
Cuando el kirchnerismo se mira en el espejo, la imagen que le devuelve es sumamente halagadora. Depositarios de la herencia de los fundadores de la patria, y poseedores exclusivos de una mirada de país que le adjudica un destino manifiesto: guiar el proyecto nacional. Todo esto respaldado en la visión estratégica de un liderazgo infalible, el de Cristina Kirchner. ¿Qué podría ser mejor?
Cuando miramos al kirchnerismo vemos una fuerza que tiene una opaca relación con la corrupción, dispuesta a trascender la ley a favor de sus objetivos, constructora de un relato ficticio, con delirios hegemónicos de única fuerza con legitimidad para conducir el Estado. Asimismo, vemos cómo convive y promueve los más retardatarios regímenes clientelares que conducen provincias y municipios. También sindicalistas y dirigentes sociales, que se aseguran para si la administración de enormes sumas de fondos públicos, con una discrecionalidad impune.
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Esta fuerza política que se expresó electoralmente como el Frente de Todos no tiene en su agenda política objetivos de unidad nacional. Es fácil, escuchándolos, comprender que cuando reiteran la remanida frase “la patria es el otro” se refieren a todos aquellos que integran el Frente de Todos. El resto tenemos una condición residual.
En nuestra formación política, la unidad nacional no es un eufemismo: tiene que ver con una visión plural de la Nación, por esto desde nuestra parte hay disposición al diálogo. ¿Cómo se expresa la “unidad nacional” a la que nos convocaba Raúl Alfonsín con reiterada obstinación? Como unidad en la diversidad, resolviendo los conflictos en el marco institucional y evolucionando las instituciones para involucrar a toda sociedad.
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Para el diálogo imprescindible acudiremos representando cabalmente los intereses que representamos. En primer lugar, vamos a reiterar el respaldo a la negociación de la deuda, aún sosteniendo otros criterios. Con respecto al manejo institucional de los recursos federales, es insostenible continuar con el procedimiento discrecional con el que distribuyen los recursos, tal como lo describía, impertérrito, el jefe de gabinete de ministros en su informe al senado. Debemos tener presente que, desde el gobierno menemista -una mutación de la misma fuerza política que gobierna- las provincias y algunos municipios atienden los servicios de salud y educación, y que los ministerios de salud y educación nacionales no tienen escuelas, ni hospitales a cargo.
Todas las alertas se han disparado al ver un deliberado accionar que tiende a consagrar la impunidad. En este contexto cualquier reforma judicial es sospechada y requerirá de cambios drásticos para alcanzar algún tipo de acuerdo en este punto.
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El aumento de la violencia institucional es preocupante y tiene que ser corregida. Hay una agenda de “venganza” que se esconde detrás de épicas y títulos grandilocuentes, y es una señal que aumenta la tensión del sistema político. El ecosistema K encubre formas de violencia discursiva y promueve acciones destinadas a ilegitimar la oposición, teniendo esto repercusión en todos los niveles.
La intervención de la agencia de inteligencia es una cuestión de dimensión similar a la que tuvo en décadas pasadas la relación del poder civil con las fuerzas armadas. Un tema tan delicado no puede ser manejado por una sola fuerza política, menos aún con la opacidad que trata el Gobierno y no puede estar fuera de la agenda de diálogo. Quiero expresar contundencia en este punto: el Gobierno no tiene la confianza de la oposición para seguir en este camino.
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Como contraejemplo, quiero traer la reforma institucional que el gobernador Suarez planteó como desafío en la provincia de Mendoza con un proyecto sometido a discusión, al servicio de la sociedad abierta. Sabemos que ese es el camino.
Los problemas que enfrentamos son de enorme complejidad y no pueden aceptar soluciones simplonas como la que impulsó el kirchnerismo con Vicentin, diciendo: “Esta es la mirada estratégica de lo que viene”. Es hora de abandonar la pereza para pensar.
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A diferencia de la visión lineal de la historia del kirchnerismo, la del yrigoyenismo sostiene que la patria se construye sobre un acuerdo dinámico que se plasma en la Constitución, la que se impregnó de la magistral pluma de Alberdi, la que nos marcaba Alfonsín como hoja de ruta. Para Yrigoyen, argentino es el que jura la Constitución, el que respeta la ley, esa es la forma de unidad nacional en las repúblicas jóvenes. Por esto y a pesar de todo queremos dialogar, aunque el diálogo resulte contracultural en este tiempo.
La autora es senadora nacional por Mendoza (UCR-Juntos por el Cambio)
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