Mi vida a oscuras

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El primer día me negué a escribir esta nota por costumbre. Desde que me mudé a mi dos ambientes en Plaza Irlanda, en septiembre pasado, tuve varios inconvenientes con el servicio de Edesur, sobre todo -claro- en los días de los calores intensos.

Dicen los vecinos que el barrio es uno de los predilectos por la empresa de electricidad, uno de esos en los que cualquier excusa es buena -calor, frío, lluvia, árboles caídos, o simplemente cables viejos- para recibir el castigo divino.

Cuando se cortó la luz en medio de la tormenta del domingo a la noche me enojé y hasta me dio un poco de miedo. Llovía mucho y mi gato, que está loco, le maullaba a la oscuridad. Pero después de algún esfuerzo por leer unas páginas de un libro a la luz de una vela, desistí y decidí tomármelo con calma. "Aproveché", y me fui a dormir temprano.

El segundo día me negué a escribir esta nota por bronca. No voy a contar lo que significa para mi vida cotidiana no tener luz. Millones de usuarios podrían haber llenado diarios enteros durante los últimos veranos con crónicas dramáticas. Jubilados subiendo y bajando escaleras que les son inaccesibles ante la falta de ascensores, familias vaciando freezers repletos en la calle y almacenes tirando toneladas de comida en mal estado por falta de electricidad son ejemplos de ello.

Vivir sola, tener menos de 30 y que mi freezer esté generalmente vacío hicieron que mi drama individual -cargar el celular y la computadora, comprar velas, que el sueño no llegue cuando ya no tengo más nada que hacer, inventar planes estrambóticos con amigos cercanos y algunos lejanos con tal de huir de mi casa- parezca diminuto en comparación con las escenas a las que nos tiene acostumbrados la TV. Aún así, la desesperación fue aumentando con las horas y cobró una nueva dimensión cuando las canillas no respondieron al enrosque y desenrosque, dándome la noticia que no quería recibir: a la falta de luz se sumó la falta de agua.

El tercer día, la costumbre, la bronca y el taxi a la casa de mi tía para darme una ducha me costaron un resfrío. La congestión hizo que pasara la noche del martes entre ibuprofenos, pañuelitos de papel y un muy vívido sueño (o una pesadilla) en el que me pareció escuchar el agua de las canillas corriendo en la madrugada. Así de repente, de un momento al otro y en el medio de la noche, el hada de Edesur se apiadaba, llegaba a mi departamento y me devolvía al menos eso, el agua.

La ilusión, sin embargo, se desvaneció a la mañana cuando, enrosque y desenrosque mediante, me di cuenta que las hadas, igual que los milagros y las empresas que ofrecen un servicio acorde con las tarifas que cobran, no existen. No es nuevo ni original, más bien es bastante obvio; me aburre mencionarlo, pero son las mismas empresas que después de quebrar en el 2001, en sintonía con lo que le pasó al resto del país, fueron rescatadas por el Estado, y después de eso, claro, subsidiadas durante años. Un negocio redondo para ellos, una linda pesadilla para los 2 millones y medio de usuarios que los padecemos.

El cuarto día, pensé que si no escribía la nota les estaba haciendo un favor. No me gusta eso que creo que ahora está de moda y llaman periodismo ciudadano. 'Acá estoy yo, usuario, con mis problemas y mis dramas de gente común, contra las injusticias del mundo' (que son infinitas). Y esta nota es eso. Eso, sumado a lo que una amiga del trabajo me dijo cuando me insistió para que la escribiera: "Escribila, aunque sea que te sirva para descargarte".

Y es cierto que es la única forma, porque mis horarios me impidieron ir a los cortes que organizaban mis vecinos; no todos mis vecinos sino "mis compañeros de fase": un grupo de gente extraño que vive y trabaja en casas y edificios distintos, cobra diferentes salarios y tiene distintos oficios. Realidades muy distintas unidas por eso que me imagino que es un cablecito caprichoso, que se quemó la noche del domingo y nos juntó frente a un enemigo común, la injusticia de tener que vivir como si estuviéramos en la Edad Media, discar números absurdos para que una máquina registre (sí, seguro) nuestro reclamo al otro lado del teléfono, pedir prestada una ducha o un enchufe, y sentirnos cansados, una vez más, de que nos sigan cagando.

El quinto día, mientras sigo esperando que llegue el milagro, que se haga la luz, que baje el mesías de la electricidad en forma de cuadrilla de técnicos por la calle Nicasio Oroño, publiqué finalmente esta nota pensando en descargarme y, en la medida de mis posibilidades (individuales), en devolverle la gentileza a Edesur.