
Nunca me fue tan fácil darme cuenta de que en la Argentina no existen idearios políticos, sino mas bien un pensamiento único que atraviesa a todo el arco político, que nos deja presos de la ilusión de que no existen alternativas que nos puedan liberar de la decadencia en la que estamos inmiscuidos y de la cual nos parece imposible salir.
La Argentina y España son países que, en cuanto a cantidad de habitantes, son iguales. Claro está que mi amado país posee uno de los territorios menos densamente poblados del mundo, y el país Ibérico equivale en superficie a una de las veinticuatro provincias argentinas.
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Son países organizados políticamente de manera diferente, pero coinciden en el hecho de ser democracias y de tener jurisdicciones infra nacionales con potestades autónomas de las del gobierno nacional.
Sin profundizar en las diferencias (que las hay, y son muchas), es evidente que ambos países poseen una estructura nacional de gobierno con facultades recaudatorias propias y otras delegadas en comunidades autonómicas (para el caso de España) y en provincias (para el caso de la Argentina). Hasta acá, nada nuevo bajo el sol. Sólo un preámbulo para llegar al planteo de la situación.
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¿Por qué en España funciona la oposición y en la Argentina no?
La respuesta es, básicamente, porque en el país europeo la oposición lucha por instalar ideas propias a su electorado, ofreciendo una oposición madura, robusta y con capacidad de debate. Y, sobre todo, sin atropellos ni temerosos de lo que pueda pasar, siendo fiel a sus ideales, alineando lo que piensan, con lo que dicen y, principalmente, con lo que hacen. Algo que -de no parecer resultar tan alarmantemente obvio- en la política argentina no existe.
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La idea de que en la Argentina no existe oposición, se basa en el principio que todos -absolutamente todos- los partidos políticos han subido y creado impuestos, cada vez más distorsivos, y confiscatorios, y burocráticos, y cargados de ineficiencia y sin su correspondiente justificación del gasto público directamente relacionado.
La Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la Comunidad de Madrid, dos caras de la misma moneda
La Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la Comunidad de Madrid comparten dos características que la hacen similares. Ambas poseen uno de los presupuestos per cápita más alto de todo su territorio y, además, son gobernados por fuerzas políticas opositoras al gobierno central.
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Sin embargo, la Ciudad ha aumentado y creado impuestos inexistentes (como el Impuesto de Sellos sobre los resúmenes de las tarjetas de crédito) durante la pandemia, sin diferenciarse en lo más mínimo en materia fiscal de lo que hizo la Nación. Es decir que, pudiendo ejecutar acciones para alivianar el peso de los impuestos sobre los ciudadanos porteños, decidieron aumentarlos deliberadamente.
Por el contrario, la Comunidad de Madrid ha decidido convertirse en un faro para atraer a la inversión interna y extranjera y, sobre todo, garantizar la seguridad jurídica en el territorio autonómico, atrayendo la inversión de otras Comunidades (muchas de ellas alineadas al poder central) con la sola idea de hacer más fácil y progresivo el sistema tributario que de ella depende. Tal es así que resulta llamativamente curioso observar como las principales inversiones en el país se mudan hacia Madrid en búsqueda de la protección de las inversiones en España, con todo lo que “proteger” implica. Sí, la baja de impuestos es una forma de cuidar.
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La lucha encabezada por la presidenta de la Comunidad de Madrid para no doblegar sus ideas y demostrar empíricamente que hay otro camino posible debería ser material de lectura y de observación obligada para los edulcorados opositores al Gobierno Nacional argentino.
¿Y si probamos hacer las cosas distinto?
Es bien conocida la frase de Albert Einstein en la que afirma: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. No obstante, en la Argentina parece que ni las definiciones de quien se cuestionaba hasta la relatividad del tiempo nos hacen dudar.
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La Argentina ha perdido su capacidad de reacción hace mucho tiempo y parece que nadie se da por aludido: ni el gobierno de turno, ni su oposición pour la galerie. Sea quien sea que esté de un lado y del otro, la propuesta es siempre la misma.
Desde ese lugar, me llama poderosamente la atención que semejante inoperancia por acción -o inacción- nos mantenga inertes, como esperando que algo mágico ocurra para resolver la vida de la gente. Algo que puede empezar simplemente con una idea diferente para salir del laberinto -digno de la pluma de Jorge Luis Borges- en el que se ha convertido el sistema tributario nacional.
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Hacer siempre lo mismo es la síntesis de un sistema político al que le caben una infinidad de adjetivos calificativos (acabado, demagógico, prepotente, desconectado, asfixiante, absolutista… y puedo seguir, pero dejo acá para no aburrir), pero al que elijo llamar, simplemente, triste.
El reclamo de los que deberían hacer y no hacen es siempre el mismo: “Y ustedes, además de quejarse, ¿qué proponen?”. Mi respuesta, en este contexto, es simple (aunque, evidentemente, parece casi imposible de aplicar): “¿Qué tal si empezamos por hacer algo diferente?”.
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