
Un problema de salud de mi padre -conocido por la opinión pública- hizo que durante tres semanas estuviera atenta solamente a lo que sucedía en mi círculo más cercano y dejar bastante de lado el contacto con la realidad nacional e internacional, dado que la situación familiar requería toda mi atención.
Antes de esto, durante los últimos meses, estuve concentrada en el avance del COVIDd-19 y en sus consecuencias, especialmente por mi condición de mamá, de hija de adultos mayores y también, por la problemática económica y social que el aislamiento obligatorio provoca en todos los sectores, aunque más dramáticamente en los más carenciados, en aquellos que pierden sus trabajos y en los que ven tambalear a sus empresas.
Con el regreso a casa, poco a poco fui recuperando la vida habitual, dentro de lo que la situación permite. Usualmente, entre todas las obligaciones, estar atenta a la información siempre es parte de mi actividad cotidiana.
Por cierto, el momento difícil que atraviesa el país no es novedad: la pandemia con sus duros datos, los comercios cerrados, la actividad industrial afectada, la negociación de la deuda, en fin, la crisis.
Sin embargo, más allá de lo conocido por todos, me fui encontrando con informes y noticias que me sorprendían, y que iban más allá de la salud pública, la política y la economía. Una inusual cantidad y diversidad de hechos de violencia personal y social que dominaban la información.
Entiéndase bien, no estoy diciendo que no existieran noticias sobre la inseguridad, sobre agresiones diversas entre personas o grupos. Me refiero a actos de vandalismo injustificables, a agresiones verbales irrespetuosas con la vida misma, a desear el mal a los demás, es decir, a conductas impropias de ciudadanos que aspiran a vivir en paz y a resolver los problemas que afectan al país.
En los últimos años, los argentinos nos hemos acostumbrado a ver o escuchar agresividad de unos contra otros que son difundidas por medios de comunicación y redes sociales sin filtros ni consideraciones; pero creo ver que se está pasando a límites indeseables si miramos a un futuro bueno y deseado para todos.

La sociedad es un espacio común que compartimos para enfrentar problemas, atender necesidades, expresar pensamientos, compartir la cultura, disfrutar de lo que hacemos juntos y de lo que nos legaron. Hay situaciones en que las cosas se presentan más sencillas, y otras que resultan más difíciles. Estas últimas son las que requieren que una comunidad organizada aporte los esfuerzos de todos para ser superadas y retomar el camino con tranquilidad.
Todos sabemos que la crisis que atraviesa el país es profunda y que no pasamos por el mejor momento para enfrentarla; que hay opiniones divergentes de los caminos a seguir para resolverla y que seguramente nos espera un largo tiempo de esfuerzo, aunque nunca de resignación. Estoy convencida que las agresiones no hacen más que agrandar las diferencias y agravar la situación y que nunca pueden conducir a vivir con tranquilidad.
Tengo conciencia de que los problemas no aparecen de la nada, pero también estoy segura de que en esas tres semanas la agresividad social se incrementó, y pienso también que esas actitudes -a veces delitos- no ayudan a resolver lo malo que nos pasa. Los argentinos que necesitan de ayuda especial son muchos, ello requiere de la acción del Estado como así también de la solidaridad de todos en la medida que cada uno pueda aportar.
Entre las muchas enseñanzas que recibí desde niña en mi hogar, se insistía en la idea de que las expresiones agresivas solamente hieren, no conducen a buen puerto, y son un condimento pernicioso para lograr un buen resultado. No puedo olvidar que mi padre, en todas las circunstancias que tuvo que vivir, aun en las más injustas, levantó la bandera del respeto y de la cordialidad. Con ese modelo recibido que trato de aplicar en mis acciones, espero y aspiro, como mujer, como madre y como empresaria que las agresiones y el destrato no se reiteren, que podamos vivir tranquilos y con la paz social necesaria para asegurarnos un futuro mejor para todos.
Últimas Noticias
Milei y la caja de Pandora
La acelerada erosión de las condiciones económicas y el incremento de la conflictividad política alimentan la incertidumbre en torno a la capacidad del gobierno para gestionar una crisis de múltiples frentes y recuperar la iniciativa perdida

¿Vale más el agua que el oro?
Entre problemas de calidad del agua y debates sobre la protección de las fuentes naturales, el país enfrenta un desafío central: garantizar seguridad hídrica para las próximas generaciones

Los Andes necesitan una arquitectura científica para su gobernanza
Los Andes forman la columna vertebral ecológico de América del Sur

El futuro de Indecopi: menos fragmentación y más refuerzo de su autonomía
El diseño institucional del Indecopi establece una clara separación entre los órganos resolutivos y la estructura administrativa, lo que garantiza independencia en la toma de decisiones

El nuevo paradigma que afecta la política comercial global
La adopción de enfoques más proteccionistas y competitivos redefine la interacción global y plantea interrogantes sobre el futuro de las instituciones, la estabilidad económica y la gobernanza internacional



