
No importa lo que digan las encuestas. Tampoco que los intendentes del PJ del conurbano la apoyen, a través de su hijo Máximo Kirchner, con el único objetivo de mantenerse en el poder, porque ella tiene votos.
La verdad es que Cristina Fernández ya no es más una dirigente política, ni una senadora de la Nación, ni la conductora de una fuerza denominada Unidad Ciudadana. Es nada más y nada menos que la líder de una secta cuasirreligiosa, que está fuera de la realidad, y que solo se alimenta de la fe ciega de sus acólitos.
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Es más, el último escrito que presentó ante el juez Claudio Bonadio puede leerse como el texto fundacional de una organización basada en la fe, y no en los datos duros.
En cambio la imputación que le fue leída y que tuvo que escuchar, en el despacho del juzgado de Claudio Bonadio, no es nada abstracta. Se la considera jefe de una asociación ilícita que robó plata del Estado a través del sobreprecio de la obra pública, y que después cobró coimas, retornos y aportes de campaña, en dinero negro, no declarado ni bancarizado, por decenas de millones de dólares, entre 2005 y 2015.
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No están solo los cuadernos del chofer Oscar Centeno para demostrarlo. Está también su declaración testimonial y las afirmaciones en el expediente del presidente del Club de la Obra Pública, Carlos Wagner, su ex jefe de gabinete, Juan Manuel Abal Medina, y media docena de empresarios que se acogieron al régimen de imputado colaborador.
En vez de desmentir, punto por punto, todas las acusaciones que la involucran, Cristina Fernández hizo una defensa política berreta, que empezó de manera cobarde y aviesa, presentando a Diego Cabot como el jefe de un grupo de tareas que trabajaba para el oficialismo y terminó con la construcción paranoide de una imaginaria y gigantesca cortina de humo, en la que ella es la víctima principal y el resto del mundo una gran trampa para ocultar lo mal que anda la economía en la Argentina.
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Trascartón, sacó de su cartera una última carta, que más parece un manotazo de ahogada que una maniobra inteligente para intentar blindarse. Porque el apoyo de los supuestos enviados del Papa le hace menos bien a ella que mal a Jorge Bergoglio.
En realidad, hace rato que Eduardo Valdés, ex embajador de la Argentina en el Vaticano, perdió la confianza del Papa. De hecho, hace muchísimo tiempo que no lo recibe ni quiere oír hablar de él. La presencia de Juan Grabois tampoco habría sido consultada ni bendecida por Bergoglio.
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De todos modos, ambos se parecieron ayer a dos zombies de una secta que repetían al unísono los mismos argumentos sentimentales que los seguidores de Cristina.
"Mi corazón siente que ella es inocente", repetía el referente social que la apoya, porque pretende tener un lugar en la Cámara de Diputados Nacionales.
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"Creo en la inocencia de Cristina", repetía como un autómata Valdés, quien en la vida real no da puntada sin hilo.
La secta de Unidad Ciudadana puede tener todavía muchos votos, pero tarde o temprano se terminará diluyendo a medida que su líder se acerque más a una condena por los graves y múltiples delitos que cometió junto a su marido, a lo largo de más de una década.
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