
Qué señor tan extraordinario es Jeff Bezos. El hombre más rico del mundo -210.000 millones de dólares consigna la revista Forbes- un poco más de un metro setenta, calvo, flaco. Suele reír a carcajadas y no levanta la voz. Nació en Albuquerque, Nueva México, de una madre adolescente que iba a unirse con un señor cubano. Lo adoptó y dotó del apellido que iba a ser endiosado por los Estados Unidos: allá, los muy, muy ricos son admirados de manera unánime. No existe la idea de que alguien que tiene mucho -pero mucho, en este caso- se lo quitó a otros. No existe tampoco la idea de que ser rico es ser malo. En ningún caso. Si se trata de quienes se enriquecen desde orígenes con pocos medios, mayor admiración y aprecio. Tanto como el que se transforma en millonario porque le tocó la varita mágica del destino. El que gana una gran lotería o descubre petróleo, el lucky man, a su vez puede ser una deidad humana.
Eso ocurre con Jeff Bezos y los Estados Unidos. Empezó en un garaje donde vendía libros conectados por internet “por lo que quieran pagar”. En los Estados Unidos, que no es el jardín del Edén en cualquier aspecto, con sus conflictos, enfrentamientos políticos sin piedad en el debate y sus consecuencias, sus presidentes muertos. Una civilización a la cabeza de la ciencia, las artes, los alimentos, el entretenimiento, la creencia auténtica de la democracia y en el mérito del trabajo duro.
Una civilización guerrera. Una civilización afirmada en la libertad, no en algún cine, no en alguna literatura fabricada. Allí dentro vive Jeff Bezos, fundador de Amazon en 1994 con ayuda de sus padres y comienzos poco prometedores. Pero no, ya ven.
En muchos países detestan lo anterior. La Argentina es en América Latina donde prendió con más fuerza durante la Guerra fría el “yankee go home”. No es improbable que por una brillante labor de inteligencia soviética y su agencia respectiva. Durante un buen tiempo ofició Vladimir Putin como oficial de espionaje con sede en Bremen, Alemania. He podido ver varios artículos rencorosos y de cerebro corto, viejo, acerca del viaje al espacio que Bezos financió por medio de su empresa Blue Origin hacia el espacio exterior. Fue el 20 de julio, en Texas. En la nave fueron el mismo Jeff Bezos, su hermano Mark, Wally Funk, hoy de 82 años , y Olivier Deman, 18, hijo de un gran empresario holandés. Solo ellos.
El espeso ideologismo del resentimiento y la pobreza redentora protestó: con todo ese gasto se puede hacer una realidad más justa. El pensamiento estreñido: mucho se hubiera hecho en la España medieval de hambrientos en lugar de hacerse al mar con un tal Colón, los que fueron detrás en un episodio histórico casi necesario para estudiar una vida entera y hacerlo en la lengua que quedó en cientos de millones de seres. El idioma en el que se dicen y escriben las estupideces que sueltan los pobristas, una de cuyas características fundamentales es que ninguno es pobre. Bezos y los otros tres aventureros subieron 100 kilómetros hasta divisar la curva del planeta, experimentar la falta de gravedad y volver con enormes paracaídas después de once minutos.
Puede interpretarse como el mojón que señala el futuro turismo espacial. Con mayor amplitud se trata del espíritu norteamericano: a toda velocidad -3570 kilómetros-, más lejos, más alto. Hay algo poético en esos once minutos. La energía y la vitalidad que vio Walt Whitman.
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