
¿Hay algo más ofensivo que la mentira artera? Sí, su combinación con la estupidez, aquello que Einstein describía como tan infinito como el Universo (aunque sobre el Universo tenía sus dudas).
Provocar es un ejercicio intelectual deseable, siempre que se pretenda desafiar un statu quo anquilosado, conservador, que frena el pensamiento. Pero cuando el statu quo es sinónimo comprobado de verdad, de realidad constatable, desafiarlo implica integrar aquella categoría incalificable que resulta de mezclar la mentira con la estupidez.
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Desacreditar la ley de la gravedad integraría ese lote.
También el terraplanismo.
Y, por supuesto, el negacionismo climático, convertido ahora en un terraplanismo ecológico, sostenido entre muecas ridículas de presunta superioridad en un debate público por un candidato a diputado “libertario”.
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En su desesperación por reverdecer los ya reiteradamente demolidos argumentos de los negacionistas trumpistas, alguien habrá acercado a Javier Milei el artículo de Don Easterbook que le llevó a decir, con una ligereza temible, que “si uno mirara lo que son los estudios de 10 mil años atrás hasta hoy, 5 mil años atrás, la temperatura del planeta está en el nivel mínimo”. Y con eso, simplemente, desacreditar a miles de científicos que sostienen -de manera mucho más rigurosa- que, así como hubo alteraciones climáticas naturales en pasados remotos, es la influencia humana la que provoca el actual proceso de calentamiento global del planeta.
Ya hace tiempo el Panel Intergubernamental de Cambio Climático -difícilmente asimilable a “la casta”-, así como decenas científicos respetables e independientes, demolieron la inexistente base académica de Eastbrook y constataron la pretensión negacionista de su “estudio”.
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Aun así, Milei lo exhuma en su cruzada tendiente a sumarse a los que practican desde el decadente negacionismo climático la audacia de pretender convencer a los incautos de que el cambio climático es otra etapa de una insólita conspiración del comunismo internacional…
Presumo que no es apenas el ardor intelectual lo que promueve el terraplanisno ecológico de Milei. El negacionismo climático no es inocente ni mucho menos inocuo. Disfrazado de provocación persigue paradójicamente sostener el statu quo de un sistema que condujo a la peor destrucción ambiental global de la que la humanidad tenga memoria y que se conjugó alrededor de un tipo muy particular de “libertad”: la de supeditar un bien común, como es el clima, al interés particular del mercado, según el diagnóstico del Papa Francisco en su encíclica Laudato Si.
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Al negar el cambio climático, Milei oculta y convalida un dato tan incontrastable como el propio calentamiento global: solo cien empresas han sido responsables de la emisión del 71 por ciento de los gases de efecto invernadero entre 1988 y 2015.
Y niega de paso el trabajo de Nicholas Stern, un economista insospechado de ser portador del virus del comunismo, quien calculó que la migración mundial hacia una economía basada en energías renovables insumiría una inversión de no más del dos por ciento del PBI mundial, mientras que sin esa inversión la humanidad enfrenta una crisis climática que derivará en una caída -insostenible- de más de 20 puntos del PBI mundial.
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Se sabe que la libertad no es única ni idéntica para todos. Milei defiende la “libertad” de los promotores de un modelo en el que el “interés particular del mercado” mantiene de rehenes ecológicos al resto de los humanos que comprueban cómo su bien común (el clima) empeora su calidad de vida y amenaza su propia existencia.
La “libertad” de contaminar versus la esclavitud de miles de millones cuya vulnerabilidad es cada vez más extrema frente a las sequías, los incendios forestales, las inundaciones y todo aquello que hace del calentamiento global una verdad irrefutable.
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