
Estamos ante una realidad regional que nos obliga a analizarla en detalle en su complejidad, para evitar encontrarnos en el futuro con una situación que se escape de nuestras manos, como se escapa en Venezuela y en Bolivia, como se le escapa al presidente de Brasil y como se escapó en Chile y también en Ecuador. Y si a todos se nos escapa un poco, el resultado es impredecible y la posibilidad de regresión ya no es a una década anterior, sino a varias décadas atrás, por lo tanto, más que un resultado imprevisible podríamos encontrarnos ante un resultado trágico.
En la Argentina, desde 1983 aprendimos que queremos la democracia, desde los 90 del siglo pasado conocimos que la dolarización de la economía no servía al país, desde 2001 aprendimos que el estallido social terminaba con los gobiernos y desde hoy sabemos que no vamos a permitir corrupción en el Estado y falta de justicia. En este último tiempo los argentinos demostramos que no tenemos miedo de votar, incluso a personas procesadas, que hay una sociedad que no tolera la injusticia y que el voto no refleja impunidad.
Este aprendizaje es tal vez lo que diferencia nuestra realidad y cultura política de la regional. Estamos viviendo en Argentina una transición política respetando las vías institucionales de nuestra democracia y gestionando a través de ellas los conflictos.
Ante esta situación frágil aparece como inmaduro y poco inteligente que líderes políticos nacionales, priorizando sus relaciones personales, tomen posiciones desmedidas e igualen las instituciones que en los países de la región no funcionan con las nuestras, donde estamos aprendiendo en la experiencia cómo hacerlas funcionar.
No reconocer las instituciones judiciales de Brasil se replica con un Bolsonaro no reconociendo las instituciones democráticas argentinas y negando absurda e infantilmente las elecciones legítimas que hemos celebrado y sus resultados. La posición de asumir a Maduro como un dictador, por parte del gobierno argentino, se debilita sensiblemente en su defensa del valor democracia cuando no se define con la misma energía un golpe de estado en Bolivia. De la misma manera se diluye la defensa de las instituciones bolivianas ante un golpe de estado cuando al mismo tiempo no se condena a las bolivarianas como parte de una dictadura.
Entonces tenemos que buscar primero la responsabilidad de nuestra dirigencia de no poner en juego nuestras instituciones republicanas, que mal o bien supimos construir entre todos, igualándolas con procesos políticos en democracias que no son como la nuestra. Condenar la justicia brasilera no puede ser igual y lo mismo que condenar la justicia argentina o ecuatoriana. No es así como lograremos seguir construyendo institucionalidad republicana.
Sería apropiado que cada poder del Estado cumpla con la función que le dio la Constitución y se respete el ejercicio independiente de ese poder. La justicia es un valor que se debe sostener. No hay país posible sin justicia.
Necesitamos posiciones inteligentes y equilibradas, sostener la república, exigir el pilar de la justicia como parte de esa república e independizar definitivamente la justicia de la política, eso es lo que hemos aprendido los argentinos en este tiempo. Si la justicia es independiente de la política hay que hacerle entender a la política que el voto nunca representa impunidad, sino que siempre exige responsabilidad, y que el poder en democracia se conjuga con alternancia, no con eternidad.
El autor es director de la Licenciatura en Gerenciamiento USAL
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