
La posibilidad de abandonar la Tierra para mudarse a Marte podría dejar de ser una historia de ciencia ficción. La construcción de una base espacial diseñada para explorar el espacio ya es una realidad para quienes habitan la frontera entre Estados Unidos y México.
En Boca Chica, Texas, se ubica Starbase, una base espacial que ha lanzado 13 satélites al espacio con la misión de buscar vida en otros planetas. La playa Bagdad, en Tamaulipas, México, colinda con esta base espacial de Space Exploration Technologies Corp, conocida como SpaceX y propiedad del empresario estadounidense Elon Musk.
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El último lanzamiento fue el pasado viernes 24 de julio; con ello, SpaceX continúa sus trabajos de pruebas y exploración para, algún día —parece que no muy lejano— enviar personas que puedan emprender una nueva existencia en el espacio, lejos de la ya deteriorada Tierra.
Pero buscar vida en otros planetas tiene un costo ambiental y social irreparable; hoy existe evidencia sólida: donde antes se contemplaban miles de estrellas hoy predominan las huellas luminosas de satélites y cohetes; donde antes era un sitio de aves migratorias, hoy no llega ni una sola; y donde antes había bancos de peces que permitían la economía local, hoy ya no queda nada en el mar.
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Activistas de organizaciones ambientales como Greenpeace México y habitantes de las zonas cercanas a la base espacial, como la playa de Bagdad en Tamaulipas, han denunciado afectaciones como emisiones contaminantes, la acumulación de basura espacial, la contaminación acústica y las vibraciones extremas, todas ellas con consecuencias directas sobre los ecosistemas marinos y costeros de México.
Esta transformación —irreversible y silenciosa— es el eje del recién estrenado documental Shifting Baselines (Horizontes Perdidos), el tercer largometraje del cineasta Julien Elie que está disponible ya en carteleras desde el 23 de julio.
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En entrevista con Infobae México, Julien Elie compartió su experiencia al filmar este documental, que aborda cómo la expansión tecnológica y el avance de proyectos espaciales como SpaceX no solo alteran el paisaje y devastan ecosistemas, sino también erosionan la memoria colectiva sobre lo que existía antes.
El cielo perdido: la basura espacial y el efecto de una amnesia colectiva
Julien Elie nunca se propuso filmar una película sobre SpaceX, su objetivo es documentar lo que está pasando con los satélites y la basura espacial que ya está invadiendo el cielo nocturno, y cómo esto afecta no solo al medio ambiente, sino también a las comunidades que habitan zonas cercanas.
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La idea de Shifting Baselines nació bajo un cielo que más que estrellas tenía satélites. Esa visión le provocó una inquietud inmediata: el cielo que conoció, y que generaciones anteriores admiraron, estaba cambiando de manera radical. “¿Qué está pasando con el cielo que conocí? Es como si ya estuviera desapareciendo”, relató el director. Pero de ello, saca una conclusión todavía más nostálgica: “lo que nosotros conocimos como el cielo ya no existe”.

El concepto del “shifting baselines”, propuesto por el biólogo marino Daniel Pauly, explica cómo las nuevas generaciones se acostumbran a un entorno natural devastado. En otras palabras, los jóvenes normalizan apreciar cielos nocturnos repletos de basura espacial porque es lo que conocen, sin saber que sus padres y abuelos vivieron una naturaleza totalmente distinta y, lo que es peor, sus hijos y nietos conocerán paisajes todavía más devastados y olvidarán que alguna vez existió verdadera belleza.
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Ellien también lo nombra amnesia colectiva: una normalización de la degradación ambiental y la pérdida de referencias sobre lo que existía antes. El auge de la basura espacial no solo afecta la observación astronómica, sino que redefine la relación humana con el entorno y con la historia misma.
Shifting Baselines utiliza recursos visuales y sonoros, como la fotografía en blanco y negro que da una atmósfera de ciencia ficción para sumergir al espectador en una experiencia que evoca tanto nostalgia como desconcierto.
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Base espacial no pidió permiso a territorio mexicano, fue construida sobre territorio históricamente colonizado
Boca Chica, una franja costera al sur de Texas junto a la frontera con México, es el escenario donde la carrera espacial adquiere dimensiones tangibles de devastación. La base de SpaceX no solo representa el avance de la tecnología y la ambición privada, sino que se asienta sobre un territorio con una historia profunda de violencia y despojo.
Julien Elie recordó en entrevista con Infobae México que ese lugar en Texas, hoy ocupado por lanzaderas y cohetes, fue escenario de masacres cometidas contra comunidades indígenas durante la llegada de los españoles a América. “Hay gente que dice que la base de SpaceX es como un panteón. Fue un panteón por tanta gente que estaba masacrada ahí”, relató el cineasta.
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Ello resulta en una irónica contradicción: donde antes se perpetró la colonización y el sometimiento de pueblos originarios, ahora se levanta lo que podría denominarse una nueva forma de conquista, impulsada por la promesa de explorar otros planetas. Elie observa con ironía cómo en la base de SpaceX circulan camisetas con la consigna “colonize Mars”, mientras se ignoran las heridas abiertas en la tierra que pisan.

