
En los últimos días del pasado febrero, en Munro, una mujer de 84 años fue asesinada en su casa por un hombre que se descolgó por los techos sorprendiéndola dormida. Hubiera alcanzado que la encerrara en el baño para cometer el robo de algunas pertenencias y de los pocos pesos que guardaba en ese lugar secreto de la casa, que según la pobre mujer era un escondite seguro. La golpeó, y finalmente la estranguló.
Me impresionó ver la casa de Lucía Cierlitto. Un chalet muy cuidado de paredes blanca y piedras Mar del Plata, rodeada por un precioso jardín con muchas flores. Ella se ocupaba de sus plantas. Vivía sola.
Unos vecinos consternados se acercaron y me contaron que tenían miedo. Mucho miedo. Un señor me contó que pocos días antes un malhechor lo sorprendió en su casa y lo desfiguró a golpes, quería robarle unos ahorritos que tenía guardados. Otra mujer me dijo que vivía aterrada. Sufría ataques de pánico. “¿Por qué se meten con los viejos?”, preguntó. No pude dar una respuesta.
Pocos días después de aquella tarde se declaró la pandemia y casi de forma concomitante aumento de víctimas mortales, no por el Covid-19 sino de adultos mayores asesinados por una cruel ola de ataques dentro de sus propias casas.
Aquella pregunta que dejó flotando en el aire la vecina de Munro repicó en mi memoria y traté de ensayar respuestas.
Los mayores que viven solos son más frágiles. Suele ser más fácil engañarlos con los “cuentos del tío”. Basta un recado de parte de un hijo ausente, un nieto en dificultades o simplemente un empujón para doblegarlos, cuando no los sorprenden mientras duermen.
La saña con que son agredidos es bien conocida. El anciano es más lento en responder a las preguntas, o no ve bien, y tal vez una leve sordera impacientan al agresor. Esto enfurece a los cobardes malvivientes. La paliza comienza con sádica morbosidad. Muchos ancianos mueren por paros cardíacos, asustados y con un estado de confusión total.
Estos chacales, en su mayoría reincidentes en este tipo de delito, saben además que, si la víctima falleciera por el maltrato prodigado, la Justicia será lenta en la investigación para resolver el caso. Los familiares, si los hubiere, generalmente no tienen mucho tiempo para dedicar a esta horrible historia y en definitiva, es como si la ley natural de la vida se cumpliera. No es lo mismo enterrar a un padre que a un par y mucho menos un hijo. Por fin todo queda guardado en un nefasto expediente, una pesadilla que se diluye en la inacción de la Justicia.
Muy pocos son los que insisten lo suficiente en las, comisarias, fiscalías y tribunales. El caso queda sin resolver, hasta que otro abuelo, adulto mayor, como ahora se los llama actualmente en el lenguaje inclusivo pensando que se les dispensa más respeto a los miembros de la tercera edad, mientras sigue engrosando la dramática lista de muertos.
En los últimos meses, los asesinatos de ancianos han tomado nuevo auge.
14/6/20 Horacio Decurgez (92), golpeado hasta morir en Palermo.
14/6/20 Américo Peryra (71), golpeado y ahorcado en Moreno.
17/6/20 Benito López (75), asesinado y quemado en Berisso.
19/6/20 Leopoldo Gamboa (77), Rosario.
1/7/20 Lucinda Palevicino (78), muerta a martillazos, Merlo
Todos ellos habían sido convencidos de que estaban seguros en sus casas. Que el Estado los protegía.
Jorge Adolfo Ríos (71), Quilmes, y otro, de apellido Genova (81) en Mar del Plata, no creyeron en la tutela del Estado y cuando les tocó ser asaltados, mataron a sus agresores. Ambos se defendieron con sus propias armas. Irónicamente, Ríos pasó horas tremendas detenido a pesar de su maltrecho estado físico. Incongruencias de la Justicia.
Los otros son un número más en la interminable lista de muertos por la inseguridad.
La autora es médica y miembro de Usina de Justicia
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