
Porque “las ideas siempre vencen al odio”, lo peor es la indiferencia y el desconocimiento, en una sociedad que, lamentablemente, parece entregarse cada día un poco más a la estupidización colectiva.
El odio y el “votar contra” como idea jamás condujeron a solucionar los problemas en ningún país ni en el mundo; por el contrario, los empeoraron y sus consecuencias ocupan las páginas más negras de la historia. Una sociedad democrática debería estar movilizada por querer el bienestar del o de la compatriota, por la inquietud intelectual que nace de la lectura, de la escucha atenta a quienes la vida nos permite cruzarnos y saber más que uno y, naturalmente, de los aprendizajes que nos impone nuestra propia vida.
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Lo que sucede en el mundo no son episodios aislados ni fenómenos inconexos. Son manifestaciones de procesos más profundos, pensados por unos pocos que, con un enorme poderío económico y a través de las pantallas, logran manipular las sociedades del hoy con éxito. Y en Uruguay, aunque casi todo llegue con cierto rezago, tarde o temprano también llega.
Días atrás vimos con preocupación una encuesta según la cual el 45% de quienes habitan este suelo no tendría inconvenientes en vivir bajo una dictadura si esta les solucionara sus problemas. Si el dato es correcto, no es una anécdota: es una señal inequívoca de algo que debería interpelarnos.
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Cuando una sociedad comienza a relativizar el concepto de libertad, a despreciar el conocimiento y a sustituir las ideas por el resentimiento, el problema trasciende ampliamente una elección determinada. Son señales de un mundo que deja bastante que desear. Y deberían ocuparnos, al menos, si todavía lo que conservamos son dos dedos de frente.
La hostilidad insaciable del ser moderno irrumpe en las diferentes dimensiones urbanas y cumple actualmente con la responsabilidad de violar premisas de convivencia establecidas desde su juramento de ser políticamente correcto. El poder se enfrenta a profundos desafíos cuando debe construir permanentemente nuevas narrativas, en las que la verdad parece quedar subordinada a una realidad reductora que se teje en el sistema político. Imágenes, frases y expresiones visuales o auditivas vacías de significado intelectual terminan reduciendo el pensamiento a impresiones de satisfacción o insatisfacción.
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Hubo un tiempo en que sostener una idea implicaba también estar dispuesto a someterla a prueba, confrontarla con los hechos y aceptar la posibilidad de que fuera refutada. Hoy, en cambio, muchas posiciones políticas funcionan de otra manera: la persona no necesariamente defiende una idea porque haya comprobado su validez, sino porque esa idea se ha convertido en parte de su identidad y de sus emociones. La realidad deja entonces de ser aquello que permite revisar nuestras convicciones y pasa a ser aquello que intentamos acomodar para confirmarlas.
Ya hemos visto cómo la humanidad asimiló el fascismo; también vimos cómo el comunismo se fascistizó desde la URSS a Cuba en el pasado y cómo esas variables dictatoriales y sus malas prácticas destruyeron la democracia en Venezuela y Nicaragua, pero también generaron imperfecciones estructurales en otras democracias regionales. Las “”” del siglo XXI introdujeron a la izquierda en una profunda confusión conceptual, constituyéndose en las dictaduras referidas o en el apoyo a ellas, lo cual le ha ocasionado este presente de costosas derrotas electorales.
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Con el apoyo de Estados Unidos, los “gorilas” de los 70 dieron una serie de golpes de Estado y perpetraron las más horrendas violaciones de Derechos Humanos. Esa especie, de una manera u otra, se ha seguido reproduciendo, a veces en mayor cantidad, a veces en menor cantidad. Hoy varios sectores de la derecha de la región corren el riesgo de empantanarse en la imitación de las prácticas autoritarias del bukelismo, lo cual significaría también un golpe duro para la Democracia regional.
Ni las “morsas” representan a la izquierda ni los “gorilas” a la derecha, y las confusiones que el liderazgo político induce al respecto siempre son nefastas para la Democracia y los Derechos Humanos.
