
Las recientes elecciones de medio término y el cambio de gabinete ponen al Gobierno a las puertas de una grave crisis institucional, con posibles consecuencias sociales y económicas a largo plazo.
La dirigencia política del oficialismo, lejos de escuchar el mensaje de las urnas, se hunde irremediablemente en un ostracismo concebido dentro de sus propias entrañas, alimentando conflictos de poder, que no dan respuestas a la situación que atraviesan millones de argentinos. Es el populismo que no tiene reglas de juego, donde la seguridad jurídica está en otra dimensión, hace que tengamos ausencia de instituciones confiables y aptas para la vida social; en definitiva, el sistema, en su totalidad, desaparece y el culto populista, mediante el relato de una nueva épica, se profundiza en la lucha contra los poderes constituidos.
En esta línea argumental y, en esa lucha de poderes, es dable destacar que la Argentina es un país presidencialista, el texto constitucional establece que el Poder Ejecutivo es unipersonal, donde se le encomienda a un ciudadano, elegido por el pueblo por un período de cuatro años, que cumpla con el mandato impuesto. Así, el artículo 87 de nuestra Constitución, llama a ese ciudadano “Presidente de la Nación Argentina”.
El texto fundamental, en su inteligencia, crea junto al cargo de Presidente el del Vicepresidente, pero es muy claro que ambos no ejercen el poder. Por cuanto, no existe un poder bicéfalo, sino que este último es el reemplazante del titular del Ejecutivo en los casos establecidos en la Constitución Nacional (Art. 88 CN), no por medio del capricho, una carta o la presión de un determinado sector, sino que todo está establecido en nuestra carta de navegación.
Así, sobre las funciones del Vicepresidente de la Nación, uno debe saber que preside el Senado y cuando la oportunidad lo amerita puede votar en caso de empate. Es importante establecer que, el elegido para el mencionado cargo no es miembro del Senado, pero tampoco es parte del Ejecutivo, por cuanto, la cabeza de este poder, conforme la carta fundamental, está exclusivamente a cargo del presidente.
Manuel Montes de Oca nos enseñaba que: “El vicepresidente de la Nación es un funcionario que puede presidir el Senado. Teniendo todos los recaudos constitucionales que se exigen para ocupar la primera magistratura, llena los requisitos para ser miembro del Senado. Además, se lo supone un ciudadano de grande altura moral, de grande experiencia política, de vastos conocimientos, porque si así no fuera, el pueblo de la Nación no lo hubiera hecho presidente eventual”.
En definitiva, en este último tiempo, las respuestas mediante las redes sociales, las renuncias, las cartas públicas, hacen un grave daño a la República. El vicepresidente no puede influenciar ni condicionar al Poder Ejecutivo. Su influencia depende de la confianza que deposita el Presidente. La política depende más de las directrices que imparta el ejecutivo, por lo cual en el vicepresidente debe primar la prudencia, la altura moral y la inteligencia de entender el rol que ocupa en el diseño institucional.
En estos últimos tiempos pareciera que las consideraciones de la doctrina clásica sobre la figura del vicepresidente cambiaron; ya no se considera a esta institución como una especie de peón secundario, como alguna vez dijo John Adams, quien acompañó a George Washington como Vicepresidente de los Estados Unidos: “Mi país, en su sabiduría, ha ideado para mí el cargo más insignificante que alguna vez ideara la inventiva del hombre o concibiera su imaginación”.
En la actualidad, la Argentina se encuentra una vez más frente a una posible crisis. Las calidades morales y la experiencia política no se observan en nuestra dirigencia. Esta novela, con final incierto, fruto de una lucha palaciega, puede tener graves consecuencias sociales y económicas. Es tiempo de poner sobre la mesa las cualidades intelectuales y la sabiduría política que encuentren las soluciones a los problemas de los argentinos que, en definitiva, son el fin último que debería motivar la vocación constructiva de nuestra dirigencia.
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