Acerca de los tremendos daños de la reforma agraria

Se trona indispensable refutar una nueva embestida de falacias y lugares comunes

Juan Grabois junto al Papa
Juan Grabois junto al Papa

De un tiempo a esta parte, se ha vuelto a la carga con la denominada reforma agraria, en cuyo contexto se desconocen los títulos de propiedad vigentes para asignarlos a otros según criterios de los políticos de turno. Curiosamente muchos de los partidarios de esta medida expropiatoria niegan el derecho de propiedad, sin embargo se apresuran a registrarla a nombre de los usurpadores. Esto va especial aunque no exclusivamente para los mal llamados “pueblos originarios”, que como es sabido son en verdad inmigrantes originarios ya que todos los humanos provenimos del continente africano y los que han llegado primero a las regiones americanas lo han hecho por el Estrecho de Bering cuando las aguas estaban bajas.

Tal vez en el medio argentino los mayores exponentes de esta política sean el papa Francisco que ha reforzado nuevamente su palmario desconocimiento del significado de la institución de la propiedad privada en su última Encíclica a la que ya me he referido en detalle en distintos medios, y su amigo Juan Grabois, que entre otras acciones ha coordinado avasallamientos en sonados e inauditos casos recientes en medio de reiteradas declaraciones sobre la necesidad de la aludida reforma agraria. Y no me estoy circunscribiendo a los fantoches cultivadores de supuestas huertas que solo pueden enterrar perejiles (para los ídem) bajo la sombra de eucaliptus que matan con la sombra y la succión de agua y nutrientes.

Como es sabido en el planeta Tierra hay muchos recursos que se encuentran inexplotados: marítimos, mineros, forestales y extensiones territoriales varias. Esto es así porque los factores de producción son escasos y no puede explotarse todo simultáneamente. Deben establecerse prioridades. Y solo hay dos maneras de decidir que explotar y que dejar inexplorado: libre y voluntariamente la gente a través del plebiscito diario del mercado con sus compras y abstenciones de comprar o los megalómanos instalados y respaldados en los aparatos estatales que recurren a la violencia. En este contexto, los respectivos patrimonios no son irrevocables sino que van aumentando o disminuyendo según se atiendan o desatiendan las demandas de sus congéneres. Los comerciantes (agricultores en este caso) que dan en la tecla con los requerimientos del prójimo obtienen ganancias y los que yerran incurren en quebrantos. Este cuadro de situación es abiertamente opuesto a quienes la juegan de comerciantes pero que se alían con el poder político para succionar a sus semejantes en base a privilegios y prebendas de diversa naturaleza.

Por supuesto que allí donde ha habido irregularidades en el establecimiento de títulos de propiedad es la Justicia la que debe proceder al efecto de enmendar la irregularidad, pero dar rienda suelta al capricho de políticos y sus secuaces para arrebatar propiedades legítimamente establecidas no solo constituye un arbitrariedad mayúscula sino que perjudica a todos, muy especialmente a los más necesitados ya que el derroche y la asignación de los siempre escasos recursos por la vía política en lugar de la del mercado naturalmente hace que se contraigan los salarios e ingresos en términos reales ya que estos son consecuencia inexorable del volumen de capital disponible.

Es increíble que a esta altura de los acontecimientos se insista con reformas agrarias luego de comprobar las catástrofes monumentales de esos experimentos liderados por la Unión Soviética, Camboya, Uganda, Cuba, Corea del Norte, Venezuela y demás experiencias aterradoras que condujeron y conducen a las hambrunas más espeluznantes.

Antes he escrito sobre esto que sigue, pero ahora se hace necesario resumir el análisis puesto que se trona indispensable refutar la nueva embestida de falacias y lugares comunes pertrechados en la reforma agraria. Con total desconocimiento de la realidad social, se dice que todos los humanos tienen derecho sobre la Tierra por el solo hecho de haber nacido. Si ese fuera el caso, si todos tuvieran derecho sobre la Tierra aparecería de inmediato “la tragedia de los comunes”, primero expuesta conceptualmente por Aristóteles cuando demostró los errores del comunismo de Platón, un fenómeno modernamente bautizado así por Garret Hardin. Es decir, si fuera de todos en verdad no sería de nadie y necesariamente mal utilizada, puesto que los incentivos de administrar lo propio resultan completamente distintos a lo que teóricamente pertenece a todos, tal como revela reiteradamente la experiencia cotidiana. El fin y el propósito de la sociedad abierta es que basa en el respeto recíproco por lo que cada uno sigue su camino sin lesionar derechos de terceros.

