Cómo decir lo que tengo para decir

Disentir, correrse de la simple aceptación a todo, agitar la paz intelectual y levantar la voz ante lo incorrecto, nos mueve de la mediocridad de seguir ciega y calladamente a quien tenemos delante

Se lo conoce como el “Código de la Ética”. Seguramente no sea casual que se encuentre en el centro exacto de los cinco libros de la Biblia (en Levítico 19). El texto comienza con un mensaje de realización: “Sean sagrados” (Lev.19:2).

Seguido al desafío, los pasos para lograrlo. Un hermoso y profundo listado de conceptos y prescripciones morales para alcanzar la dimensión de lo sagrado como individuos y como sociedad. Ser sagrados será el resultado de ser agradecidos en acción, generosos con el que espera y compartir nuestras bendiciones. No mentir, no robar, no oprimir, ni engañar. No poner obstáculos al que no ve o maldecir al que no escucha. Respetar a los mayores, cuidar de la naturaleza y descubrir espacios para la espiritualidad. Ser parte de la construcción de una sociedad justa al no retener el salario del trabajador, ser honesto en los negocios, no favorecer al más pequeño por ser pequeño, ni tampoco al más grande por ser grande. No permanecer inmóvil ante una vida que está en peligro. No guardar rencor, ni odios, ni venganza en el alma, para llegar entonces al mandato más famoso de la lista: “Amar al prójimo como a uno mismo”.

Sin embargo, hay una frase –la anterior a ésta- que llama la atención. El verso dice: “Ojeaj Tojiaj et amiteja” - “Reprobar, vas a reprobar a tu compañero, de manera de no cargar con él su error” (Lev 19:17).

Se trata de no permanecer callados ante el error, la falta de conducta o la pérdida de rumbo del otro. En una relación interpersonal, es la respuesta al sentimiento de dolor por la herida que alguien nos causó. No transformarlo en rencor ni cargar con el resentimiento, sino tener la capacidad de ponerlo en palabras. Abrir un puente a la conversación y la posibilidad de una disculpa, o al menos a hacer conocer nuestros sentimientos. Lo que dejamos de decir sólo agiganta las distancias, por más que nos sigamos sentando a la misma mesa. Un feedback sincero y franco sana las relaciones y reafirma que el amor real no son sólo los buenos momentos, sino los tiempos de inversión en ayudar a mejorar y trabajar los complejos.

Lo difícil radica en hacer esa reprobación, pero con altura. Una reprobación mal enunciada puede ser el comienzo del fin de cualquier vínculo. Para ese momento existen cuatro puntos imprescindibles a tener en cuenta:

1- Mantener la escucha atenta a lo dicho, sin seleccionar apenas la parte de la conversación que nos conviene.

2- Revisar el verdadero motivo de nuestra reacción. Si acaso no está relacionada a alguna situación anterior o ajena a lo sucedido, antes que por una preocupación genuina de despertar en el otro la capacidad de reparar algún déficit moral o espiritual.

3- El timing. ¿Es ahora? ¿Es éste el momento de decirlo? Es tan importante hablar las cosas como mantener silencio, cuando no es el momento propicio de hacernos escuchar.

4- Hacerlo en el tono correcto. La forma y el volumen de nuestra conversación es tan o más importante que la verdad que tengamos para decir.

En una segunda interpretación, podemos leer el texto en términos impersonales. No tiene que ver con haber sido lastimados, sino con el coraje de levantar la voz cuando somos testigos de algo que está mal. Involucrarse no desde la crítica sino desde lo constructivo. Al callar, decimos. Permanecer en silencio es aceptar lo que no aceptamos. Porque la indiferencia es el comienzo de toda esclavitud. En palabras de Ellie Wiesel: “Lo contrario al amor no es el odio, sino la indiferencia. Lo contrario al arte no es lo deslucido, sino la indiferencia. Lo contrario a la fe no es la herejía, sino la indiferencia. Lo contrario a la vida no es la muerte, sino la indiferencia.”

El periodista americano James Surowiecki en su libro “La sabiduría de las masas” habla acerca de la inteligencia colectiva que alcanzan las sociedades a partir de adquirir una mentalidad independiente. Allí relata una historia del zoólogo William Beebe, acerca de un fenómeno extraño en medio de una jungla en Guyana. Un grupo de hormigas guerreras se movía en círculos. Las hormigas sólo giraron y giraron en el mismo círculo durante dos días, hasta que todas comenzaron a morir. La razón está en que cuando un grupo de hormigas es separado de su colonia, ellas obedecen una sola y simple regla: seguir a quien esté adelante. El problema radica en que, cuando la hormiga que va delante tuyo está perdida, también lo estás vos.

Amigos queridos. Amigos todos.

Los sabios del Talmud (Tratado de Bava Metzia 31a) nos dicen que el verbo “reprobar” se repite en el texto, porque la crítica y la reprobación no son solamente potestad de padres a hijos o de maestros a alumnos. Disentir, correrse de la simple aceptación a todo, agitar la paz intelectual y levantar la voz ante lo incorrecto, nos mueve de la mediocridad de seguir ciega y calladamente a quien tenemos delante.

Es desde la crítica constructiva que nuestra voz puede cambiar el rumbo ante la falta de dirección. Es desde la altura de una conversación creativa que hacemos crecer nuestros vínculos y madurar nuestros compromisos.

Lo sagrado es aquello que es diferente, distinto, único. Es siendo fieles y genuinos a la voz distintiva de nuestro alma, y a la misión de reparar con altura espiritual nuestros amores, nuestros lazos y nuestra sociedad, que podemos hacer que nuestro paso por la vida no sea indiferente, sino una peregrinación sagrada.

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