
Mucho ya se habló de la fiebre bitcoin. Fue el hit del verano en los asados de fin de semana y arranca más o menos de esta forma: “¿Quiénes de ustedes ya se animaron a comprar criptomonedas?”. Frente a una negativa, el cuasi experto del grupo procede a dar cátedra, porque bitcoin es así: se evangeliza. Toda charla de amigos es buena ocasión para convencer a una oveja más a pastar en los verdes campos de la blockchain. En mis grupos de amigos y amigas en general me toca ese papel, el cual interpreto no sin cierto pudor por lo insistente y repetitiva que puedo sonar, cual pastora adoctrinando a los herejes del dólar blue. Pero la demanda es creciente y los oídos están ávidos por tener la posta, y, quien sabe, hacerse unos mangos.
Parodiando al presidente Alberto Fernández cuando menciona que todos conocemos a alguien que se ha dado la vacuna, todos conocemos a alguien que tiene alguna criptomoneda.
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Aunque a muchos aún les suene a un mundo lejano y complejo, basta mirar los carteles en la vía pública: “Maestra jardinera de día, inversora en criptomonedas de noche”. Estamos viviendo la transición de la economía analógica a la economía digital, con prisa y sin pausa. Los de mi generación –los nacidos en los tempranos 80s– éramos niños/adolescentes con el advenimiento de Internet, pero hacemos nuestra vida adulta ya plenamente adaptados a lo virtual, no sin cierta nostalgia de los casetes y demás memorabilia noventera. Bitcoin es la evolución natural de internet, es su dinero nativo, la pata que faltaba en el intercambio de información y valor.
Pero no deja de ser paradójico como aún necesitamos de soportes materiales –un outdoor, notas en periódicos de papel y en la televisión– para publicitar novedades que sólo existen en la etérea nube de la web. A los intangibles como las criptomonedas aún les cuesta generar confianza en los no iniciados, porque el grado de abstracción que se requiere para comprenderlo puede parecer a principio un esfuerzo muy alto que no tiene una compensación tan clara (al contrario, las nuevas tecnologías financieras descentralizadas y la blockchain sí ofrecen enormes ventajas para el desarrollo en muchas áreas de la economía y la sociedad en general).
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Vivenciamos una etapa del desarrollo económico muy interesante justamente por el tránsito de lo analógico a la virtualidad que se refleja en campos que quizás ni soñábamos iban a colmarse de algoritmos y robots, como el arte y los agronegocios, por ejemplo.
En los últimos días presenciamos algunas noticias que dan cuenta de esta transformación, y que nos obligan en cierta medida a armar la parabólica para captar información relevante y que nos permita transitar el cambio de la manera más amena posible: ¿cómo puede ser que una obra de arte que solo existe online se haya vendido por 69 millones de dólares en Christie’s, la casa de subastas más famosa del mundo? ¿Y qué significa que hayan inventado la criptosoja?
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Ambas noticias tienen algo en común: los tokens. Es el siguiente escalón en la nube de palabras cripto. Así, en horas, seguramente a alguien ya se le habrá ocurrido digitalizar bienes y servicios tan disímiles como el peso argentino o el kilo de asado, en una temeraria corrida hacia lo nuevo, y tendremos nuevas y excitantes noticias que analizar, con resultados seguramente polémicos.
Así como planteamos incluir nuevos términos en nuestro diccionario personal para, por ejemplo, empatizar con los más jóvenes y entender su mundo interior, estemos atentos a cómo piensan su futuro laboral y financiero. Con tan sólo escucharlos (“yo para mi jubilación ahorro en bitcoins”) nos estamos amigando con la transición y quien sabe dejándonos llevar suavemente hacia un futuro más inclusivo, abierto y accesible.
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