La Real Academia Española incorporó, en diciembre pasado, la palabra posverdad a su diccionario. La define como 'distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales'.
El término se había extendido en los últimos años para hacer referencia al fenómeno de las mentiras emocionales, es decir, las proposiciones emitidas con el objetivo de encubrir la verdad y crear un efecto de verosimilitud a partir del simulacro del lenguaje, apelando a sentimientos positivos de empatía. La idea de posverdad entronca con la idea nietzscheana que afirma que no existen los hechos sino las interpretaciones. Así, desde el lenguaje y la maquinaria propagandística se puede afirmar que lo escaso es abundante o que el sufrimiento es gozo. También permite afirmar que el estancamiento económico en verdad es crecimiento invisible o que la inflación descontrolada redunda en disminución de la pobreza. Cualquier alquimia es posible en el ámbito de la argumentación verbal que gira en el vacío y sin apoyatura en la realidad objetiva de las cosas.
El presidente Mauricio Macri parece imbuido de esta idea de la posverdad, quizá acicateado por quienes creen que basta decir que hay inversiones, crecimiento y baja de la inflación para que eso sea una realidad incontrastable.
Pero la realidad es un poco más compleja. Las veleidades del lenguaje no tapan el dolor de los hogares que no pueden pagar las tarifas de luz o de gas, ni el dilema del jubilado que, ante la pérdida del valor real de su jubilación, sabe que si va a la farmacia, no puede ir al almacén, o viceversa. El anuncio de la reducción de pobreza para 3 millones de argentinos es una obra maestra de la ficción, un acto de prestidigitación para que creamos en el discurso y no en la realidad, en las palabras y no en los hechos, en los anuncios y no en el bolsillo.
El problema de creer ciegamente en las propias falacias consiste en que se seguirán tomando medidas equivocadas. Acá no estamos para poner el dedo en la llaga de los errores ajenos. Estamos para tratar de pensar en corregir los desaciertos. Si verdaderamente el Gobierno cree que la pobreza disminuyó, va a seguir insistiendo en las mismas recetas económicas. Esto es, en tasas de interés altísimas, en tarifazos permanentes, en la apertura de nuestra economía frente a un mundo que hace lo contrario, en el endeudamiento irrazonable, en la desinversión pública como camino equivocado para sanear un déficit inmanejable.
Nunca me gustaron las caracterizaciones apocalípticas de la realidad. Pero tampoco las versiones edulcoradas de paraísos inexistentes. Creo que debemos repensar nuestra realidad económica y social a partir de la realidad que vive el sector productivo. El dilema existencial que tenemos como nación se vincula con la siguiente disyuntiva: ¿Queremos ser una factoría importadora o vamos a consolidar una Argentina productiva que, asentada en la eficiencia de su sector agrícola, sea capaz de producir algo más? ¿Vamos a seguir soportando un déficit pavoroso en la cuenta de energía o vamos a realizar las inversiones necesarias para abastecernos del abundante gas e hidrocarburos que tenemos en un subsuelo riquísimo pero carente de inversiones? ¿Vamos a seguir padeciendo un déficit de diez mil millones de dólares en materia de turismo o vamos a generar condiciones para revertir esa situación verdaderamente irracional e insostenible? ¿Vamos a seguir fugando el ahorro nacional a paraísos off shore o vamos a iniciar un proceso de acumulación nacional pensando en una estrategia de desarrollo productivo de largo alcance?
Si planteamos premisas falsas, llegaremos necesariamente a conclusiones falsas. Tengamos cuidado con la manipulación de las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) o con la construcción de pseudo-relatos autocomplacientes. ¿Les suena conocido?
Tenemos que volver a llamar a las cosas por su nombre. Caso contrario, un día las falacias exhibirán su propia desnudez y no habrá comunicador que pueda tapar la contundencia de la realidad.
Con Florencio Randazzo estamos queriendo recuperar un espacio de racionalidad para la política. Queremos ser precisos en la caracterización de la Argentina actual, para ser precisos también en las políticas públicas que vamos a impulsar. Estamos pensando en la defensa del trabajo, de las pymes y del sector productivo, en la protección del ahorro nacional y el estímulo de un mercado interno dinámico y con capacidad de compra. Sin un gran consenso nacional estructurado alrededor de estos temas, no será posible acumular la suficiente masa crítica con posibilidades de pensar un nuevo escenario.
El desafío de una Argentina productiva solo es factible de realizarse a través de un gran frente de articulación de voluntades que anteponga sus propios intereses comunes a los matices divergentes de orden menor. No hay nación sin industria, sin ganadería, sin agricultura o sin trabajo. No hay nación sin ahorro nacional y sin inversión pública. No hay nación sin integración y sin posibilidades de ascenso social.
En eso estamos trabajando. En construir una opción política a un gobierno que acumula fracasos y desaciertos. Aunque nos digan una y mil veces que crecemos en forma invisible, que hay lluvia de inversiones o que la pobreza disminuye, nosotros sabemos que la única verdad es la realidad.
La autora es abogada, dirigente peronista de Cumplir.
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