En este plano de análisis, hay quienes siguen a Henry George sosteniendo que las cargas fiscales deben concentrarse en la propiedad de la tierra ya que argumentan que el valor de ésta crece con el tiempo cuando se incrementa la población “sin que tenga mérito alguno el propietario”, lo cual -la tesis de la “renta inmerecida”- desconoce que esto, puesto de esta manera, se aplica a todos nuestros ingresos que son fruto de las tasas de capitalización que generan otros, con el lenguaje que de hecho existía antes de nuestro nacimiento, lo mismo con las diversas instituciones y demás externalidades positivas. La renta de la tierra y nuestros ingresos son consecuencia principal del modo en que asignemos recursos y la productividad en línea con las preferencias de terceros y, como queda dicho, según las acciones de otros en el mercado que derivan en el valor de los activos que si el titular no le da el uso adecuado, no podrá retener el bien.

Los fundamentos del derecho de propiedad se han ido solidificando a través del tiempo con innumerables contribuciones, básicamente con los trabajos notables de John Locke, Robert Nozick e Israel Kirzner (en ese orden). Paso ahora a resumir muy telegráficamente esta triada sobre esa institución clave. En ausencia de propiedad privada, por ejemplo, nadie sembrará para que otros cosechen y así sucesivamente, lo cual, entre otros muchos casos, precisamente produjo las hambrunas horribles en tierras norteamericanas a raíz del experimento comunista de los primeros 102 colonos instalados en Plymouth en lo que luego sería Estados Unidos que desembarcaron del Mayflower en 1620. Hambrunas detalladas en el célebre informe del gobernador William Bradford (Of Plymouth Plantation) donde resultan claras las razones por las que se abandonó la idea de la propiedad colectiva, cambio también señalado por no pocos economistas y cientistas políticos.

En The Second Treatise on Government, Locke fundamenta el origen de la propiedad del siguiente modo: “Cada hombre tiene la propiedad de su propia persona, a esto nadie tiene derecho más que él mismo. El trabajo de su cuerpo y el trabajo de sus manos podemos decir que son propiamente suyos. Entonces, cualquier cosa que remueva el estado de naturaleza significa que ha mezclado su trabajo y lo ha juntado con algo que es suyo, y, por tanto, lo hace de su propiedad. Lo ha removido del estado común y le ha agregado trabajo lo cual excluye eso del derecho común de otros hombres”.

Es decir, el derecho en la concepción lockeana parte de cada cual sobre sí mismo y se extiende a lo que obtiene lícitamente, el derecho a la vida supone el de mantenerlo sin lesionar derechos de terceros. Pero aparece una complicación cuando Locke agrega lo que se conoce como el lockean proviso y es que “este trabajo es incuestionablemente la propiedad del trabajador, ningún hombre sino él tiene el derecho sobre aquello que ha sido de este modo anexado, por lo menos allí donde hay suficiente que queda para otros”.

Y aquí es donde viene la crítica de Nozick que debe prestarse cuidadosa atención, formulada en su Anarchy, State and Utopia donde sostiene que este lockean proviso constituye un absurdo puesto que aquella limitación hace imposible el derecho de propiedad ya que al invertir la secuencia en regresión partiendo de la persona que “no dispone de lo suficiente” no se debería permitir que la persona anterior en la cadena pueda apropiarse de lo que le falta, por tanto, esa otra persona no podría ejercer su derecho. A su vez, la situación de esa otra persona “fue afectada” por una tercera al apropiarse de cierta propiedad por lo que ésta tercera persona tampoco tendría derecho a la propiedad y así sucesivamente hasta llegar al ocupante original. En base a esta secuencia argumental, el propietario original es el causante de todo lo demás, lo cual conduce a que no podría existir el derecho de propiedad mientras hayan indigentes. Esta argumentación de Nozick limitó las formidables contribuciones de Locke.

