Hace más de un mes, la Legislatura de Buenos Aires tomó una decisión errónea y lamentable. Los legisladores decidieron priorizar una tecnología contaminante, como la incineración, en vez de promover el cumplimiento de los objetivos de reducción de residuos, contemplados en la ley de basura cero. Al aprobar esta ley en 2005, Buenos Aires se puso a la vanguardia de las ciudades más progresistas del mundo, al igual que San Francisco, en California, que propone una visión de que el siglo XXI necesita una transformación que vaya de una sociedad descartable a una sociedad sostenible.

Durante los últimos 32 años, antes y luego de mi jubilación como profesor de química ambiental y toxicología, me he opuesto activamente a la construcción de incineradores y he investigado formas sostenibles de gestionar los recursos descartables para evitar la incineración y los rellenos sanitarios. En mi libro La Solución Basura Cero. Limpiando el Planeta de Basura comunidad a comunidad, describo 10 pasos para alcanzar Basura Cero. Estos son: separación en origen; recolección puerta a puerta; compostaje; reciclaje; centros comunitarios de reutilización y reparación; multas a quienes no separen residuos; otras iniciativas de reducción de desechos; instalaciones para separar y seleccionar la fracción residual; centros de investigación de basura cero para un mejor diseño industrial, y rellenos sanitarios temporales para el material orgánico. Entre 1985 y 1995, como director de Work on Waste USA, ayudé a las comunidades a frenar la construcción de aproximadamente trescientas plantas de incineración en los Estados Unidos y Canadá. Desde 1997, solo se construyó una planta en los Estados Unidos.

La decisión de Buenos Aires de construir siete incineradores (uno en la ciudad y otros seis en la provincia) implicará miles de millones de dólares de inversión, por lo que el país quedará cautivo en una deuda durante los próximos 25-30 años. Tal deuda solo podrá pagarse haciendo uso de las incineradoras al máximo, eliminando así cualquier posibilidad de desarrollar alternativas sustentables, como el reciclaje. Además, para esta enorme inversión se crearán muy pocos empleos locales. Se perderán valiosos recursos materiales. A su vez, la comunidad tendrá que lidiar con la contaminación del aire generada por la incineración. Este negocio puede ser muy redituable para un grupo reducido de personas, pero para la gran mayoría de los ciudadanos será una pesadilla económica y de salud pública.

A pesar de los avances tecnológicos, los incineradores emiten muchas sustancias tóxicas. Estas incluyen metales tóxicos, dioxinas y compuestos relacionados. En el caso de estos últimos, son persistentes y altamente perjudiciales para la salud. Estas emisiones tienen forma de nanopartículas, que al ser tan pequeñas atraviesan los dispositivos de control de contaminación del aire. A su vez, ingresan fácilmente al organismo y pueden cruzar de forma rápida las membranas del pulmón. En ciudades como Buenos Aires, muchas enfermedades y muertes pueden atribuirse a la contaminación del aire. Este impacto combinado a las plantas de incineración empeorará la situación.

Por otro lado, la incineración no elimina la necesidad de contar con rellenos sanitarios. Por cada cuatro toneladas de residuos quemados que se produce, al menos una tonelada se transforma en cenizas tóxicas. Irónicamente, cuanto mejor sea el incinerador, más tóxica será la ceniza.

Los principios de basura cero, que incluyen programas de separación y reciclaje, fomentan la creación de empleos para lograr estos objetivos. Si la incineración se introduce en Buenos Aires, los trabajadores del sector del reciclaje tendrán su trabajo permanentemente en riesgo. Está demostrado que estas plantas generan poco empleo. Por ejemplo, uno de los incineradores más importantes de Italia, construido en la ciudad de Brescia, costó alrededor de quinientos mil millones de dólares, pero solo produjo 80 puestos de trabajo. He comparado este caso con lo sucedido en Nueva Escocia, en Canadá, que al evitar la incineración creó mil puestos de trabajo directos en la recolección y manejo de residuos, y otros dos mil empleos en las industrias que utilizaron los materiales reciclados.

Buenos Aires todavía tiene la oportunidad de detener esta mala decisión. No solo la incineración es mala para la ciudad, es mala para el planeta.

Nuestra tarea en el siglo XXI no es encontrar mejores formas de destruir los materiales desechados sino dejar de fabricar productos para que sean posteriormente eliminados. Tenemos que convertir una economía lineal en una economía circular. Para hacer eso, necesitamos un mejor diseño industrial y no una mejor destrucción. Este es el imperativo clave detrás de una verdadera estrategia de basura cero. Necesitamos que Buenos Aires sea un mejor ejemplo para América Latina y el resto del mundo.

El autor es fundador de la teoría de basura cero.