
El nuevo triunvirato que gobierna la Provincia y la Ciudad de Buenos Aires decide por estas horas qué pasara con los últimos desarrollos de la pandemia. El COVID-19 infectó a 9 millones de personas en el mundo (0,13% de la población global), y en Argentina causó la muerte de, hasta el momento, 1.000 personas.
Como ya habían indicado numerosos epidemiólogos, las cuarentenas en el mejor de los casos podrían demorar el momento de los contagios, pero no resolver el problema. Así, con alguna gradual apertura económica (perdón por el insulto), los contagios comenzaron a crecer en el país, principalmente en el Área Metropolitana de Buenos Aires.
Obviamente, esto incrementó el pánico de los políticos, aunque intuyo que ya no tanto el de la gente, que en muchos casos ya está cansada del encierro, del “home office” y de no poder abrazar a su mamá, a su nieto recién nacido, o a un amigo frente a la muerte de un ser querido producto de enfermedades no relacionadas con el coronavirus (que también existen, no nos olvidemos).
Como sea, se estaría evaluando endurecer nuevamente la cuarentena. Como si se tratara de un cavernícola del neolítico, el triunvirato solo cuenta con un garrote, y a todo le aplica más o menos garrote, según el caso.
Algunos osados sugieren incluso volver a “Fase 1” (estamos en “Fase 3”). Otros dicen que “compran” extender la cuarentena hasta el 15 de septiembre. “Macri te odia”, decía Roberto Navarro. En fin…
La cuareterna ya está generando un descalabro económico de proporciones. El país ya no produce autos, solo en abril se perdieron 91.000 puestos de trabajo y 12.000 empresas desaparecieron del radar de AFIP. La construcción cayó 76%, la industria 34%.
Solo en abril. Falta mayo, falta junio…

Ahora claro, uno podría decir: ¿por qué sería tan grave perder algo de plata si es para salvar vidas? El famoso debate “vida versus economía”, como si la economía fuera algo ajeno a la vida, un conjunto de números en Excel sin significado alguno.
El debate existe. Pero está mal planteado. No es vida versus economía. Es la vida de los afectados por Covid versus la vida de todos los demás. ¿O acaso nos creemos que vivir encerrados, de manera obligada, sin posibilidad de atender tu negocio, salir a correr y visitar a tus amigos es realmente “vida”?
En cualquier caso, ¿quién es el gobierno para definir eso? El problema, entonces, es mucho más grave.
Pongamos un sencillo ejemplo: si producto de las preferencias de las personas el negocio del bungee jumping no fuera rentable porque, en el extremo, no tuviera ningún cliente, nada habría para objetar. El dueño del bungee jumping no podría ni obligar a terceros a demandarle su producto, ni tendría derecho a que el gobierno lo compense por tener un negocio ruinoso.
Extendiendo el ejemplo, si el día de mañana, producto del COVID o lo que fuera, los consumidores decidieran en masa modificar sus patrones de consumo, viajar menos, ir menos al teatro, consumir más ocio online, etc… Entonces nada habría por hacer. Los negocios con menos demanda deberían necesariamente reconvertirse o cerrar, cediendo recursos para que otros produzcan en línea con el deseo consumidor.
Así es la economía de mercado. Los productores están permanentemente adaptándose a las necesidades de los consumidores. Y la transición nunca es fácil, pero el resultado final es beneficioso para todos. En el fondo, el productor también es un consumidor.
Ocurre sin embargo que esa no es la situación. Por supuesto que mucha gente tiene miedo. Por supuesto que ese miedo motivó las medidas restrictivas en primer lugar. Pero tras 90 días de cuarentena es claro también que el gobierno solo tiene una variable en la cabeza: minimizar a cualquier costo las infecciones y muertes por COVID.
¿Y qué pasa con todo lo demás? Si el gobierno decidiera mañana expropiar una PYME, rematarla, y con el dinero recaudado pagarle el tratamiento a un enfermo terminal… ¿sería justo que lo hiciera? ¿hablaríamos en ese caso de la vida contra la economía? ¿O hablaríamos de un arrebato que, por mejor intencionado que esté, no cabe que ningún gobierno haga nunca?
Esa es una analogía más pertinente para analizar esta situación. Porque no es que los consumidores no quieran ir al shopping (o, al menos, no podemos saberlo). Es que el gobierno lo prohíbe, llevando a los centros comerciales a la quiebra.
¿Qué vida vale más entonces? ¿La del empresario de 50 años arruinado, la de los nuevos desempleados, o la del señor de 72 al que hay que salvar para que no muera de COVID? Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta, Axel Kicillof y sus asesores sanitarios consideran que vale más la del enfermo de Covid. El resto, que se arregle.
El presidente dijo que no quiere llegar al punto en que “tengamos que decidir a quién salvamos y a quién no”, pero eso es precisamente lo que está haciendo desde el minuto uno de la cuarentena.
¿Cuándo fue que nos volvimos tan temerosos, tan paternalistas? ¿Cuándo recuperaremos la libertad? El problema no es la economía. Es mucho más profundo.
El autor es director de Iván Carrino y Asociados y subdirector de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de Eseade
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