Este análisis fue retomado por Israel Kirzner en Discovery, Capitalism an Distributive Justice, donde con una mirada distinta introduce un nuevo elemento que es el descubrimiento de un valor por parte del propietario original expresado por medio de signos por el que le resulte claro a terceros quien descubrió ese valor del cual se apropia sin que haya tenido propietarios anteriores. Se elimina así el problema del lockean proviso y las objeciones de Nozick, mostrando cómo el proceso de mercado optimiza la productividad, especialmente para los más necesitados. Los usos y costumbres harán que varíen los aludidos signos exteriores, los cuales deben ser renovados periódicamente al efecto de que resulte claro a quien pertenece esa propiedad.

Es del caso señalar que en la obra mencionada de Nozick también descarta la noción lockeana de “mezclar el trabajo” puesto que sostiene que no resulta claro, por ejemplo, hasta donde se extiende la propiedad de un astronauta que decide limpiar una parcela en Marte: no es claro si es dueño de la parcela o de todo ese planeta. También escribe que no resulta claro que con la construcción de un cerco se es solo dueño de la tierra bajo el cerco hasta el centro de la Tierra (o hasta el otro lado) o si es dueño solo de la tierra cercada. Asimismo, se pregunta cuál es la razón de que el mezclar trabajo lo hace propietario en lugar de perder ese esfuerzo, lo cual ilustra cuando se arroja una lata de jugo de tomate al mar y se pregunta si se adueña del océano al mezclarse con sus moléculas o si solo se trata de perder una lata de jugo de tomate. Por último, se cuestiona la razón de sostener que al agregar trabajo necesariamente incrementa el valor del bien, lo cual no sucede, por ejemplo, con un cuadro al que se le tira un frasco de pintura encima, lo cual más bien arruinará el cuadro en cuestión. Estas reflexiones de Nozick han contribuido a mostrar falencias de Locke y a ponderar las elaboraciones de Kirzner en esta materia.

También se suele patrocinar la reforma agraria en base a la denominada sobrepoblación y el supuesto deterioro del derecho de propiedad como institución que no serviría para alimentar a muchos que serían excluidos del mercado. A contracorriente de esta conclusión, Thomas Sowell apunta que la sobrepoblación malthusiana no es tal e ilustra su contrafáctico al señalar que en los 70 (cuando publicó su estudio) toda la población del planeta cabría solo en el estado de Texas con 670 metros cuadrados por familia tipo de cuatro personas y que Manhattan tiene la misma densidad poblacional que Calcuta y lo mismo va para Somalia respecto a Estados Unidos. Estas conclusiones son al efecto de destacar que el problema no es la población sino la calidad de los marcos institucionales, precisamente y en primer lugar debido a la insuficiencia de asignación de derechos de propiedad.

Es pertinente volver a insistir en que hay un correlato entre precios y propiedad puesto que en las transacciones las condiciones pactadas surgen del uso y la disposición de lo propio. En la medida en que se afecta la propiedad a través de intromisiones de los gobiernos, se desdibujan los precios que hubieran sido distintos de no existir la intervención de marras, por lo que la contabilidad, la evaluación de proyectos y el cálculo económico en general se distorsionan lo que, a su turno, provoca consumo de capital y, como queda expresado, consecuentemente se contraen salarios.

Invito a mis lectores a que observen los abultadísimos patrimonios -casi siempre malhabidos- de quienes atacan la propiedad desde la cima del poder político, es “la nueva clase” de que nos habla Milovan Djilas. En resumen, la reforma agraria es un atentado contra los más vulnerables puesto que son los que más sufren con el desperdicio y despilfarro de los factores de producción con lo que abruptamente disminuyen las tasas de capitalización.

El autor es doctor en Economía y también doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y es miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.


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