicas, militares y ocupar geografías estratégicas.
La disponibilidad de energía, el acceso al petróleo, gas, carbón, constituye una plataforma central, que requiere transportarlo a los centros de consumo, dando lugar a vías de tránsito disputadas. Al tiempo que el entramado de energía se va completando con el desarrollo de fuentes y transformaciones alternativas: eólicas, solares, hidrógeno, nucleares, hidráulicas, mareas, etc. En los autos, el motor a explosión interna está siendo desplazado por baterías eléctricas.
Cuidado ambiental
A medida que se expanden los conocimientos y población, los diferentes gobiernos y entidades deben ordenar las opciones energéticas hacia la conservación del clima del planeta. No es el mismo clima con una población de 1.000 millones de personas y un PBI por habitante promedio de USD 700, que se estimaba para 1800, que los USD 8.000 millones de habitantes actuales y un PBI medio por habitante de USD 12.500, esto es un agregado de USD 100 billones en todo el planeta.
La interdependencia entre las personas, instituciones y sus gobiernos se ratificó con el COVID-19, que ocasionó el cierre de trabajos y limitación de las transacciones, causando la gravísima recesión económica global de 2020, la cual felizmente pudo ser atenuada merced a la mayor confianza ganada por las proezas de los laboratorios y organizaciones de salud, los entes financieros y gobiernos.
El libro “The new Map”, de David Yerguin, historia la revolución del “shale”, cuenta la innovación tecnológica en los combustibles que valorizó el lugar de los EEUU en el mundo, y cómo alteró no sólo los mercados mundiales de energía si no también la geopolítica.
No obstante las trabas impuestas por algunos políticos, ecologistas e intereses ancestrales, la revolución del “sale” -extracción de petróleo y gas de modo no convencional- empujó el crecimiento económico de EEUU, avanzando su posición comercial, generando inversiones y creación de trabajo, abaratando los pagos de energía para millones de consumidores.
Con las crisis de energía de la década de 1970, los EEUU se sintieron vulnerables por su dependencia de importar energía, principalmente petróleo y gas.
El origen de la transformación
George P. Mitchell fue el emprendedor petrolero que arremetió contra los textos de ingeniería de petróleo, que sostenían la imposibilidad de extraer gas natural de las formaciones densas del shale. En 1972, se topó con “Los Límites al Crecimiento”, libro del Club de Roma. Predecía que un mundo sobrepoblado pronto se quedaría sin recursos naturales. Una década más tarde, Mitchell leyó el borrador de uno de sus geólogos que sostenía que, contrariamente a lo enseñado, podría resultar rentable extraer gas de la roca super densa de las profundidades de la tierra, donde el material orgánico se “cocinaba” durante miles de años y transformarlo en petróleo o gas. Para la tarea, emplearon “fracking” para liberar el gas en los yacimientos.

En 1998 se halló la receta para que el rendimiento del pozo resultase vastamente superior. La empresa duplicó la producción de gas en dos años. Eso llamó la atención de Larry Nichols, CEO de Devon Energy, que compró la empresa de Mitchell por USD 3.500 millones. El modelo de extracción se hizo aún más competitivo con la perforación horizontal, combinado con la perforación vertical, hasta incluso más de 3.000 metros de profundidad.
Todavía en 2003, las grandes empresas petroleras avizoraban que la falta de combustibles en EEUU requeriría suplir la demanda con importaciones masivas. En cambio, las explotaciones independientes se concentraron en los yacimientos “on shore”, en el interior del país.
Y a partir de 2008 la producción de gas natural comenzó a crecer, sorprendiendo a las grandes compañías, porque fue sustituyendo al carbón en la generación de electricidad; y la emisión de CO2 declinó a niveles de 1990, a pesar de que el PBI se había duplicado.

El déficit de EEUU entre barriles diarios exportados e importados pasó de 12,5 millones de barriles diarios a pequeños superávit en los dos últimos años, gracias al “shale”.
Las libertades para contratar contribuyeron a valorizar los yacimientos de hidrocarburos.
En cambio, en países con controles y regulaciones extremas, como Venezuela, llevaron a que se perdieran enormes oportunidades de negocios, la producción petrolera alcanzó su punto máximo en 1970 con 3,7 millones de bpd y en la actualidad se contrajo a solo 0,7 millones de bpd, el menor nivel desde 1943, cuando tenía una población de sólo 4 millones de habitantes, en contraste con 30 millones actuales.
En la Argentina hoy escasean los combustibles para actividades locales, a pesar de contar con los yacimientos más promisorios del “shale”.
Insisto, ningún recurso verdadero es natural. El recurso más valioso es las capacidades de los particulares de contratar sin restricciones artificiales.
Las ideologías contrarias a las libertades individuales y los gobiernos populistas que se las creen entorpecen las actividades productivas y empobrecen a los pueblos en todo el planeta.
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