
El fenómeno de la coalición opositora hoy, gobernante otrora, por su génesis y por su continuidad en el tiempo y la forma en que se perpetúa, aparece como un horizonte nuevo y disruptivo en el panorama político argentino.
Nuestra historia democrática se desarrolla con partidos políticos fuertes y tradicionales y, a su vez, del seno de los mismos o aprovechando a estos, con líderes nacidos de sus estructuras.
No es que no existieran en el devenir de nuestra democracia -las coaliciones- sino que, a modo de ejemplo, se diluyó su poder con el tiempo. La Alianza supo poner a un Presidente como capitán de la nave, pero rápidamente el contramaestre abandonó el barco.
Es decir, en un apretado resumen, no tuvieron la importancia ni la trascendencia de la coalición de Juntos por el Cambio, que perdura hasta el día de la fecha y aún luego de que uno de los suyos ocupara el sillón de Rivadavia y no pudiera logar la reelección del mismo o, lo que no se intentó, desinsacular otra figura que garantizara la continuidad de un plan que se vio truncado en un solo mandato presidencial.
Para el electorado resulta sumamente curioso -o al menos lo digo a título personal- que uno pueda tener “representantes” de distintas fuerzas en los cuales se sienta representado. Poder, más allá del partido del cual forman parte, identificarse, apoyarlos y sentir que las ideas de uno tienen cabida en distintas personalidades de distintos partidos, sí, de distintos partidos.
Difícilmente alguien pueda hoy erigirse como el líder de la marca -como muchos le dicen- y esto es porque van emergiendo figuras de las distintas partes que la componen y consolidan. Por más esfuerzo que se haga en desdibujar el todo y surjan figuras de los partidos aliados, por sí solas no pueden esgrimir el poder total y curiosamente tampoco del todo puede surgir tan claramente un liderazgo aglutinador.
La composición de tensiones internas fortalece e inspira para que se vayan gestando los liderazgos. Cuando alguno o alguna pretende enaltecer el partido del cual viene y considerarse como el titular del logro del voto de la gente que vota a la coalición, inmediatamente pierde poder. Es simple, es unidos o -por ahora- fracasar en aspirar a gobernar el país.
Por el momento algunas actitudes contraponen principios básicos tan arraigados en frases antiquísimas: “Si no puedes ser fuerte pero tampoco sabes ser débil, serás derrotado”. Resume quizás el destino inmediato de aquellos que pretendan izar en el mástil principal la bandera partidaria propia, queriendo hacerle sombra al pabellón de la coalición o a aquellos que no entienden que la fortaleza es colectiva y no individual.
Hoy el objetivo de la coalición es claro, simple y además es loable: derrotar al oficialismo y retomar un rumbo que quedó trunco a mitad de camino.
Cuando últimamente se lee que tildan a algunos por ser funcionales al oficialismo, pareciera demasiada severa la afirmación.
Quizás el tirón de orejas debería ser un poco menos fuerte y alguien debió decirles que era momento de festejar, de respetar al electorado “coalicionado”, tiempo de dejar pasar un poco el tiempo -sirva la redundancia-, un par de meses, y no ser contestes inconscientes con el objetivo oficialista que ha entendido aquella máxima histórica: “Si tus fuerzas son diez veces superiores a las del adversario, rodéalo; si son cinco veces superiores, atácalo; si son dos veces superiores, divídelo”. Aquí curiosamente las fuerzas eran la mitad o menos. Era al revés, la división era para ellos. Curiosidades argentinas.
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