¿Comer mucha proteína daña los riñones? Esto dice la evidencia científica

La cantidad, el origen de la proteína y el estado de salud son determinantes

La cantidad, el origen de la proteína y el estado de salud son determinantes
La cantidad, el origen de la proteína y el estado de salud son determinantes
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La proteína es indispensable para conservar la masa muscular, reparar tejidos, producir enzimas y mantener distintas funciones del organismo. Sin embargo, el crecimiento de las dietas enfocadas en perder peso o aumentar músculo también ha extendido una preocupación: ¿comer mucha proteína daña los riñones?

La respuesta corta es que, en personas con riñones sanos, un consumo elevado de proteína no ha demostrado causar por sí solo enfermedad renal. No obstante, la situación cambia cuando existe un padecimiento previo, incluso si todavía no ha sido diagnosticado.

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Revisiones sistemáticas y ensayos clínicos realizados en adultos sin patologías renales indican que las dietas con mayor aporte proteico pueden modificar algunos indicadores de la función renal, pero no necesariamente producir daño estructural. Por ello, es importante diferenciar entre una adaptación fisiológica y una enfermedad.

¿Qué pasa en los riñones cuando se consume más proteína?

Cuando una persona incrementa su consumo de proteína, el organismo genera más productos derivados de su metabolismo, entre ellos la urea. Los riñones se encargan de filtrar estos desechos y eliminarlos mediante la orina.

Dos frascos de suplementos de proteína en polvo con sus cucharillas, junto a un modelo anatómico de riñón humano en primer plano desenfocado.
El consumo elevado de proteína no ha demostrado causar daño renal en personas sanas, aunque quienes padecen enfermedad renal, diabetes o hipertensión deben ajustar su ingesta bajo supervisión médica

Como respuesta, puede aumentar la tasa de filtración glomerular, conocida como TFG. A este fenómeno se le denomina hiperfiltración adaptativa. En individuos sanos se considera una reacción del organismo ante una mayor carga de trabajo y no necesariamente una señal de deterioro renal.

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Esta adaptación ha sido observada también entre atletas y fisicoculturistas que consumen cantidades elevadas de proteína. Algunos estudios en estas poblaciones, con ingestas de entre 2 y 3 gramos por kilogramo de peso corporal al día, no encontraron alteraciones clínicas negativas en los principales marcadores renales durante los periodos evaluados.

Esto no significa que cualquier cantidad resulte conveniente o que una dieta hiperproteica pueda mantenerse indefinidamente sin vigilancia. Las necesidades dependen de factores como el peso, la edad, la actividad física, los objetivos nutricionales y el estado general de salud.

El riesgo aumenta cuando ya existe enfermedad renal

El panorama es diferente para las personas con enfermedad renal crónica. Cuando parte de las nefronas —las unidades encargadas de filtrar la sangre— ya se encuentra dañada, una mayor carga de trabajo podría acelerar la pérdida de la función restante.

También deben tener precaución quienes viven con diabetes, hipertensión arterial no controlada, obesidad, antecedentes familiares de enfermedad renal o algún padecimiento que afecte los riñones. El problema es que las etapas iniciales de la enfermedad renal suelen avanzar sin síntomas evidentes.

En estos casos, el consumo de proteína debe individualizarse con ayuda de un médico o especialista en nutrición renal. Aunque algunos planes emplean cantidades de entre 0.6 y 0.8 gramos por kilogramo de peso al día, la indicación exacta depende de la etapa de la enfermedad, el estado nutricional y de si la persona recibe diálisis. Reducir la proteína sin supervisión también puede provocar pérdida muscular o desnutrición.

¿Es mejor la proteína vegetal que la animal?

El origen de la proteína también puede influir en la salud renal. Alimentos como frijoles, lentejas, garbanzos, soya, frutos secos y cereales integrales aportan proteínas vegetales, fibra y otros nutrientes.

Distintas investigaciones han asociado un mayor consumo de fuentes vegetales con una menor carga ácida para los riñones y mejores resultados de salud. En contraste, una alimentación con exceso de carnes rojas y procesadas puede contener más sodio, grasas saturadas y compuestos relacionados con un mayor riesgo metabólico y cardiovascular.

El consumo elevado de proteína no ha demostrado causar daño renal en personas sanas, aunque quienes padecen enfermedad renal, diabetes o hipertensión deben ajustar su ingesta bajo supervisión médica
El consumo elevado de proteína no ha demostrado causar daño renal en personas sanas, aunque quienes padecen enfermedad renal, diabetes o hipertensión deben ajustar su ingesta bajo supervisión médica

Esto no implica que sea obligatorio eliminar toda proteína animal. La clave está en mantener variedad, moderar los productos procesados y acompañar las fuentes proteicas con verduras, frutas, cereales integrales y grasas saludables.

Digestión, hidratación y chequeos preventivos

Tener molestias digestivas después de consumir alimentos ricos en proteína no significa automáticamente que los riñones estén sufriendo daño. La hipoclorhidria, la disbiosis o una mala digestión pueden ocasionar síntomas gastrointestinales, pero no existe evidencia suficiente para afirmar que, por sí solas, conviertan la proteína en residuos capaces de sobrecargar los riñones.

En cuanto a la hidratación, las necesidades de agua pueden aumentar dependiendo de la dieta, la actividad física y el clima. Sin embargo, tampoco es recomendable forzarse a beber cantidades excesivas. Las personas con enfermedad renal o cardiaca deben seguir las indicaciones de su médico, pues en algunos casos necesitan restringir los líquidos.

Antes de mantener una dieta hiperproteica durante periodos prolongados, especialmente si existen factores de riesgo, conviene revisar la creatinina en sangre, calcular la TFG y realizar un examen de orina.

La recomendación central es sencilla: la proteína no suele dañar unos riñones sanos, pero “más” no siempre significa “mejor” y ninguna dieta extrema debe sustituir una evaluación profesional.

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