
El Poder del Perro son dos. Hablamos de cine y de libros. Dos títulos coinciden en El poder del Perro. La novela de Thomas Savage editada en 1967 con una venta anémica -menos de cinco mil dólares en los Estados Unidos- pero con un contenido y desarrollo de personajes que sin duda fueron a buscarla como un referente guardado para el momento de transformarla en cine. El momento de transformarla en cine fue la llegada en una segunda etapa del western gay, se diría un complemento de Secreto en la Montaña, el film en que dos cowboys actuales, que los hay ya sin far west, al aceptar el cuidado de una cantidad de cabezas en arreo en terrenos difíciles, encuentran en la carpa armada para el trabajo una relación amorosa. Sobra decir en qué circunstancia. De manera bien explícita, que nadie tenga que deducir ni imaginar nada.
Con la dirección de un profesional sólido y versátil como Ang Lee, que lo mismo hace un zurcido que un cosido, la llave fue el relato de Annie Proulx. Escritora que elige zonas de montaña y espíritu rural, es también autora de una literatura de relatos cortos centrada en la cuestión que cuenta Secreto en la Montaña, la opción homosexual, sobre todo en la sección hombres. La masculinidad o si se prefiera, que depende del humor o del mayor o menor grado compromiso en el combate creciente como el patriarcado, el machismo. Toda expresión de aspereza, opresión y violencia, viene a contarnos el disfraz y una simulación por no revelar la toxicidad masculina, sobreactuada, una tensión homo y un deseo ahogado.
El tema no es extranjero a la literatura ni al cine, pero sí al western tanto en un campo como en el otro si se trata de la obra de Savage. Casi como una profanación del género con obras maestras, tics y convenciones, una estética que va desde La Diligencia de John Ford y su imagen inicial hasta el tipo sin nombre que compuso Clint Eastwood en las desaforadas -qué suerte- películas del spaghetti creado por Sergio Leone para siempre. Es una manera de decir. Una ofensa o una herramienta para contar la acordada toxicidad varonil. Desde ese punto, se crea -me parece- una tribu nómade: la de los acorralados heterosexuales. En rigor, qué más da si el resultado funciona en alguna dirección emocional -es arte, se supone- o solo panfleto con muy bonitas tomas y paisajes. Es un western -uno detrás del otro- el poder del perro y sus palabras que provienen de Salmos 22-21 acerca de la espada en el cuello y de la bestia con sus garras.
Savage escribió su libro con abierta confesión de autobiografía. Vivió en un rancho, una estancia diríamos, allá por 1925, angustiado por su sexualidad. La adaptación es respetuosa, en conocimiento claro de que el autor vivió y tuvo dos hijos con una escritora de talento, un intermezzo para vivir con un hombre y pegó la vuelta a casa. A la muerte de Elizabeth, la mujer, volvió a reanudar su relación homosexual. En el cine la estimable directora Jane Campion (El Piano, Oscar) se hace un picnic de mensaje directo, miles de vacas mugen, las montañas -intenta- vibran con algún zumbido escondido, el macho despótico y desdeñoso es un señor culto que se pone rudo para que no se digan cosas y el resultado es algo a medias que a ratos hace fuerza para el lado del bodrio. Algo entre la pintura western y el thriller con resolución inesperada. Annie Proulx colaboró en el guión.
A otro perro
También se llama El poder del perro el de Don Winslow. Enterado por una lectora en TW, di con este perro antes que el de Savage. Hace falta adelantarse a decir que se trata de un violentísimo narco-thriller de 719 páginas con tanta aptitud narradora que refulge todo lo que ocurre en los 3 mil kilómetros de frontera entre México y los Estados Unidos de un lado y de otro. Como aperitivo, un prólogo de Rodrigo Fresán que pone a leer sin parar -o a detenerse y administrarlo para que no se termine- en un volumen descomunal con esternones fuertes para quienes leen en la cama.
Winslow estudio Historia Africana en la universidad de Nebraska, fue guía de Safaris, administrador de cines, detective, periodismo de facto y también universitario, formado en tratados en torno al factor militar a lo largo del tiempo. El hecho es que El poder del perro tiene el mismo nombre que el de de Savage y no para ahí: en los dos están citados Salmos 20-21. Y con el mismo título y esa cita -que en Winslow es la línea final del volumen oceánico- no tiene manera de imaginar una transfusión, una influencia.
El perro narco gira en torno al agente de la DEA Art Keller. Con un pie en las dos culturas, conoce desde muy joven en Tijuana a los hermanos Barrera que habrán de convertirse en cabezas de una federación de cárteles. Formada, se despedazarán poco a poco de la manera más cruel y salvaje entre los integrantes. Keller, que conoce todo el río de violencia que sustenta las fortunas fuera de la imaginación que produce -amapolas para el opio y la heroína, coca, metanfetaminas- en rutas que circula entre Honduras, El salvador, centro en México y llegada de mil maneras a Norteamérica.
La DEA, el FBI, intervienen, se obstruyen, cometen cuanto pueda ocurrir defoliantes en la selva colombiana que destruyen las plantaciones de coca pero llueven sobre pobladores desesperados sin alimentos. El propósito es doble: limitar la producción con lo que acaba para hacer cocaína, hay matanzas y migraciones, en tanto a la vez golpear a las FARC también productoras de drogas en la selva: el tráfico como arma.
Torturado hasta el infierno y mas allá por un compañero de Art en manos de varios miembros del narco, disuelve su matrimonio, se compromete hasta el tuétano en la venganza, recorre las jugadas que van y vuelven en viajes que incluyen Hong Kong -cocaína por fusiles AK 47 y misiles-, California y regreso a México donde en cierto modo parecen vigentes los antiguos dioses que nunca tiene sed suficiente para la sangre sacrificial.
No falta una reunión secreta entre gobernantes y cárteles con una comida de cada cubierto a 125 millones de dólares. México está en manos de los grupos nacotraficantes. Es literatura, aunque Winslow empleó seis años en la investigación sobre el terreno.
Tal que este poder del perro, seguro que al mismo tiempo en el sentido de uno embravecido y desde dentro, termina por ser una novela asombrosa, casi una ópera acerca de la más oscura de nuestra poliédrica condición humana.
Aquí los dos perros cada uno con su collar y su poder. Los dos muerden.
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