
Si como sociedad aspiramos a alcanzar el desarrollo y proveerles seguridad a nuestros ciudadanos, debemos elaborar una estrategia que nos permita desenvolvernos de manera exitosa en un mundo cada vez más complejo. Pero con esto no alcanza. Además de una estrategia, también necesitaremos instituciones (del Estado y de la sociedad civil) que nos permitan implementarla. Hoy quiero mencionar algunas de ellas.
En el Estado, un caso emblemático es el de las Fuerzas Armadas. En las últimas décadas estas no sólo han visto reducidas sus capacidades debido a la falta de inversiones en sistemas de armas, sino que no tienen un claro del sentido de misión que deberían brindarles tanto las autoridades nacionales como la sociedad en general. Como resultado, la Argentina quizás sea el único país que, manteniendo cierto grado influencia económica y política, carece, a pesar de la calidad de los militares argentinos, de un sistema de defensa en condiciones de operar.
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Este fenómeno resulta particularmente preocupante en la actualidad debido a la competencia estratégica que tiene lugar entre China y Estados Unidos. Esta rivalidad nos anticipa un escenario internacional más conflictivo que el vivimos luego de la caída del Muro de Berlín. Es probable, por ejemplo, que la mayor conflictividad se termine trasladando a espacios vacíos de poder, y será en estos lugares en donde otros países resolverán sus disputas. En un contexto como este, las Fuerzas Armadas jugarán un rol esencial a la hora de evitar conflictos -debido a su poder de disuasión- y defender otros aspectos que forman parte del interés nacional, gracias a la colaboración que pueden brindarle a la política exterior de los Estados.
Otra área estatal que hemos descuidado es la alta dirección del Estado. Más allá de las consideraciones de tipo ideológicas, tenemos que ponernos como objetivo que los mejores recursos humanos sean los que asciendan dentro el Estado para ejecutar, de la manera eficiente, las políticas que les encomiende el poder político. Pero para que esto suceda, las instituciones que forman a nuestros funcionarios y los sistemas de incentivos que enfrentan durante sus carreras deben ser los adecuados.
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La educación pública también se ha deteriorado. Este debilitamiento se ve reflejado en los resultados de evaluaciones internacionales, como el PISA, pero también en las tasas de deserción escolar y en la migración de estudiantes hacia el sistema privado. Sin una buena educación pública no seremos suficientemente productivos -lo cual significa un menor nivel de vida- y careceremos de la capacidad para pensar crítica y creativamente. Aún más, la tan deseada igualdad de oportunidades se transformará en una mera aspiración.
Dentro de la sociedad civil preocupa la debilidad del sector privado. Nuestras empresas deberían ser las encargadas de generar riqueza y proveer empleos de calidad, pero si nos comparamos con países como Chile y Brasil veremos que el número y la facturación de las empresas argentinas es muy bajo. Adicionalmente, son pocas las empresas nacionales que tienen el tamaño necesario para liderar nuestra inserción en los mercados internacionales. En definitiva, no tener un sector privado vigoroso implica renunciar a una herramienta esencial al momento de llevar adelante una estrategia de desarrollo exitosa. ¿Qué tenemos que hacer? En primer lugar, proveer mayor previsibilidad. Sin reglas de juego claras y estables difícilmente aumenten las inversiones.
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Finalmente, otra tarea pendiente consiste en fortalecer a nuestras instituciones de pensamiento. Sin pensamiento estratégico se volverá difícil consensuar aquellas políticas públicas que nos permitirán defender nuestros intereses y revertir décadas de decadencia. Para su buen funcionamiento, universidad, publicaciones y think tanks requieren recursos para brindarles condiciones adecuadas de trabajo a sus pensadores, pero también que nuestra dirigencia política y económica les preste mayor atención. De hecho, los mejores intelectuales deberían formar parte de nuestra clase dirigente, aportando así ideas pero también una visión de país.
Los déficits institucionales que he mencionado aquí -hay otros- son el resultado de nuestras reiteradas crisis. Estas crisis nos llevaron a priorizar lo urgente sobre lo importante, y con el paso del tiempo esta limitación se terminó transformando en un rasgo cultural de nuestra dirigencia. Hoy son pocos los dirigentes que comprenden la importancia que tiene para el país, por un lado, pensar estratégicamente y, por el otro, contar con instituciones adecuadas para implementar un plan de largo plazo.
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Si bien siempre resultó necesario prestarles debida atención a estas instituciones, hoy lo es más que en el pasado cercano. Estos instrumentos resultarán indispensables en un contexto internacional que nos dejará poco margen para cometer errores.
El autor es secretario general del CARI y global fellow del Wilson Center.
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