
Los esquemas populistas necesitan para su supervivencia contar con dos características: por un lado requieren alejarse del mundo civilizado –enemistándose con él– y por el otro deben tener disponibles los recursos suficientes para llevar adelante la aventura populista.
El populismo no es más que intentar mostrarle a cierto grupo de creyentes que pueden tener hoy –sin esfuerzo ni contraprestación que involucre al mérito– lo que en realidad se obtener en el largo plazo como respuesta al trabajo, al sacrificio y a la dedicación.
La ecuación populista implica que quienes efectivamente producen y obtienen resultados gracias a su idoneidad, inversión y riesgo sean expropiados por un Estado que aprovechará el esfuerzo ajeno para dárselo a aquellos a quienes les han prometido que podrán saltar sin necesidad de agacharse.
En la práctica y dentro del corto plazo, el esquema funciona: suben impuestos castigando a quienes agregan valor a la economía, dilapidan cuanto recurso público tienen a su alcance e intentan sumar derechos a sus fieles seguidor mientras a su vez les eliminan obligaciones.
En los más vívidos años kirchneristas el plan ha funcionado a la perfección. Destruyeron el superávit energético (subsidiando tarifas y desincentivando la inversión), el superávit fiscal, expropiaron los miles de millones de dólares de las AFJP (las viejas administradoras de jubilaciones y pensiones privadas), estatizaron Aerolíneas Argentinas, YPF y terminaron de hipotecar el sistema previsional argentino jubilando y pensionando a cuanta persona lo requería, casi sin importar si lo necesitaba o no o si era merecedor de tal cuestión. También se endeudaron, destruyeron la moneda y se consumieron todas las reservas del Banco Central de la República Argentina: en materia de dilapidación de recursos lo han probado absolutamente todo. Mientras, los planes sociales y el “Estado presente” avanzaban sin piedad.
En cuanto a alejarse del mundo, el populismo kirchnerista también ha hecho todos los deberes: defendieron a Vladimir Putin, al castrismo cubano, al régimen autoritario nicaragüense, al Partido Comunista Chino y al chavismo venezolano. Cada vez nos acercamos más al siglo XIX y nos alejamos más del siglo XXI. Mientras el mundo moderno crece, elimina la pobreza y tiene olvidadas ya sus peores épocas inflacionarias, aquí tomamos cada vez más distancia de las ideas de la cordura y el sentido común.
No solo nos hemos alejado del mundo en cuestiones de geopolítica y relaciones internacionales. También lo hemos hecho en la economía. A pesar que el 90% de nuestras importaciones están destinadas a que la economía funcione y produzca (por tratarse de insumos o materias primas necesarias a tales fines), el kirchnerismo se ha encargado de estigmatizar a todos los que intentan acceder a algún dólar para poder obtener bienes en el exterior.
Sin embargo mientras haya recursos, todo puede seguir funcionando en un ámbito de absoluta precariedad, pero funcionando al fin.
Hoy hemos llegado al punto donde los recursos se han agotado: la pobreza acecha, la miseria se disemina y lo que en algún momento fueron la bandera de los derechos y la dignidad como lo fueron los planes sociales, ya no alcanzan para tener ni un plato de comida arriba de la mesa. Las economía está frenada y la esperanza de la gente cada vez más apagada. Hoy Argentina tiene problemas para disponer de gasoil (necesario para que el campo y la industria funcionen), café, productos de metalmecánica, tecnología y hasta pelotitas de tenis. Peligra incluso la provisión de gas para el invierno que se acerca. A aquellos que cada vez se les cobraban más impuestos para poder mantener el delirio populista ya no se les puede pedir más: entre el agotamiento, la desilusión y el hartazgo las empresas se van apagando, la economía informal se acrecienta y el pulmón de la producción empieza a dejar de respirar.
El populismo se ha agotado y tamaña agonía debería dar paso para que se logre entender que la integración al mundo y el desarrollo del sector privado son vitales para tener un país distinto, sin pobreza, sin inflación y con futuro y definitivamente comprender que el populismo no es más que una ilusión que solo genera daños que muchas veces resultan irreparables.
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