Una de las definiciones de competitividad es la del World Economic Forum: "El conjunto de instituciones, políticas y factores que determinan el nivel de productividad de un país".
Algunos economistas sostienen que la competitividad es una forma "más marketinera" de referirse al clásico término "productividad". "La productividad no es todo, pero en el largo plazo es casi todo", sostiene el premio Nobel de Economía Paul Krugman.
La idea central es que cuando más productivo sea un país, mayor será su competitividad y, consecuentemente, el grado de bienestar que logre para sus ciudadanos.
La productividad de un país o una empresa es el valor creado por hora trabajada, con los recursos físicos y financieros utilizados. Es la eficiencia a la cual los insumos son transformados en productos.
En sana teoría económica "la" forma de lograr el crecimiento de los salarios de los trabajadores es mediante el crecimiento de su productividad. Cuanto más productivo es el país, más podrá exportar sus productos y más fácilmente podrá competir contra lo importado.
El incremento de la productividad viene del incremento en el monto y la calidad del capital disponible para cada trabajador, mejoras en su educación y experiencia, y las mejoras en la tecnología y la infraestructura conocida como la "productividad total de los factores".
La baja productividad suele ser el resultado de un conjunto de fallas de mercado y de malas políticas económicas, la inflación es aquí clave, que conspiran contra los incentivos para innovar, evitan que las compañías eficientes se expandan y se promueva la supervivencia y el crecimiento de las que no lo son. Se incluye en esto la alta presión impositiva, la baja calidad de las regulaciones, las fallas en la defensa de la competencia y la competencia por medio de productos ilegales.
Incrementar la productividad implica encontrar mejores formas de usar más eficientemente la fuerza de trabajo, el capital y el capital humano. No se trata sólo de incorporar una mejora tecnológica: requiere de un alineamiento de incentivos, una justa competencia por los recursos y el desarrollo de oportunidades para que empresas con buenas ideas y management puedan triunfar y crecer.
Entre los grandes promotores de la productividad están la libertad de comercio, que expone a las empresas a una mayor competencia y acceso a tecnología y bienes de capital, el incremento del crédito; la simplificación burocrática y la estructuración de normas de trabajo y protección social que incentiven el trabajo productivo.
Nuestro país ha tenido históricamente una tendencia a la declinación de su productividad y consecuentemente con su crecimiento económico.
Tomado una muestra de países, a saber: Hong Kong, Japón, Malasia, Singapur, Corea, Tailandia, Brasil, Chile, México, Estados Unidos, Australia, Francia, Alemania, España, Suecia, Suiza y Gran Bretaña, entre 1970 y 2016 crecieron en sus ingresos per cápita un 291%, mientras que lo hicieron en su productividad 164 por ciento. En ese período la Argentina registró un crecimiento del 50% y 45% respectivamente.
Nuestra productividad respecto de la de los Estados Unidos en 1950 era del 50%; en 2015, del 32%. Actualmente si tomamos la competitividad precio en manufacturas, Argentina se encuentra entre los países más caros del mundo como consecuencia, fundamentalmente, de su baja productividad.
Es penoso leer en "The Age of Productivity", un trabajo del Banco Interamericano de Desarrollo, que si la Argentina hubiese crecido desde 1960 a la misma tasa que el resto del mundo (excluyendo Latinoamérica), hoy tendría un ingreso per cápita cercano al de Gran Bretaña.
Desde su asunción y fundamentalmente en el último plan de reformas aprobadas por el Congreso a fin de año, el Gobierno ha insistido en la imperiosidad de la mejora de la macroeconomía y la productividad, con la gradualidad adecuada a nuestras particulares circunstancias. Y ello es ir en la dirección correcta.
Afirma Juan Llach: "Aun las mejores gestiones microeconómicas de las organizaciones no pueden reemplazar una buena macroeconomía… dejando de lado inflación y deflación, la única vía posible es el aumento de la productividad, que, ante la dura realidad social de la Argentina, tiene que ser una productividad inclusiva, no basada en reducir el empleo, sino en crear condiciones para la inversión y en apostar por el capital humano, la innovación y el capital social de las organizaciones".
El autor es director de la Unidad de Competitividad de Abeceb.
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