Otro punto importante que destacó Julien fue que SpaceX estableció acuerdos con las autoridades de Texas, pero no pidió permisos ni consultó a México, pese a que las afectaciones ambientales y sociales trascienden la línea divisoria. “En Texas SpaceX tiene acuerdos con las autoridades de Texas, pero no tiene ningún acuerdo con México, porque no les importa”, señaló. “Es una manera brutal de hacer las cosas, sin pensar en la gente, los animales ni el territorio. La historia se repite y se repite”, lamentó.
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El documental de Julien Elie muestra cómo la expansión tecnológica no reconoce fronteras: las consecuencias de los lanzamientos y la contaminación afectan tanto a la fauna como a los pescadores mexicanos en Playa Bagdad, Tamaulipas. Cada despegue representa un desastre ambiental para quienes subsisten de la pesca, que reportan la desaparición acelerada de especies y la degradación del mar.

Las luchas por el territorio: una mirada desde el documental
Para Julien Elie, filmar Shifting Baselines fue una oportunidad para adentrarse en las luchas silenciosas y persistentes de las comunidades que habitan la frontera entre México y Estados Unidos. El director no quiso limitarse a retratar el impacto ambiental de la carrera espacial, sino revelar cómo las personas defienden su territorio ante el avance de intereses económicos y tecnológicos.
“Creo que en cada una de mis películas el territorio es el enfoque principal. Mi preocupación mayor. Sí es como una defensa del espacio, de la gente que vive en esos espacios y de lo que nos quedan”, afirmó Elie.
En la película, la devastación del cielo es inseparable de la devastación de la tierra: paisajes alterados, pantanos drenados y playas cerradas cuentan una historia de resistencia y despojo. Elie quiso mostrar cómo los pescadores y habitantes locales enfrentan la transformación de su entorno y la amenaza sobre sus formas de vida.
“Los pescadores dicen que los afecta muchísimo ahora la contaminación. Cada vez que hay un lanzamiento, es un desastre. Y que pueden ver actualmente la desaparición de los pescados, de manera brutal”, narra el director, recogiendo la voz de quienes padecen la transformación día a día.

¿Qué le espera a la Tierra y a quienes la habitan?
Para Julien Elie, el cine es ante todo una forma de compartir historias y despertar preguntas. El director invita a mirar de frente el deterioro y la transformación del entorno. “Yo hago una película, cuento historias y espero que la gente quiera verlas. Eso es mi satisfacción”, afirma.
La oportunidad de estrenar su tercer largometraje en México representa para Elie un privilegio y una responsabilidad. El documental es definido por su creador como una experiencia de ciencia ficción anclada en la realidad.
Con imágenes en blanco y negro y un diseño sonoro envolvente —que recomienda disfrutar a través de las pantallas de cine—, Shifting Baselines deja al espectador ante la evidencia de un cielo irrecuperable y un territorio marcado por la repetición de la historia.
La distopía ya no es solo un ejercicio de imaginación: se instala como una advertencia de algo catastrófico que se avecina. La película cierra con la pregunta inevitable de qué futuro le espera a la Tierra, en un mundo donde la memoria se erosiona —amnesia colectiva— al ritmo de lo que llaman progreso.
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