
Sí, Boca y River -COVID especial, sin el aislamiento que tendría que ser para todos, algo inconcebible-: la razón puede ser inconcebible, casi produce una risa nerviosa y en muchos casos, pongamos mi caso, ganas de ver el partido a la vez.
Es que el fútbol tiene su propia ley y su tremendo poder, que recorre todas las condiciones sociales y edades desde que empezaron a patear la pelota sobre la superficie del planeta. Hay algo que no puede explicarse desde una perspectiva estética, una psicológica, una vinculada con la euforia que lucha contra condición de mortales en noventa minutos, una que hace retroceder el tiempo y volvernos niños por un buen rato, la adhesión inquebrantable a un equipo cuya traición a menudo se considera peor que la estafa mas cruel o el crimen. No sé si leyeron o vieron “El secreto de sus ojos”, novela y película .
El fútbol -son muy pocos los hombres y mujeres que pasan de largo el fútbol-, un hecho que no tiene comparación con ningún juego humano. En un potrero sin pasto y muchos pozos. En los inmensos estadios de escala casi aterradora y también en el momento en que un chico solitario hace jueguito en una ciudad devastada. Donde haya fútbol pasa algo que nadie puede reunir: sensibilidad (y sensiblería), belleza, amor y odio, arte, furia, sueños, placer, a mi juicio sin duda erótico. Se juega con 70.000 muertos y sin que nada ni nadie pueda oponerse sin éxito a una amenaza de la especie frente al fútbol. No hay nada ni nadie que puede enarbolar cualquier intento biempensante. Al demonio: se trata del fútbol qué embromar, único Dios sin ateos -escasos, queda dicho- en este mundo.
Apenas empezado el partido callaron los reclamos justos y los argumentos bien fundados. Se juega y punto. Porque se trata de dos naipes y valores completamente diferentes. Bien sabemos, sí, que la dicha, la indescifrable unánime del éxtasis futbolero, tiene un lado negro y sórdido. Los pases por millones y millones servidos en bandeja para enjuagues y ver quién lava más blanco. Los entrenadores corruptos de aspirantes a Messi o Diego, cuyos padres dan lo que sea para salvarse, el empleo político del fútbol con escasas excepciones entre algunos países, la actividad múltiple de delitos que encarnan las barras, los pagos millonarias para conseguir una sede Mundial. Ya está, sabido. Junto con la delicia del fútbol, la seducción casi irreal del juego donde la inteligencia y la sabiduría de los cuerpos se unen en segundos.
La pandemia, el miedo, las visiones enfrentadas de la realidad, la justicia, la pobreza y tanto por añadir van por un carril. El fútbol sigue por otro. Es y siempre será, aún cuando los estadios de los que se hablaba ya serán como los templos precolombinas o las pirámides pero con jugadores y pelotas. No perdamos el tiempo. Es otro universo. El fútbol vacuna al mundo.
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