La psicología confirma: las personas con infancias en hogares disfuncionales desarrollan mayor sensibilidad para leer las emociones de los demás

En muchos casos la observación del ambiente familiar para detectar posibles peleas puede continuar en la vida adulta

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Crecer en un hogar con discusiones frecuentes y cambios de ánimo imprevisibles de los adultos puede hacer que algunas personas presten mayor atención a las emociones ajenas desde la infancia.

Aunque esa experiencia no produce la misma respuesta psicológica en todos los casos, de acuerdo con especialistas en desarrollo infantil, cuando una niña, niño o adolescente no sabe cómo reaccionará un adulto, puede aprender a observar expresiones faciales, gestos y tonos de voz para anticipar el ambiente dentro de casa.

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Esa conducta puede surgir como una forma de prepararse ante una posible discusión, sin que necesariamente sea una decisión consciente.

Una mujer sentada en un sofá sostiene las manos de una joven que cubre su rostro, posiblemente en angustia, en una sala de estar con luz tenue.
Una mujer reconforta a una joven que atraviesa un ataque de pánico, tomándole las manos en un entorno hogareño. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los conflictos hostiles enseñan a los niños a leer señales emocionales

Una investigación publicada en 2024 halló que una mayor exposición a conflictos hostiles entre los padres se relaciona, tiempo después, con una mayor precisión para identificar algunas emociones. El resultado apareció sobre todo frente a expresiones intensas.

Ese hallazgo no prueba en si mismo que quienes crecieron entre peleas familiares desarrollen una habilidad general para comprender las emociones de cualquier persona; sin embargo, los resultados describen una asociación entre determinadas vivencias y el reconocimiento de señales específicas.

Y es que en algunos casos, la observación del ambiente familiar puede continuar en la vida adulta. Una persona puede advertir de inmediato cambios en el tono de voz, interpretar un silencio como posible enojo o tratar de detectar tensión antes de que comience una discusión.

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Esa sensibilidad puede responder a una estrategia aprendida durante la niñez.

Los textos sobre estrés traumático describen la hipervigilancia como una posible respuesta ante experiencias percibidas como amenazantes. Identificarla requiere revisar el contexto y otros aspectos de la vida de cada persona.

La evidencia indica que una infancia en hogares conflictivos puede asociarse con distintas formas de procesar las emociones. Algunas personas desarrollan mayor sensibilidad ante ciertas señales, mientras otras no muestran ese patrón.

La relación entre los conflictos familiares y la capacidad para reconocer emociones no sigue una regla única. Las experiencias de adversidad se combinan con otros factores de la vida personal y no determinan por sí mismas la manera en que alguien interpreta a los demás.

Una persona con cabello oscuro se cubre el rostro y los oídos con sus manos, vestida de negro, sobre un fondo liso y oscuro
Una persona se cubre el rostro y la cabeza con las manos, lo que indica un posible estado de bloqueo sensorial o profunda concentración emocional. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Efectos psicológicos que tiene en los niños crecer en hogares disfuncionales

Un hogar disfuncional puede incluir violencia física o emocional, negligencia, conflictos constantes, consumo problemático de sustancias, enfermedad mental sin atención, separación muy conflictiva o reglas impredecibles.

No todos los niños expuestos a estas situaciones desarrollan problemas psicológicos; la duración, intensidad, edad del menor y presencia de adultos protectores cambian mucho el impacto.

De acuerdo con estudios psicológicos, algunos de los efectos más frecuentes suelen ser los siguientes:

  • Ansiedad y miedo constante: el niño puede mantenerse alerta, anticipar peleas o cambios de humor y tener pesadillas, problemas de sueño o síntomas físicos como dolor de estómago.
  • Tristeza, depresión y baja autoestima: puede sentirse culpable por lo que ocurre en casa, creer que no merece cuidado o presentar aislamiento, irritabilidad y desesperanza.
  • Problemas de regulación emocional: explosiones de enojo, llanto frecuente, impulsividad o dificultad para tolerar frustraciones.
  • Dificultades para confiar y vincularse: si los cuidadores son impredecibles o agresivos, el menor puede tener problemas para sentirse seguro con otras personas y para construir relaciones estables.
  • Afectaciones escolares y cognitivas: el estrés prolongado puede perjudicar la atención, la memoria, el aprendizaje y la toma de decisiones. Esto se puede reflejar en bajo rendimiento o ausentismo.
  • Conductas de riesgo o de adaptación: algunos niños se aíslan; otros pueden reaccionar con agresividad, retos a la autoridad, consumo de sustancias en la adolescencia o conductas autolesivas.
  • Síntomas de trauma: ante violencia, abuso o negligencia grave, pueden aparecer recuerdos intrusivos, hipervigilancia, evitación, miedo intenso o estrés postraumático.
  • Riesgos en la vida adulta: las experiencias adversas en la infancia se asocian con mayor probabilidad de depresión, ansiedad, consumo problemático de sustancias y dificultades relacionales.
Adolescente sentado en escaleras de un pasillo escolar, abrazando una mochila azul con el rostro parcialmente oculto. Se observan casilleros al fondo.
Un adolescente de 13 años se sienta solo en las escaleras de una escuela, abrazando su mochila con el rostro parcialmente oculto, reflejando una sensación de desgano o contención de emociones. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El estrés tóxico —estrés intenso o prolongado sin suficiente apoyo— puede alterar el desarrollo cerebral y los sistemas de respuesta al estrés. Aun así, las relaciones seguras y estables con un adulto cuidador, familiares, docentes o personal de salud pueden reducir el daño y favorecer la recuperación.

Conviene buscar apoyo profesional si el niño presenta cambios persistentes en el sueño, alimentación, conducta o rendimiento escolar; miedo excesivo; aislamiento; autolesiones; comentarios sobre querer morir; o si hay violencia en casa.

En un riesgo inmediato, hay que llamar a emergencias o acudir a un servicio de urgencias.

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