
Hay un dígito místico por excelencia. Desde la mirada numerológica, que le asigna un número a cada letra del alfabeto y que estudia lo que dan en llamar “el significado oculto de los números”, hay uno que recibe, según esta mirada de los dígitos, un significado especial: es el número 5.
Dicen los numerólogos, con cierta convicción, que el 5 es el número del cambio. Dicen también que es un número favorable para quienes se atreven, aventurándose a nuevas experiencias.
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También es la representación de los 5 sentidos. Sentidos que la sociedad argentina ha preservado atenta, sin caer en los engaños del discurso vacío, lleno de artilugios ofensivos, de dádivas repartidas de manera ampulosa, imaginando una pertenencia a su espacio político por definición, como por definición y determinismo no aceptan que la realidad no entra en sus zapatos y que no son propietarios del pueblo. Que el concepto pueblo es más abarcativo, multifacético, vivo y cambiante de lo que su relato oxidado les permite ver.
Parecen no haber entendido el signo de la hora. Parece que su “empecinamiento terapéutico”, les hace agrandar la dosis del remedio incorrecto, que dista mucho de ser el necesario para una sociedad harta de planes y de regalos que pagamos todos.
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Una sociedad que el 12 de septiembre les dijo paren, así no. Entiendan que nuestra dignidad no tiene precio, fue el contundente mensaje de las PASO. Ahora, el 14 de noviembre podremos confirmar si estamos dispuestos a mantener este rumbo.
El número 5, el del cambio, el que se presenta como el número audaz, rebelde, libre, es también -en términos de las próximas elecciones de noviembre- un número imprescindible para comenzar a dar vuelta la página del populismo en nuestro país. Si logramos que en el Senado de la Nación el Gobierno de los Fernández no cumpla su objetivo de mantener todo como hasta hoy, habrá República.
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Si en cada provincia que se vota para elegir senadores, nuestros candidatos se transforman en senadores y le sacamos el quórum que mantienen desde 1983, veremos el inicio de la caída del muro del relato K, el preludio de una nueva época de respeto a las instituciones. Una nueva época en la restauración de la cultura del trabajo, de la agonía de las dádivas, de la definitiva entrada al Siglo 21 en términos de educación para los trabajos del futuro, de los derechos de los trabajadores, sin intermediarios enriquecidos.
Si logramos esos 5 senadores, habremos consolidado la decisión que tomamos en septiembre último, cuando enfrentamos la situación complicada del desastre producido y fuimos con firmeza hacia adelante, sabiendo -como Julio César al cruzar el río Rubicón regresando a Roma desde las Galias- que no hay marcha atrás. Que podremos hacer que la suerte populista quede echada.
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Si llegamos a esa meta y entonces verdaderamente no hay marcha atrás, veremos que adelante nos espera el futuro y que, con una sociedad decidida, le pondremos nuestras esperanzas, sueños y esfuerzos para alcanzarlo. Sin obsequios de dudosa intención, ni caballos de Troya que nos propongan atajos fáciles que luego nos hagan lamentar. A puro mérito. Como lo hicieron nuestros abuelos, nuestros padres y muchos de nosotros, cuando éramos aquel país.
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