
En junio de 1973, a días de su regreso de España, Perón le pidió al presidente Cámpora la devolución de su título de teniente general y el uso del uniforme.
Detrás de esta petición hay toda una historia que comenzó el 27 de octubre de 1955, cuando un tribunal militar constituido por cinco tenientes coroneles le quitó su grado de general del Ejército Argentino y le prohibió el uso del uniforme “por la indignidad que con su conducta ha puesto de manifiesto”.
Un motivo que se alegó para la drástica medida contra el recientemente derrocado presidente fue:
“Es notorio que aparte de los valiosos objetos adquiridos personalmente por el causante, éste aprovechó su encumbrada situación para beneficiarse con regalos fastuosos hallados en sus distintas residencias y exhibidas al público de la ciudad de Buenos Aires. Aunque alegara que aquellos han sido obsequios voluntarios de sus admiradores y partidarios, esa acumulación ilícita de riqueza y de fastuosidad llevada por el causante, totalmente incompatible con la autoridad militar, de la que hizo gala al afirmar que vivía con trescientos pesos mensuales, constituye, además de un falseamiento de la verdad, una burla para el pueblo a quien iba dirigida dicha afirmación”.
En el fallo, se tomó también en cuenta sus “relaciones con una menor”, militante de la UES.
“Este tribunal superior ha comprobado fehacientemente, como lo atestigua la documentación agregada a las presentes actuaciones, que el general Perón ha hecho vida marital con una menor de edad cuya declaración, fotografías y copia de la partida de nacimiento se acompañan, conviviendo con ella durante casi dos años en la residencia presidencial, hecho conocido por el personal de servicio de la casa, así como por ciertos altos funcionarios que frecuentaban la misma”, expresaba otro de los párrafos de la sentencia.
Ya se había ido del Ejército
En realidad, diez años antes de esa sentencia Perón ya se había ido del Ejército.
La noche del famoso 17 de octubre de 1945, cuando habló a su gente desde la Casa de Gobierno, había dicho que tenía tres notorias honras en su vida, “la de ser soldado, la de ser patriota, y la de ser el primer trabajador argentino”.
En ese mismo discurso anunció que renunciaba al Ejército para “vestir la casaca de civil y confundirme con esa masa sufriente y sudorosa que elabora la grandeza de la patria”.
El 18 de octubre, el Gobierno difundió el decreto por el que se acordaba el retiro que había pedido.
La verdad era que cualquier tonto se daba cuenta que no se iba del Ejército para “confundirse con la masa sufriente y sudorosa”, sino porque siendo militar activo no podía participar de las elecciones previstas para el año siguiente.
Efectivamente, el 12 de febrero de 1946 a las 18 horas en la Plaza de la República se concretó la proclamación de la fórmula presidencial Perón-Quijano, por Partido Laborista.
No estaría demás hacer un punto aparte respecto del famoso Partido Laborista: fue una estafa a la clase trabajadora, para usarla con fines electorales.
Pero el 23 de mayo de 1946, tres meses después de su triunfo electoral, Perón disolvió el Partido Laborista y creó en su lugar el Partido de la Revolución, como homenaje al golpe militar de 1943 que lo había encumbrado como vicepresidente de la Nación, ministro de Guerra y Secretario de Trabajo y Previsión.
Esa decisión de Perón lo enemistó para siempre con gente como Cipriano Reyes, líder del sindicato de la carne.
En una carta que éste le escribió el 27 de mayo de 1946, le dijo, con gran amargura y desilusión: “Usted termina de romper amarras, intempestiva y públicamente, con el laborismo, a través de un “ordeno y mando. Su ambición era llegar, y ha llegado. No le importa lo que deja detrás suyo, lo que hiere, lo que destruye, ni las cosas del que se ha valido para escalar la montaña. Ahora está en la cima, y desde allí arroja al precipicio a los amigos que lo ayudaron a subir”.
Cipriano Reyes terminó en la cárcel, sin proceso alguno, e irónicamente fue liberado recién en 1955 por la “revolución libertadora”.
Volviendo a los giros de la vida militar de Perón, el 28 de febrero de 1946, ya convertido en Presidente electo, como resultado de las elecciones del 24 de ese mes, reiteró ante la multitud de adeptos que lo aclamaban en la Plaza de Mayo: “He renunciado voluntariamente al más insigne honor al que puede aspirar un soldado, lucir las palmas y los laureles de un General de la Nación. Ello, porque quiero seguir siendo el coronel Perón y ponerme con éste nombre al servicio del pueblo argentino”.
Lo de querer ser solamente “coronel Perón” para ponerse con tal denominación a servir al pueblo argentino resultó ser otra falsedad suya, algo “sólo para la gilada”, como decía.
Porque el 31 de mayo de 1946, el presidente Farrell firmó un decreto por el cual se lo reincorporó al Ejército no ya como coronel sino directamente como general de brigada.
El 1° de mayo de 1950, el Congreso Nacional aprobó la ley 13.896, retroactivo al 31 de diciembre de 1949, disponiendo su ascenso a general de división.
Finalmente, el 6 de octubre de 1950 los diputados adictos le regalaron la jerarquía de teniente general, que entonces se denominaba general de Ejército.
De todo eso, más el uso del uniforme militar, lo despojó la “revolución libertadora”, alegando que se había enriquecido ilícitamente y que había cometido delito de estupro en perjuicio de una estudiante de nivel secundario.
Otra vez Jefe
Para analizar el referido pedido del líder de que se le restituyera sus galones militares, Cámpora se reunió con el titular de Defensa, Ángel Robledo, y con el jefe del Ejército, Jorge Raúl Carcagno.
Cuentan que días antes, Perón le había dicho a éste jefe militar: “Soy, por antigüedad y años de servicios prestados sin interrupción, el General de Ejército más antiguo del Ejército Argentino. Soy General del Ejército Argentino en actividad”.
Perón sabía de lo que estaba hablando: alguien había hecho desaparecer de su legajo personal los decretos 2034 del 31 de octubre de 1955 y 6130 del 5 de abril de 1956 por los cuales se le había dado de baja como general del Ejército Argentino y se le había prohibido calzar el uniforme correspondiente.
Al no existir constancias en su legajo de que alguna vez se lo hubiera despojado de su grado y uso de uniforme, efectivamente seguía siendo jefe del Ejército.
El 11 de julio de 1973, Cámpora, Robledo y Carcagno firmaron los decretos 503 y 504 declarando nulos los de 1955 y 1956, que habían dado de baja a Perón.
Los mencionados decretos no fueron difundidos ni publicados en el Boletín Oficial.
800.000 dólares en el bolsillo
El 29 de agosto de 1973, el Congreso votó la ley 20.530 por la que se le restituía el título de Teniente General del Ejército, se le rendía los honores correspondientes, se le pagaba más de 800.000 dólares en concepto de haberes no cobrados, y se le devolvía todos los bienes que en su momento le fueron incautados.
Esta ley sí fue debidamente publicada en el Boletín Oficial del 14 de octubre de 1973. Tres semanas después, Perón ya era de nuevo presidente de la República, por tercera vez.
Recién entonces devolvió al Ejército su legajo personal, ese de donde habían desaparecido los decretos de 1955 y 1956 por los cuales se lo había expulsado.
Carcagno recibió el legajo, que venía acompañado de estas líneas escritas por Perón: “Sírvase devolver esta carpeta al lugar de donde nunca debió haber salido”.
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