
La semana pasada presenté La Argentina después de la tormenta, un libro en el que retomo muchos de los temas que he tratado a lo largo del último año y medio en mis columnas. ¿Qué conclusiones podemos sacar de los cambios que estamos observando en el mundo? ¿Qué debería hacer la Argentina?
La pandemia ha acelerado al menos tres transformaciones que ya veníamos observando. Para comenzar, un malestar social, basado principalmente en Occidente, con las clases dirigentes. De hecho, muchos ciudadanos las acusan de no representar sus intereses y valores, lo cual los ha llevado a apoyar el ascenso al poder de los conservadores populares o, como estamos observando actualmente en Chile y Perú, de sectores sociales que hasta ahora habían jugado un rol marginal.
El segundo fenómeno es la competencia estratégica que tiene lugar entre dos grandes potencias: China y Estados Unidos. Este es un conflicto que se da tanto en el plano económico, como en el tecnológico, diplomático y militar y que, como ocurrió durante la Guerra Fría, involucra, directa o indirectamente, a todas las naciones.
Por último, una serie de innovaciones tecnológicas esta transformando tanto la vida política como a la economía de los Estados. En los próximos años, la inteligencia artificial, el 5G y la robótica destruirán y crearán nuevos empleos y facilitarán el ascenso de nuevos actores políticos. De esta manera, generarán nuevos oportunidades y desafíos para la Argentina. Es más, somos una de las naciones que debería verse favorecidas por innovaciones que podrían ser adoptadas por el campo argentino -cuyos productos además disfrutan de una mayor demanda desde Asia- y que deberían asimismo promover el crecimiento de nuestras empresas tecnológicas.
¿Estamos preparados para este mundo? Lamentablemente no lo estamos. En parte, porque muchos de nuestros dirigentes -políticos, económicos e intelectuales- no tienen una clara visión estratégica para el país. Además de no permitirnos aprovechar oportunidades, esta falta de visión puede transformarnos -tanto a nosotros como a nuestros vecinos- en un escenario del conflicto entre China y Estados Unidos. Por lo contrario, una estrategia clara nos permitiría poner fin a los continuos cambios de política exterior que suelen producirse con los cambios de gobierno. A la vez, este mayor grado de previsibilidad nos volvería un socio más atractivo.
Pero además de una visión estratégica también necesitamos contar con los instrumentos para implementarla. Y para ello tendremos que superar nuestros déficits institucionales.
Entre otras tareas que tenemos por delante, se encuentran la modernización de nuestras Fuerzas Armadas, brindarle mayor centralidad al cuerpo diplomático y profesionalizar a la alta gerencia estatal. Pero también generar las condiciones para que nuestro sector privado crezca y genere la riqueza que el país tanto necesita. En una era de mayor conflictividad e incertidumbre, deberemos también preservar y fortalecer nuestras instituciones republicanas.
Todo esto será posible en la medida en que los dirigentes argentinos se transformen en una verdadera clase dirigente. Un conjunto de individuos, provenientes de distintos ámbitos, que compartan, más allá de las diferencias lógicas, un mismo proyecto de país. Una dirigencia meritocrática, con visión de largo plazo y abierta a todos los miembros de la sociedad. Una dirigencia que deberá imaginar una Argentina mejor que la actual.
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