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Estas diversas formas reducen mentalmente los conceptos a fragmentos aislados de un campo des-semantizado, en el que palabras y categorías como “crimenes de lesa humanidad”, “tortura”, “persecusión política” o “presos políticos” pierden su significado sustantivo en favor de prejuicios establecidos de antemano. Cuando el ataque contra los significados logra imponerse, las formas de conocimiento que de ellos se derivan quedan deslegitimadas, y con ellas, la posibilidad misma de construir una comprensión crítica de la realidad.
Como veremos, no es seguro que este sea el concepto o la idea central que “los nuevos juegos de la política” utilizan para atacar lo que se denomina “conciencia crítica”. Para explicar esa conciencia, podemos comenzar por un breve proceso mental que consiste en conceptualizar las diferencias, en lugar de convertirlas a priori en enemistades. Es posible imaginar así una confrontación política basada en el conocimiento y la argumentación, frente a otra que se transforma en un ataque directo, como una piedra lanzada contra el otro, mediante una descalificación que hace innecesaria toda argumentación conceptual. O cualquier otra forma de racionalización de las cuestiones sistémicas de la política que termine reducida a una lógica de discusión de tiempos escolares, cuando se intentaba hacer entender algo a otro niño que simplemente se tapaba los oídos y repetía, gritando: “leru leru”. Es en este punto donde resulta esencial reflexionar sobre lo que esto significa para el deterioro del discurso político, pero también para la elaboración ideológica y la gobernanza democrática.
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Para visualizar el poder de la libertad debemos preguntarnos en qué sentido hace al funcionamiento sistémico y si el sistema apela realmente a la libertad de las personas para que tomen sus decisiones políticas. Con las nuevas lógicas mecanicistas se ejerce principalmente cómo influir o manipular a las personas, mientras principios y valores se pre condicionan ideológicamente. El resultado puede ser una forma de “comprensión ciega”: una manera de interpretar la realidad en la que los acontecimientos ya no se analizan por lo que son, sino por la reacción que producen. Si algo satisface nuestras expectativas, tendemos a justificarlo; si las contradice, tendemos a rechazarlo. En ese mecanismo reside uno de los mayores peligros de la política convertida en identidad: una persona puede terminar justificando una violencia, una dictadura o incluso un crimen de lesa humanidad simplemente porque proviene del lado que considera propio. Si una morsa o un gorila ataca, las demás “morsas” o “gorilas” aplaudirán en automático.
La verdad suele ser difícil de describir y comprender porque la instalación de narrativas es, precisamente, una forma de ataque político. Tal ataque se asimila a patrones de sociedad ideológica de prevalencia emocional, con una oscuridad total en la que no se ve, no se siente, no se oye ni se admite ninguna otra cosa: el NO absoluto a las demás formas de entender la política en una sociedad democrática.
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La progresión emocional irracional y el ataque narrativo generan entonces “barreras de fuerza” ante la posibilidad de una decisión razonada. Para que exista una verdadera confrontación política vinculada a la libertad es necesario un medioambiente sano de Derechos Humanos. La lección política natural de que el mejor argumento debe prevalecer implica que las razones puedan ser expuestas y confrontadas en libertad. Para que la política y la gobernanza produzcan y trabajen ideas es necesaria una libertad igualitaria, una libertad para todos.
Según los actuales experimentos mentales de la política se demuestra que la mayoría de las personas en esta era digital tienen problemas para dominar la “comprensión conceptual”, requiriendo emociones claras a partir de emociones (generalmente negativas) preestablecidas o el conocimiento no comprendido que es dictado artificialmente. En el sistema político es necesario entonces trabajar siempre las diferencias entre las personas y agentes políticos en un marco en que no se controlan ni censuran ni los pensamientos ni la comprensión de las ideas y de las cosas. La posibilidad de cuestionar, criticar y disentir racionalmente hace siempre mejor al sistema, e igual resultado es el que genera la alternancia en el poder.
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